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Óscar Ruiz habla de "Los Hongos", su nueva película

Los hongos son esos seres vivos que surgen en contextos de gran podredumbre. No importa el medio o la superficie, ellos poseen esa tremenda capacidad de adaptación. A donde llegan se desarrollan y se aferran. Y no paran de crecer. No, mientras haya vida.

En eso se parecen RAS y Kalvin, dos pelados —dos amigos— que habitan una Cali hostil: esa que es pobre y tiene hambre. Aquella donde “el problema siempre es la plata”. Su ausencia, claro. Pero ellos, como los hongos, han aprendido a adaptarse a ese entorno. Y entonces se aferran a la vida. Mientras haya vida.

Es ese sentido, así de literal, el que explora ‘Los hongos’, la segunda película del director caleño Oscar Ruiz Navia, una historia que surgió de una drama personal -la muerte de su abuela- para convertirse en una película que despierta un deseo de rebeldía. “Nunca más guardaremos silencio”, dice el eslogan que la promociona con la música de Zalama Crew como fondo.

Tras su estreno mundial en el 67º Festival de Cine de Locarno, en agosto pasado, en donde la película recibió el Premio Especial del Jurado en la sección ‘Cineastas del Presente’, Ruiz Navia y su equipo están recorriendo el país contando esta historia, previo al estreno nacional el próximo 25 de septiembre. Y las expectativas son muchas. Sino todas. No solo porque fue este mismo director quien propuso una mirada distinta en su forma de hacer cine al presentar ‘El vuelco del cangrejo’ (una pequeña lucha territorial en el Pacífico que semeja a esas grandes luchas territoriales que han azorado a Colombia), sino porque esta, ‘Los hongos’, fue merecedora de múltiples estímulos internacionales durante su proceso de producción -desde Berlín hasta Argentina, pasando por Italia, los que le permitieron llegar hasta el final con cierta holgura. Y eso promete buenos augurios.

Ruiz Navia se siente satisfecho. Tenía la necesidad de hacer una película en Cali para exorcizar el dolor. Y no solo parece haberlo logrado. “Tengo que admitir que esta película tiene esperanza. Porque la gente que la ha visto hasta ahora, desarrolla algo así como un deseo de libertad. Y la libertad es una cosa con la que todos se pueden identificar. El ser humano por naturaleza no quiere que lo aten. Y es algo que estoy descubriendo ahora”, dice.

‘Los hongos’ muestra una especie de radiografía del mundo del grafiti en Cali, una escena que no ha sido particularmente importante en la ciudad. ¿Qué lo lleva a acercarse a ese mundo?
Inicialmente la película surgió de un suceso: la muerte de mi abuela después de haber sufrido un cáncer. Para esa época estaba viviendo en Bogotá y tuve que regresar a Cali y sentí que era el momento de hacer una película sobre la vida a partir de esta experiencia dolorosa que había tenido. No sabía cómo hasta que se me ocurrió la idea de un joven artista talentoso que no tiene medios para expresarse. Me encaminé en esa búsqueda y fue allí que encontré en el grafiti una forma de expresión afín e interesante para hablar de la ciudad, de esa época de adolescencia que viví en Cali.

¿Cuál es la historia que narra en esta película?
Tomé como estructura inicial a dos amigos que viven en barrios diferentes de la ciudad. Uno al oriente, en un barrio popular, RAS, un grafitero; y el otro, Kalvin, en uno de clase media. Este último vive con su abuela que está muy enferma, y es estudiante de bellas artes. Quería mostrar cómo estos dos mundos, que en apariencia pueden ser opuestos y distantes, se unen precisamente por esa pasión que es el arte urbano. Era una manera de discutir esa fragmentación que yo siento en la ciudad, por un lado, pero también traer un poco lo que venía trabajando desde ‘El vuelco del cangrejo’ que eran esos jóvenes del Pacífico. Se me ocurrió pensar en qué pasaría si uno de esos jóvenes del Pacífico llegara a Cali. Fue así que empecé a buscar un chico afrodescendiente que tuviera ese talento, hasta que encontré a RAS, que es una artista y viene del Pacífico.

Su cine se caracteriza por el uso de personajes reales, gente que actúa su propia vida…
Para esta película fueron más de dos años haciendo casting. El primer método fue buscar a los artistas urbanos que había en Cali, que al final terminaron vinculados a la película, como grupo de grafiteros experimentados a los cuales este par de amigos quiere llegar. Unos fueron conectándome a otros. Al final, a RAS lo encontramos por azar, montando tabla. Era rastafari y pintaba bellísimo, fue amor a primera vista.

