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La modelo de la India Catalina

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Ella se queda mirando la escultura y recuerda los lejanos días en que llegó a esta casa, siendo una niña.

Judith del Carmen Arrieta Arrieta tenía doce años  cuando llegó por primera vez a Cartagena, desde San Juan Nepomuceno (Bolívar).  
“Mis padres son campesinos: Manuel Guillermo Arrieta, sembrador de yuca, ñame y plátano. Tiene ahora 82 años, sufrió un derramen cerebral, pero  jamás ha dejado de sembrar. Mi madre, Ana Josefa Arrieta, tiene 75 años. Soy  la segunda  de siete hermanos, seis mujeres, y un solo varón. Llegué a trabajar en la casa de la familia Gil, como niñera, y el Maestro Eladio Gil y Fini Piñero me acogieron como si fuera una hija. Recuerdo que Gabriel, uno de sus hijos, tenía cuarenta días de nacido. No sé cómo hacía en aquellos tiempos, y ahora pienso que todo ha cambiado, pero yo me llevaba los cinco pelaos a la playa, comíamos raspao, y nunca nos pasó nada que lamentar”.

“Era una muchacha noble y montuna”, dice ahora Fini Piñero de Gil. “Mamá, cómo le vas a decir montuna?- le pregunta Raquel, su hija. Y ella se ríe: “Venía del monte. Era una bella montuna”. “Es cierto”, dice ella, con su tono dulce y conciliador.

Los últimos días de su infancia los pasó en la enorme casa de la Cuarta Avenida del barrio Manga. “Mi escuela fue la casa y mi trabajo alternativo en Las Bóvedas”, viendo al Maestro Eladio Gil pintar y esculpir desde muy temprano, suspender la tarea después del almuerzo para hacer una siesta. Todos en casa son artistas. Fini pintaba muy cerca de su esposo y sorprendía al Maestro Gil con un lienzo pintado mientras él dormía.  Y era la costurera clandestina de la alta sociedad cartagenera que a veces prefería decir que la ropa provenía de Óscar de la Renta que de las manos de Fini.
La escultura que está ahora en el patio de la casa tiene la edad de la niña que llegó a la casa. Es el antecedente de la India Catalina. El Maestro empezó a hacer la India Catalina con modelos de la Escuela de Bellas Artes, a principios de 1974, pero estaba haciendo una síntesis de mujeres  esbeltas. El rostro fue una suma de rostros de diversas mujeres. El cuerpo, una suma de cuerpos. La niña que trabajaba en casa ya era una adolescente de dieciséis años, y fue Fini quien le sugirió a su esposo que la joven posara para la obra, con el permiso de sus padres. El Maestro y su esposa iniciaron una visita a la casa de los padres de la joven y le explicaron que se trataba de una escultura de una indígena que aparece en la primera crónica en versos “Elegías de varones ilustres de Indias”, de Juan de Castellanos. No hubo ningún prejuicio y ninguna malicia, pese a que tampoco era común que una joven posara para un artista. El Maestro Eladio Gil improvisó una cortina en el patio durante tres meses, y empezó a esculpir el cuerpo de su india, primero en arcilla, luego en yeso.

“El cuerpo de la India Catalina terminó siendo luego de varios meses, el cuerpo de Judith Arrieta Arrieta”, dice Fini, quien le sugirió que se pusiera una tanguita y dejara al descubierto sus senos para la escultura de la legendaria obra monumental. Era  una criatura  inocente. “No lo dudé porque me trataban como parte de de los Gil”. “Es así”, reafirma Fini. “Comía en la misma mesa con todos mis hijos y se queda con nosotros cuando llega al país”.

“ Soy por unos días de los Gil y comparto con mi familia Arrieta. Aprendí a defenderme en la vida. No solo a cocinar, a tejer,  a mantener todo impecable en casa. También aprendí a amar la artesanía y el arte, gracias al Maestro y a Fini”.
Fue el Maestro Gil quien le insistía: ¿Por qué no estudias, niña?

La modelo estudiosa

Ella  fue una discreta modelo que nunca se hizo sentir frente al grupo de modelos de la Escuela de Bellas Artes. Culminó sus estudios de bachillerato.

“A mí me alfabetizó el señor Émery Barrios Badel que era un profesor muy cariñoso y respetuoso conmigo. Que me transmitía conocimientos y me compartió su sabiduría. Era puro corazón. Me dolió muchísimo su muerte. Aprendí inglés aquí con la familia Gil”. Cuando la familia abrió su tienda de artesanías en Las Bóvedas en 1972, el lugar era una cueva de murciélagos. Se espantaban cuando entraba un rayo de luz. Las Bóvedas se convirtieron gracias al desvelo de Fini y de un grupo de propietarios soñadores, en un ámbito de peregrinaje del turismo mundial.
Judith me habla ahora de cómo han desaparecido lugares entrañables para ella, de los años setenta y ochenta del siglo XX. Recuerda que a pocos pasos de la casa de anga estaba el Colegio de Sordomudos, en donde alguna vez estudió su hermana Maritza que es sordomuda y tiene dos hijos.
“Es increíble como desde el silencio un ser humano puede expresar cariño y afecto a su familia. solo con gestos y señas.  Recuerdo que una vez uno de mis sobrinos tocó a su mamá para decirle con señas que ya tenía sueño. Me asombró el día en que el perro fue hasta donde Maritza  moviendo su cola  para indicarle que estaban tocando a la puerta”.

El amor que llegó
Hace treinta y tres años, en 1982, conoció en la parada de los buses de Manga, en el Muelle de los Pegasos, a Carlos Arcila Arango, de Jericó (Antioquia, con quien vive en República Dominicana y tiene dos hijos: Carlos José, de 30 años, Administrador Turístico, quien habla cuatro idiomas, y Marcio, de 27, Ingeniero de Telecomunicaciones. El Maestro Eladio Gil y Fini son los padrinos del primogénito.
Judith me dice  que luego de tres generaciones, ella que proviene de padres campesinos, ve cumplido el sueño de tener hijos con estudios profesionales.

Nostalgia de país
En República Dominicana, Judith sostuvo durante tres años una tienda de artesanías del Caribe colombiano, y en la actualidad lidera con su familia la fiesta colombiana de integración el 20 de Julio que empezó con un grupo pequeño que se ha  agigantado con la presencia de invitados nacionales e internacionales.
El Embajador Roberto García Márquez hizo público reconocimiento a Judith y su esposo por la proyección de la imagen de Colombia en el exterior. “Ustedes son unos verdaderos embajadores”, les dijo.

Epílogo
Mira ahora el Monumento de la India Catalina y piensa en el paso del tiempo. La última vez que  vio al Maestro fue en 2010, poco antes de morir.  Su corazón late para esta casa en donde vivió tantos recuerdos, pero también  para la vieja casa de San Juan donde sus padres vigilan y siembran una tierra fecunda y silenciosa.
 

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