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"La literatura del Ecuador es injustamente desconocida": Gabriela Alemán

¿Qué ha pasado con Gabriela Alemán desde que hiciera parte del proyecto ‘Bogotá39’?

Una de las cosas maravillosas que pasó después de ‘Bogotá39’ es que después de publicar solo en Ecuador, de repente comencé a publicar en Perú y luego Panamericana de Colombia. Y mi nombre aparecía en antologías de cuento latinoamericanas. Eso me puso una presión en el buen sentido porque casi que me obligaba a estar a la altura de los otros escritores de ese proyecto como los colombianos Antonio García Ángel, Ricardo Silva Romero, Pilar Quintana y Antonio Ungar.

¿Con ello cambió también el tono mismo de su obra literaria?

Siempre he tenido la intención deliberada y consciente de seguir una tradición ecuatoriana, bastante desconocida en el exterior y poco estudiada en el propio Ecuador para ligarla a la literatura universal. Hablar desde el Ecuador, con palabras y lenguajes locales, y conectar con lo que ocurre en el resto del mundo: las redes sociales, el poco contacto humano, la enfermedad, la soledad, la muerte. Lo que trato en mi literatura es ironizar con la realidad.

¿Fue ‘Bogotá39’ una excusa para que la literatura latinoamericana terminara de sacudirse del ‘boom’?

Había ciertas tradiciones que se buscaban superar y otras que se habían incorporado. Me sorprendía que los escritores colombianos no estaban atormentados con eso de ‘matar al padre’, en este caso a Gabo, para desarrollar su obra. Estaba claro que el realismo mágico ya no hacía parte de los autores convocados por Colombia; ellos habían adoptado otro tipo de escrituras. Distinto, por ejemplo, a los escritores del Cono Sur que sí sentían eso con Borges, que se había metido muchísimo en el canon de la literatura y era necesario superarlo.

¿Por qué regresar al cuento con ‘La muerte silba un blues’ (Random House) tras su libro ‘Álbum de familia’ y su cuento clásico ‘Jam Session’?

Ese camino se dio de modo natural. El primer cuento de este nuevo libro, ‘La muerte silba un blues’, era inicialmente una novela de 200 páginas que escribí hace 9 años. El año pasado me decidí a sacarla del cajón y comencé a editarla; hasta que descubrí que lo que me interesaba contar era solo una parte. Al final solo quedaron 50 páginas.

Muchos escritores dicen con resignación que los editores no son muy amigos de publicar cuentos... ¿Cómo ha sido en su caso?

No dudo de que haya una especie de mito en los editores de que se lee poco cuento. Se notó especialmente en los 80 y 90. Pero hoy hay mucho escritor latinoamericano que lo publica. Sí pienso que resulta más difícil publicarlo porque los editores andan siempre al acecho de la gran novela. Pero la verdad es que el cuento se ajusta al poco tiempo libre que nos deja la vida moderna para entregarnos a la lectura. Por fortuna, los grandes escritores supieron entenderlo: García Márquez, Borges, Bioy Casares. Quizás tuvieron editores menos miopes.

En este libro hay un cuento que narra un episodio parecido a esa historia clásica de Orson Welles y la supuesta presencia de marcianos en Nueva York...

Los datos de esta historia son reales. En 1949 un radiodifusor, que había conseguido en Chile el guión de Welles traducido al español, recreó once años después un aterrizaje marciano en la ciudad de Quito. Lo hizo tan bien que la gente se lo creyó. Él consiguió incluso a alguien que simulaba muy bien la voz del arzobispo de Quito, quien pedía por los micrófonos a los párrocos de las iglesias de la ciudad que tocaran los campanarios para implorar ayuda del cielo. Al final, cuando se supo que era mentira, la reacción de la gente fue incendiar el edificio donde quedaba Radio Quito. Eso lo vivió mi mamá de niña y lo supe por ella pues la historia del periodismo en Ecuador no la registró, tal vez por lo vergonzoso que resultaba.

Usted trabajó en un ‘dossier’ de literatura ecuatoriana para la Universidad de Antioquia. Hay, sin duda, un gran desconocimiento de las letras de su país...

Sí. La literatura del Ecuador es injustamente desconocida. Precisamente en ‘Bogotá39’ se habló del peso que mexicanos, argentinos, peruanos y demás debían cargar por sus grandes autores del pasado. No fue mi caso. No tenía el peso de una tradición por lo poco conocida que ha sido la literatura del Ecuador.

¿Y de qué nos hemos perdido?

De mucho, sobre todo en poesía. Poesía como la de Alfredo Gangoteno, de los años 20, un gran vanguardista. Están también Gonzalo Escudero, Jorge Carrera Andrade y César Dávila, que escribió esa cosa enorme que se llama ‘Boletín y elegía de las mitas’.

Se siente un aliento muy poético en este libro...

En este libro me propuse que la poesía estuviera más presente que en otros. Soy una gran lectora de poesía. Adoro a León de Greiff y hace poco, que estuve en Calarcá, descubrí a Luis Vidales, que me dejó fascinada. Hay uno de cabecera, Simic, de la ex Yugoslavia, y los poetas franceses surrealistas.

Este año usted ganó el premio de crónica de la Ciespal con una historia sobre una hermana de Nietzsche que vivió en Paraguay...

La conocía mientras vivía en ese país. Cuando me tropecé con la historia de Elizabeth Nietzsche me enteré de que había fundado un pueblo: Nueva Germania. Así que el año pasado viajé en bus desde Montevideo hasta Río de Janeiro, investigué durante dos meses para descubrir que aún se habla alemán y se siguen casando entre ellos en ese pueblo. Disfruto también escribir periodismo narrativo. 

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