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Las crónicas de David Lara Ramos

He vuelto a releer estas 33 magníficas crónicas de David Lara Ramos reunidas en el libro “El dolor de volver” (2017),  publicadas por Collage Ediciones, que se  lanzará a las 5 de esta tarde en el Centro de Formación de la Cooperación Española. El poeta Rómulo Bustos Aguirre tendrá las palabras de presentación.

Este libro es la mirada de un viajero que se adentró en el alma de sus personajes de carne y hueso, hombres y mujeres a los que la vida ha embestido con la ferocidad de un huracán despiadado. La primera crónica sobre la boxeadora Ana Pascal nos abre la compuerta de los primeros golpes. Unos, en el cuadrilátero.

Otros, en la vida cotidiana de un gaitero negro en los Montes de María, en el Carnaval de Barranquilla donde un congo es degradado a gorila, y al cierre de estaprimera serie de ocho crónicas, está la devoción de Catalina Parra por la Virgen de la Concepción, y la del talabartero Manuel Pérez, que construye sus abarcas con las llantas de camiones.

La segunda serie de seis crónicas, son retratos y perfiles de autores: García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Ramón Illán Bacca, Ángeles Mastretta, Manuel Borrás y Susan Sontag. El cronista se invisibiliza muchas veces para dar voz a sus protagonistas, sin dejar de narrar cada escena, cada gesto, cada testimonio revelador. Me impresionó la desolación de Rojas Herazo y su persistencia amorosa de que “vivir es un lento morir”.

El alma de Rafael Puentes
La tercera serie son cinco crónicas que retratan el drama del desplazado que regresa a su tierra, luego de ser despojado de todo, víctima del conflicto armado. La que da título al libro es sencillamente magistral y estremecedora:

“El dolor de volver”, Premio Mejor Crónica Revista Semana 2013. El cronista nos describe con una precisión que nos sacude al límite de las lágrimas, la desesperación de Rafael Puentes, de 77 años, que al retornar a su tierra en Guamanga, vereda del Carmen de Bolívar, busca con las manos ciegas en la tierra los cimientos de su vieja casa destruida, para erigir la nueva sobre las cenizas de la antigua y devastada por la guerra. 

“Uno sufre aquí dos dolores: el dolor cuando se tiene que ir, y el dolor de volver. Ni sabe uno cuál de los dos es peor”. Pero ante el despojo y el sufrimiento, Rafael y su mujer, crean en medio de la desolación y la orfandad de la región y el país, su resistencia emocional, su antídoto contra los dolores, como un ensalmo, como una canción bajo la luna. Es una crónica antológica.

Crónica de Chengue
Después, sigue la mejor crónica que se ha escrito sobre la matanza en Chengue, titulada “Chengue era como el paraíso, pero no...yo no regresaría”, una intensa crónica que ameritaría convertirse en libro aparte e independiente, un extraordinario texto que ganó una beca de investigación de la Fundación Gabriel García Márquez y el Consejo Noruego para los Refugiados.

Con una sutileza en la que el cronista nos revela la crudeza del drama emocional después de que 80 paramilitares llegaran a la madrugada del 17 de enero de 2001 y asesinaran a 27 habitantes de Chengue, la mayoría, campesinos, gente trabajadora, humilde y pacífica.

La voz de Julia Meriño que se resiste a volver a Chengue, donde dos años después de la masacre, en un retorno para honrar con una misa a las 27 víctimas, el 17 de enero de 2003, un grupo de uniformados detuvieron los carros, “bajaron a mi esposo, lo acostaron boca abajo y le dieron un tiro en la parte de atrás de la cabeza, delante de todos”. 

La tierra donde antes hubo vida estaba llena de monte y maleza, y las casas donde vivían los 27 masacrados, crecía una hierba triste que también parecía llorar la ausencia.  “Uno no puede regresar a un lugar que ya no existe”, dice Julia. En Chengue todos eran una sola familia.

En diciembre todo el pueblo hacía un enorme sancocho descomunal en la que cabía el cielo y la tierra, para despedir cada año. Se sembraba aguacate, naranja, guineo, ají, yuca. ñame, maíz. Las mujeres se dedicaban a criar gallinas. Alveiro Quintana volvió a Chengue después de siete años, y le daba pavor ver oscurecer. Él perdió a su padre, a sus dos hermanos, tres tíos, un primo, un cuñado, un tío de su mujer.

La pregunta de Alveiro es esencial: se pueden recuperar las cosas materiales. Pero las vidas, ¿Cómo hago para recuperarlas? Después de la matanza, nada fue igual en Chengue. Espantosa escena la de la fuerza pública llevando dos vacas descuartizadas para una fiesta y honrar a las víctimas con un banquete de carne, vísceras y huesos. Y entregando claveles a las mujeres víctimas. Es infame eso.

No se piensa en el ser humano vulnerado que después de una tragedia como ésta, ni su vida material ni mental serán iguales. Todo el país que ha padecido la guerra tiene enfermos mentales que no han sido atendidos ni tenidos en cuenta.

Libro de crónicas excepcionales que nos revela además, la reserva humana del otro país rural, el otro tesoro del sur ignorado y despreciado.

Huellas del cronista 
David Lara Ramos es docente del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Cartagena.  Ganó en el año 2000 el Premio Internacional de Traducción Literaria, de la Universidad de Extremadura, España. 

En 2006 ganó la beca de investigación de la Fundación García Márquez. En 2011 publicó "Pasa la voz queda la palabra". La mayoría de las crónicas que integran este libro, fueron publicadas en el diario El Universal, en donde Lara Ramos, fue editor del suplemento literario.

"La pluma de Lara es una cámara cuyo mejor espejo habita nuestra imaginación, se apodera de ella, nos hace revivir los sucesos, vuelve presente el pasado. Sensible y preciso, describe los ambientes y nos transmite sensaciones y sentimientos”, expresa Heriberto Fiorillo.
 



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