Sarandon, la más combativa de Hollywood

14 de marzo de 2016 02:39 PM

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Susan Sarandon llegó al aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena de Indias, a las 10:40 de la noche del 3 de marzo de 2016 en un vuelo procedente de Panamá para participar como invitada de honor en la versión 56 del Festival Internacional de Cine. Contó que estaba aquí porque todos sus planes habían fallado y cuando esto ocurre se producen accidentes “positivos”. Llegó acompañada de su hijo Jack Henry Robbins, un joven productor de cine, interesado en rodar una película en la ciudad.

Declarada huésped de honor en un acto oficial por el alcalde Manuel Vicente Duque, le fueron entregadas las llaves de la Heroica. “Gracias por este maravilloso honor. Espero retornar y vivir esta experiencia otra vez con mi familia”, dijo la actriz norteamericana, con quien la gente a veces no quiere trabajar porque piensa que no tiene sentido del humor. Se equivocan, lo tiene y mucho, tanto que comenzó a bromear con las llaves en las manos, comentaba que con ellas abriría todas las puertas de la ciudad. Después de firmar el libro de invitados marcó con un beso su mensaje. Además, se le rindió tributo en el Teatro Adolfo Mejía. Ahí la esperaron con frenesí, recibió la estatuilla de la India Catalina, se proyectaron fragmentos de varias de sus mejores películas y reflexionó sobre el proceso de paz en Colombia. Pidió “confianza para que el futuro sea diferente. Es algo difícil que requiere cierto compromiso por la paz”.

Aquí aprovechó para conocer nuestra música y bailar con sus amigos, en una discoteca conocida de Cartagena. En un video que la actriz subió a su cuenta de Instagram se puede escuchar la canción “Materialista”, de Silvestre Dangond y Nicky Jam. Disfrutó de un delicioso helado artesanal italiano en la Gelatería Paradiso. Sarandon recibió un collar precolombino de manos de la primera dama del Distrito, Viviana Sánchez. La actriz tenía programado un viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta, un lugar que desea conocer, y por cuestiones de tiempo no pudo.

Y así como se mostró amable y carismática en Cartagena, algo que parece fluir fácilmente en ella, lo ha hecho en Nicaragua, Uganda, en Brasil, Haití o Grecia.

A finales del año pasado estuvo en la isla griega de Lesbos, en el mar Egeo, para participar en las tareas de recibir refugiados e inmigrantes sirios que llegan de Turquía a Europa. Promovió la educación, la salud y el desarrollo comunitario en Haití para aliviar a las víctimas del terremoto de 2010. En la década de los ochenta, con el apoyo de “Madre”, organización internacional de la mujer, viajó a Nicaragua para entregar leche y alimentos para bebés a las madres más necesitadas. Comenzó un trabajo para conservar la selva amazónica y la cultura de las personas que viven allí con el Equipo de Conservación del Amazonas, la organización benéfica favorita de Susan, fundada en 1996.  Por consiguiente, se entiende su elogio a la película colombiana de Ciro Guerra “El abrazo de la serpiente”. Asiste a las víctimas más jóvenes de la guerra civil de Uganda a obtener su educación.

Sarandon comentó sobre su activismo: “a veces ni siquiera entiendo las ramificaciones de lo que digo; todo lo que sé es que yo no puedo vivir conmigo misma si no digo algo. Soy consciente de que me he convertido en una especie de broma en términos de mi activismo, pero no es algo que pueda preocuparme. Y no es que mi activismo sea algo reciente”. Es una dialéctica entre la necesidad de salir a protestar y la libertad para hacerlo. Viene de una generación que creció con la agitación de los años 60 y 70 donde con dos dedos de frente y un corazón en la mitad del pecho, ya eras automáticamente activista. Ha dicho: “con la edad se vuelve más y más difícil creer en la acción, pero hay cierta cantidad de ingenuidad que te permite pensar que se pueden cambiar las cosas”.

No trata de buscar la admiración de los demás ni de aprovechar su estatus de celebridad, y siempre llega puntual a las citas. En los últimos veinte años se ha ganado el cariño de naciones, aunque ha sido señalada como “antiestadounidense”. Su calidad humana va mucho más allá de su carrera exitosa y variada en el cine. Una persona de gesto siempre amable y dispuesta a ayudar.

Susan tiene los ojos grandes y redondos y mira con la ternura de una niña. Nació en Queens (New York), en octubre de 1945. A su lado parece que el mundo mejorará. Su sonrisa es amplia, de labios finos. Siempre está atenta y cuando habla suelta toda su inteligencia. Intentar enderezar el mundo le permite dormir tranquila por las noches. Su vida es un extenso conjunto de prioridades: reconocida defensora de la causa LGBT, del movimiento feminista y de las libertades civiles. Apoyó la causa de los indignados por la crisis económica y recaudó fondos para las niñas y mujeres  de Camboya, víctimas del tráfico sexual.

Tiene una estética alternativa que reconoce significados y sentidos. Esa manera de ver el mundo, especialmente a los refugiados sirios viene determinado por la “evocación y recreación de la memoria”, ya lo ha dicho ella misma: “mi abuelo vino a los Estados Unidos desde Sicilia (Italia), a los 16 años de edad, ya que estaban en el final de la guerra tratando de poner jóvenes en el ejército”. Y agregó: “en cierto modo, estoy haciendo esto en honor a mi abuelo”.

Una poética realista de una época a la que le falta crítica. Un fondo sentimental que conduce a la identificación porque su activismo habla de la memoria, de los derechos y las libertades civiles, de la supervivencia, de la vida.

En este largo camino social y cultural, Susan generó un cambio. Está comprometida vitalmente con la realidad, incluso arriesgando su propia vida, pues ha recibido amenazas de muerte. Este compromiso ético termina en una posición política progresista y humanista, que resalta una y otra vez en sus denuncias y manifestaciones públicas. En Hollywood no figuran las actrices con una conciencia crítica, ella es un encendido destello de los años setenta. Es la actriz más rebelde que ha tenido el cine. Para Susan Sarandon solo hay un mundo y en él todos queremos lo mismo: bienestar y seguridad, aunque se haya perdido la brújula. En ella resplandece, sobre todo, la compasión.

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