Y a Kalvin, el amigo…
Lo encontró en el colegio Camacho Perea. Me interesó por su historia familiar: vivía con su abuelita, muy talentoso para la pintura y practica el parkour. Tuve la suerte de que ellos eran muy similares a los personajes que yo me había imaginado. Luego vino el proceso de dejar que ellos contaminaran la historia y casi que la historia cambió en función de ellos.

En este tipo de película, ¿qué tanto hace parte del guión y qué tanto se deja a la improvisación?
Hay mucho de ambas cosas. Digamos que trabajo un guión para tener una guía básica de lo que estoy buscando, pero luego me interesa mucho que los actores que escojo cambien la historia. Sobre todo en cuestión de los diálogos. Yo hago un cine que está más próximo al error, a lo que está sucediendo en ese momento, y en ese sentido es muy documental. Y es justo ese extrañamiento, esa línea ambigua entre algo que uno puede controlar y algo que definitivamente no, lo que me interesa, con todo y la dificultad que eso implica. Porque no es fácil llevar un insumo real a una estructura de ficción, pero es que hay una naturaleza de unas personas que están allí que yo no puedo controlar. Ahora, no te puedo decir que todo lo que proponen ellos va a la película, no. Hay cosas que funcionan y cosas que no. Y uno está allí para moldear, para esculpir la piedra.

Usted habla de la cercanía del documental. ¿Qué tanto es una influencia de su formación en la Universidad del Valle?
Ha sido fundamental esa influencia. Recuerdo a Luis Hernández, que es el profesor de imagen de la universidad. Allí aprendí cómo hacer que imágenes de la realidad quedaran más cercanas a lo poético. Siendo de todas maneras los insumos reales, uno encuentra que ese blanco y negro de ciertas fotografías como las de Cartier-Bresson o Walker Evans van más allá de un simple registro noticioso; ellos hacen que la realidad se convierta en una cuestión más poética.

Por otro lado, en el caso de ‘Los hongos’, todo ese trabajo que hicimos en las calles es un proceso muy documental en la manera en que nos acercamos a las comunidades. Hay un trabajo casi que etnográfico de descubrir, para luego hacerlos parte de una estructura de ficción. Yo quiero hacer, al igual que el grupo de Cali, ese cine que siempre se ha diferenciado del oficial que simplemente repite esquemas. Yo, más bien, trato de explorar y de experimentar, para generar curiosidad en el espectador. Quiero llegar a un público que quiere ir a cine a descubrir nuevas imágenes y sonidos.

¿Cómo fue pasar de hacer una película rural, como ‘El vuelco’, a una tan urbana?
Cambia en algunos aspectos, sobre todo en términos de la velocidad. En la playa todo va más lento y en la ciudad el ritmo es vertiginoso. Pero hay similitudes, como insistir en esos personajes que están llenos de ilusión, de rebeldía, de deseos de libertad. Los personajes de ambas películas son muy rebeldes, y en ese sentido hay mucha igualdad. Mi reto con ‘Los hongos’ fue seguir luchando por esa intimidad en el set que es lo que al final da esa sensación de que lo que está haciendo la gente ahí es la verdad o cierta verdad.

Esta es una película muy política, como también lo fue ‘El vuelco’...
En cierto sentido quería mostrar esas cosas que no funcionan bien en el país. Pero en realidad creo que cualquier película es política de alguna manera. Algunas se jactan de ser neutras, pero esa neutralidad también es una forma de asumir una posición política.

Como lo es el concepto de los hongos...
Sí. Los hongos crecen en medio de la podredumbre. Y esta película es sobre seres que están buscando la vida a pesar del entorno difícil en el que viven. No tienen dinero, tienen problemas familiares, hay obstáculos, y sin embargo les queda pintar. Obviamente hay un contexto complejo, de represión, que se insinúa en la película; de cierta degradación de valores de la sociedad, pero están estos jóvenes que a pesar de todo son unos soñadores y que salen y se expresan y quieren dejarlo todo allí, en la calle.

Es una visión optimista en todo caso...
La película tiene esperanza. Pienso que lo último que necesita el cine es el pesimismo. Hay gente que quiere hacer películas para decir que todo esto es una mierda, pero yo lo que quiero es decir que a pesar del contexto complejo siempre hay algo que se puede hacer. Sobre todo, no guardar silencio. Rebelarse sin destruir. 



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