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Las tarjetas que le dieron la vuelta al mundo

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Durante cuarenta años la colombiana Rozy Brandwayn, de origen polaco, sedujo al mundo con sus tarjetas artísticas de flores, rosas y hortensias repujadas. Desde hace 10 años vive en Cartagena. Las diseñó en acuarela por primera vez, en la soledad de un garaje en Oregon, Estados Unidos, a mano alzada, dibujando pétalo a pétalo una rosa diminuta. Nadie sabía quién era esa mujer invisible que se firmaba casi de manera discreta como Rozy, y que con solo cien dólares inició una de las aventuras y empresas exitosas en el mundo: las tarjetas artísticas.

La empresa comenzó seduciendo las tiendas de los norteamericanos y conmovió al público de Europa, Asia y América Latina. Llegó a hacer quince mil tarjetas que se multiplicaban por el mundo.   No paró de hacerlas con la devoción de una artista dibujando sombras.

Hace poco yo tampoco lo sabía, alguna vez esas tarjetas atravesaron el mar y llegaron a las manos de   gente cercana y me   maravillaron con la misma curiosidad con que el mundo las acogió y compartió con el solo deseo  de llegar al corazón de alguien. ¿Quién era ella? Rozy Brandwayn a la que los suyos llaman Rosita, nació en Polonia en 1926, y llegó a Bogotá a sus cinco años. Vivió y se casó en los Estados Unidos. 

El pintor francés Pierre Daguet que era amigo de sus padres,  sugirió que la matricularan en bellas artes, por sus habilidades para el dibujo. Ella se impactó al conocer el trabajo artístico de Omar Rayo, un gigantesco gancho de nodriza que parecía salir del silencio de una tela, blanco sobre blanco. Supo que la técnica se llamaba “intaglio”, y desde entonces empezó a investigarla. Las rosas que dibujaba las repujaba, permitiendo un doble placer, visual y táctil. “Apenas regresé a Estados Unidos, leí libros y visité galerías. Quería asimilar el método. Nada. O no podían explicarme o no me expresaba con claridad”.

La primera clave fue encontrar en la Universidad de Stanford un párrafo iluminador sobre el intaglio, y un anuncio de un periódico de San Francisco en el que ofrecían clases de litografía e intaglio. La docente norteamericana se decepcionó cuando vio su primer dibujo, pero ella superó el primer fracaso y se elevó rayando metales de manera insistente hasta ver que el metal podía reproducir una imagen sin tinta.

“Cuando averigüé un poco más sobre el sistema manual, conocí a un hombre muy viejo que apenas veía. Sin embargo, forjaba los moldes más hermosos: parecían esculturas, muy meticulosas y perfectas”. Le enseñaron cómo lo hacían revelándole el secreto de que incrustaban pedacitos de oro en el metal, “usando métodos automáticos, que les permitían grabar las imágenes en receptáculos especiales. Mi técnica era de la Época de Piedra. Pero qué podía hacer.

No sabía nada de la Revolución del Computador. Así que tuve que encontrar una forma de manipular el repujado únicamente a través de químicos. El que mi profesora me hubiese dicho: “Usted nunca va a tener éxito alguno”, no me molestaba. Yo sabía lo que quería aprender a hacer. Muchos años atrás, durante mi infancia, había estudiado arte en el Liceo Francés de Bogotá.

Mi profesor Daguet había afirmado que era una de sus mejores alumnas. Cierto día se tomó el tiempo de contactar a mi padre para pedirle que me enviara a estudiar en el Instituto de Bellas Artes en Bogotá. Mi padre se impresionó al ver que un profesor lo visitaba personalmente en su negocio. Esa noche, en nuestra cena, me preguntó si deseaba comenzar una carrera de arte. Le respondí que no. Este no era el futuro con el que yo soñaba”. Pero a medida que ella se sumergía en el misterio del arte, de dibujar a mano alzada flores que estallaban en el silencio de la hoja en blanco, pétalos y flores, la vida le depararía una sorpresa inagotable.
 

El secreto del intaglio
No se dejó intimidar por el augurio de fracaso que le expresó su maestra. Empezó haciendo muchos experimentos en la terraza de su apartamento, cometió errores que le enseñaron a descubrir el camino. “Mi descubrimiento número uno. Simplemente, sentido común.

Al comprar plumas de tinta china de distintos grosores, advertí que podía obtener maravillosas rayas (líneas angostas o anchas). Entonces cubría las que quería guardar para que no se profundizaran más, y volvía a introducir el molde en el ácido, con el fin de que se quemara otro poco y adquiriera mayor hondura. Repetía el proceso varias veces.

Esto quería decir que el molde tenía múltiples entradas en el ácido. Cada vez me quedaba mejor, pero tomaba un tiempo, ya que el ácido solía ser muy volátil, se calentaba de repente y quemaba rápidamente el metal. Con todo, el resultado era bastante bueno, teniendo el cuenta lo que yo precisaba.

El proceso de repujar químicamente, usando el ácido nítrico, me impidió delegar este trabajo a alguien. Primero, se trataba de mi secreto. No quería que nadie me copiara. Segundo y lo más importante: utilizaba químicos por los cuales había tenido que solicitar permiso especial. El ácido nítrico se empleaba en la producción de armas y era muy peligroso. Si alguno de mis empleados se hubiese enfermado por operar con este químico, podría haberme iniciado un juicio y ocasionado problemas. De modo que trabajé, con cuidado y rigor. No tenía otra alternativa”.

Mirando las flores
Veo los diseños originales de las tarjetas artísticas de Rozy, quien hace diez años vive en Cartagena de Indias. Guarda en cajas innumerables diseños de sus tarjetas y en su apartamento tiene enmarcadas las hortensias, las rosas y las coronas de flores que mantuvieron despiertos y encantados a quienes buscaban estas tarjetas que ella imprimía en su casa dejando siempre el espacio en blanco para que alguien escribiera sus propios mensajes.

Además de Omar Rayo, su mayor influencia, fue decisiva su cercanía y amistad con el maestro del paisajismo colombiano: Gonzalo Ariza. De el gran artista posee dos obras en la que aparece la sabana de Bogotá emergiendo de la neblina, con destellos de luz entre las flores. Ahora frente a ellas, ella enmudece ante la majestuosidad de los colores y la sugerencia de la sombras.

Me enseña Los Toches, en el que aparecen dos pájaros en plena conversación bajo la sombra de una vegetación con fulgores de flores en la penumbra. La experiencia de haber diseñado un universo sentimental de tarjetas que cumplieron un destino en millares de seres humanos,  la llevó a escribir en Cartagena un pequeño pero significativo libro que tituló de manera minimalista “Gancho de nodriza”, en homenaje y evocación de su influenza de Omar Rayo. Un libro autobiográfico en el que revela los secretos de todo su trabajo y empresa exitosa.

Rozy Brandwayn (ella sintetiza su apellido como Brand) a sus 89 años está rodeada de pinturas, tallas en madera, esculturas en bronce, una biblioteca integrada por libros de arte, historia, novelas, biografías. En el sigilo de su apartamento frente al mar, mira a la muchacha de diecinueve años que era ella en esa foto y se sonríe ante el paso del tiempo.

Cada vez que la nieta le recuerda algo que alude los asombros del tiempo, ella se burla de todo mostrando la metamorfosis de las edades en una joven de diecinueve, una mujer de cuarenta y otra serena y sabia señora de ochenta años. Ahora me señala una flor que se sacude en la sombra del papel, como una leve sombra de un pájaro al atardecer.

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