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Momentos con Cecilia Porras

Luis Germán Porras Espinosa

Especial para El Universal

Cecilia aprende a pintar sin tocar el lienzo, imagina sus obras en el territorio de lo impredecible, las compone desde su universo eléctrico y observador, con una paleta rica en exquisitos matices, en inusitados sobresaltos, es íntima y cálida, dueña de profundos silencios que después convierte en decididos cuadros, un toque sensible que se hace luz, un peregrinaje de colores de gran vibración en el caribe
En otro momento, Cecilia llega a nuestra casa en Barranquilla, con ella viene Jorge Child, su compañero, con quien se casará pronto, dice que la ceremonia será en un lugar de clima frío y desconocido, vestirán alpargatas y ruanas, quiere para ella, muchas flores, frutas y  a sus amigos de siempre.
Al quitarse el elegante sombrero que lucía. Su cabello no es el mismo. Ha cambiado de forma, ahora cae sobre su frente de otra manera más corto e irregular, mi madre la mira con detenimiento y le pregunta: Ceci, que le pasó a tu cabello largo y abundante de siempre, con tranquilo desparpajo, la mira, sonríe y le dice: las tijeras de podar del jardinero de la casa de campo de mi amigo Julio Mario Santodomingo me han  liberado del tremendo calor que hace en esta época.
En otro momento, Manuelita, su madre la llama : Ceci, Ceci,  una, dos, tres veces, nadie contesta. La busca en toda la casa. Ningún rastro, solo la quietud del mediodía. Cecilia, esa niña de entonces, de cabellos agajados y ojos  de color aceituna, está en su lugar preferido, un rincón anónimo de la casa, un  pequeño cielo inventado por su soledad, ha jugado toda la mañana con sus colores en  creativo silencio. Ha pintado el vestido de su muñeca de rojo y azul.
Todos están sentados a la mesa. Su padre Gabriel, con el ceño fruncido pregunta. ¿Donde está Cecilia?. Todos miran al tiempo una silla vacía en la esquina de la mesa. De pronto, por la amplia puerta del magistral comedor, aparece una niña con restos de pintura en su cara, tiene las manos recién lavadas, pide permiso, se sienta y empieza el almuerzo.
Años después, se repite esta escena de familia, Cecilia llega a la hora del almuerzo, viene feliz de pintar un payaso detrás una puerta en un bar del pedregal.  Su  padre Gabriel espera en la mesa. Ella se sienta, almuerza y regresa de nuevo a encontrarse con sus amigos de siempre: Gabo, Cepeda Samudio,  Obregón, Germán Vargas….
En otro momento, “La doncella silenciosa” como la llamó el maestro Rojas Herazo, viene a la casa. Es alta y elegante mira de una lado para el otro, sus hermosos ojos verdes se mueven buscando el rastro oloroso de sus primeros años, el sitio donde soñó y canto con sus infantiles colores.
Allí en su casa solariega de Manga, en la terraza interior rodeada de árboles de mangos y tamarindos donde había pintado tiempo atrás, un memorable mural sobre Cartagena, la sorprendió la muerte, con sus arlequines aún húmedos, con jirones de luz aún en sus pinceles, esa luz que ella traía de otra parte, con una muñeca pintada que siempre la acompañaba como un fiel talismán y con la certeza de volver  a pintar un día cualquiera, otro payaso aunque fuera en un bar del paraíso.

Lo que se dijo de Cecilia
“Era una mujer que diseñaba y pintaba su propia ropa”, recuerda Yolanda Pupo de Mogollón, a quien Cecilia Porras hizo uno de sus retratos.
“Era un ser muy dulce y con una alegría de vivir y compartir”, dice Rosita de Benedetti.
“ Las obras que pinta a finales de los cincuenta son asumidos con tendencia cubista y con apertura cromática.
Se destacan “Ángel volando en la noche” (1957), resuelto en azules mediterráneos entre blancos y grises y destellos de verde entre grises; “Ritmo” (1958) que traza una atmósfera sugerente en cuya geometría terracota emerge la luz dorada; “Rehilete” (1958), cuya figura alargada en lila contrasta con una policromía en donde se cruzan el rojo, el verde y el amarillo; “Velero y figura” (1958) y el maravilloso “Ángel volador” (1959) en donde prevalece el naranja, el amarillo y el verde. Es una de las mejores y privilegiadas obras de Cecilia Porras: el ángel que sobrevuela una naturaleza en naranja está confabulado con el paisaje”, dice Gustavo Tatis.
 

 

 



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