Gabo, el jueves no sirve para morirse

17 de abril de 2018 12:00 AM

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Gabriel García Márquez heredó la clarividencia de su abuela guajira Tranquilina Iguarán y el sentido de la intuición y de la superstición de sus ancestros  paternos, en Sincé, Sucre.

Hace setenta años, en 1948,  escribió en su columna Punto y Aparte, publicada en la página cuarta del diario El Universal, que “el jueves no sirve ni siquiera para morir”. Y un Jueves Santo, el 17 de abril de 2014, el mismo profetizó ese día jueves, en la ficción y en la realidad:  se apagó para siempre como un pájaro, aquel mediodía del Jueves Santo.

“Yo creo que el jueves no sirve ni siquiera para morir. Entregarnos al gozo de la muerte después de haber molido los minutos de tres días fecundos, productivos, es -más que una simplicidad- una tontería”, escribió García Márquez. Y en su desmesura imaginativa sugirió que es más conveniente morir un viernes, un día que él percibía en 1948, como un día que por “su  carácter luctuoso,  la vulgaridad de morir puede resultar una definitiva manifestación de elegancia”.

La muerte es la obsesión tutelar del escritor desde que escribió en 1947, su primer cuento publicado La tercera resignación.
El protagonista de este cuento fantástico es un niño que ha muerto y  se ve enterrado, metido en un ataúd, pero siente que sigue creciendo más allá de la muerte. Ha visto desde la muerte, todos sus estados, físicos, emocionales, mentales.

Ha visto los clavos del ataúd, los gusanos que empiezan a devorarlo. La muerte física está en duelo encarnizado con el estado cataléptico, el niño se sabe vivo aunque todos los vean muerto.
El niño está muerto-vivo o está muerto u observándose más allá de la muerte.

El amor, la soledad, la fatalidad, el poder y la muerte, no abandonarán a García Márquez en sus obsesiones.

Alguna vez soñó y lo escribió en uno de sus prólogos, que había muerto y sus amigos se despidieron de él, pero él intentó salir del cementerio, pero ellos le dijeron: No puedes salir, porque has muerto. La muerte es  dormir para siempre, y no ver jamás a los amigos. Lo peor de la muerte “es que es para siempre”. Y él quisiera que la muerte tuviera un intersticio para seguir mirando la vida.

La imaginación clarividente de García Márquez, eligió el jueves para la muerte de Úrsula Iguarán:
“Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que le habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años”.

García Márquez entró en la muerte con la misma dignidad con que el árbol de Macondo, sembrado en su casa de Cartagena, desnudó  sus  hojas en pleno abril, y brilló en el cielo, con sus flores doradas.

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