Son como un tesoro sumergido en el mar, estas fotografías que durante dieciocho años estuvieron guardadas buscando un editor que las publicara.
Yo me siento a mirar con lupa cada foto de Giovanni Mangini y puedo vivir la historia de Cartagena de 1940 a 1970, en lugares e instantes que mis ojos no pudieron contemplar en las décadas en que no había nacido. Su nieta María Isabel Lara ha venido a traerme este bello libro que todo cartagenero debe conocer, y me ha sorprendido la mágica terquedad con que ella asumió el desafío de hacer este libro ejemplar. Para empezar he aprendido con ella una nueva palabra: Diosidiendias, significa aquello que nos ocurre que parece una coincidencia, una casualidad, un azar, una causalidad, pero que es la mano de Dios en lo que no presentíamos.
Ella lo cree y dice que las mejores cosas que le han ocurrido en la vida tienen este hilo misterioso del azar divino en la que no se mueve una sola hoja del bosque sin una voluntad suprema.
Para los que no crean, el universo es una arte de relojería y cada cual puede encontrar a su dios o a sus dioses para intentar comprender esta maravilla que es estar vivo. Para empezar Giovanni Mangini, nacido en Génova en 1895, arribó a Cartagena en 1936, fue un soldado en la primera guerra mundial y fue herido en una de sus piernas.
Vivió entre nosotros hasta su fallecimiento en 1970, pero no tuvo un año de tregua para captar de manera singular y única, a la ciudad más fotografiada del mundo.
María Isabel me cuenta que encontró en el ático de la casa de su madre en Bogotá una caja mediana en la que habían 1.100 negativos conservados cuidadosamente en papel mantequilla.
Cuando empezó a revelar el tesoro, la nieta descubrió que en esa caja estaba guardado un tesoro que sintetiza cuarenta años de fotografía cartagenera. La pregunta la mortificó año tras año: ¿Qué hacer con este tesoro? Un día en una conferencia del historiador Moisés Álvarez Marín oyó como una revelación el nombre de su abuelo Mangini como uno de los grandes fotógrafos en los que uno puede vivir la historia de la ciudad desde un ángulo desconocido.
Se le iluminó el bombillo interior y empezó la larga travesía de tocar puertas en una ciudad amurallada. El resultado es este libro en el que ha contado con la sabia devoción y sabiduría de Alexandre Magre y Adela Colorado, y la complicidad de Juan Gossaín, Alberto Samudio, Felipe Santiago Colorado, Jorge Sandoval Duque, la traducción de Delia Daza.
En este libro hay un viaje visual histórico de la Cartagena secreta y barrial: la de Chambacú, la del viejo y desaparecido mercado público junto a la Bahía de las Ánimas, la de las barriadas que empezaban a formarse junto a la muralla, la Cartagena de los años cuarenta que parecía salida de una ruina, desamparada frente a un mar donde aún siguen los eternos pescadores de milagros con su pobreza que no acaba aún. Es como volver a vernos en un tiempo no vivido y presentido. Pero nada puede amarse si no se conoce, me dice ella. Y es cierto.
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