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“Un escritor tiene la obligación de hacerles caso a sus obsesiones”

Un día a comienzos del Siglo XIX un grupo de jóvenes poetas, adolescentes ingleses, se encontraron a orillas del lago Lemán en Suiza, en la Villa Diodati. Mientras se estaban conociendo cayó la noche sobre Europa, una noche de tres días producto de la erupción de un volcán en Indonesia. Ese encuentro, el ambiente y los protagonistas fueron parte de una fractura histórica que vio nacer el romanticismo y surgir historias como el Frankenstein de Mary Shelley y el Vampiro de John William Polidori.

Esta historia, en primera persona, es narrada por el escritor William Ospina, quien el próximo 2 de mayo; en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, presenta su novela ‘El año del verano que nunca llegó’.

“Me interesaba contar qué ocurrió esos días en esa casa donde nacieron monstruos que han embelesado a la humanidad, además de saber cómo habían llegado esos personajes a Villa Diodati y qué fuerzas fueron las que los unieron, además de los temas que fueron engendrando ese delirio para la gestación de esos libros”, dice Ospina en diálogo con COLPRENSA.

- ¿Cómo nació ‘El año del verano que nunca llegó’?
Lo que me propuse fue reconstruir una noche de hace dos siglos, cuando se encontraron unos poetas ingleses y ocurrieron unos hechos muy conocidos en la historia de la literatura. En esa casa, Villa Diodati, en ese momento se gestó el romanticismo europeo, la era romántica. De ese encuentro surgieron las leyendas más memorables de la modernidad, Frankenstein y el Vampiro de Polidori.

- Largo el camino…
Me llevó cuatro años, desde que se me ocurrió la idea en Buenos Aires (2010), hasta cuando busqué datos en Suiza y en Italia. Hoy me pregunto sobre el origen de esta historia y veo que a veces uno está embarcado en un tema mucho antes de darse cuenta.

- ¿Cómo define esta aventura?
Es la crónica de una obsesión… Es una suerte de experimento literario en el que se cuentan hechos históricos; también hay una investigación de literatura, hay fantasía e imaginación. Además es una crónica de viajes mía, contando cómo rastree a los personajes.

- ¿Qué lo movió por dentro para dedicarse a este tema?
Lo fascinante fue descubrir que la erupción de un volcán en Indonesia había sido una de las causas del nacimiento, en occidente, de la leyenda de El Vampiro y del monstruo con fragmentos de cadáveres, además de ver que esos temas se mezclan con el clima la geografía, la historia y la era napoleónica con hechos literarios y criaturas fantásticas. Me pareció que ahí había un relato, aunque al principio no sabía para donde conducía esa historia, ni de qué manera se iba a articular.

- ¿Qué se persigue al escribir este tipo de historias?
La escritura del libro fue una búsqueda acerca de la manera de componer elementos dispersos y para preguntarme por qué me obsesionaba tanto el tema de Frankenstein y El Vampiro, unidos a los poetas románticos.

- Es un libro con muchos caminos…
Es una historia con muchas puertas, por unas se entra a la novela, por otras a la leyenda y la mitología, y otras llevan a los monstruos y los fantasmas.

- Frankenstein y El Vampiro, inmortales…
Sí, son personajes literarios que escapan a los libros. Son como Don Quijote o Jesús. Si alguien no los ha leído en la obra de Miguel de Cervantes o en los cuatro evangelios, aún a si los conocen. Eso pasa también con Frankenstein y El Vampiro. Para mí era muy interesante descubrir quiénes eran los personajes que los inventaron y en qué circunstancias históricas se dieron.

- Son muchas las preguntas que usted se hace a lo largo de la historia. ¿Las resolvió?
El libro cada día me despertaba nuevas inquietudes. Una duda fue por qué un ser inventado, hecho con partes de cadáveres, que no es producido por el amor, se le ocurre precisamente a Mary Shelly. Me pareció que eso alentaba una reflexión sobre los temores a la maternidad y del lugar que ocupa la mujer en una sociedad patriarcal. A la par de esto descubrí que Mary Shelly era hija de una gran feminista inglesa y de un anarquista y rebelde contra todos los poderes. Eso demostró que esos monstruos no son producto solo de la imaginación de unos jóvenes, sino que venían gestándose con los grandes movimientos rebeldes de finales del Siglo XIX y permite entender que todo ese anarquismo era necesario para construir el ser cuya vida artificial terminó siendo una monstruosidad.

- Tras su larga investigación, es posible que se agoten las dudas…
Lo apasionante de esta historia, más que las respuestas, son las preguntas. Ahora tengo muchas inquietudes como, por ejemplo, cómo recibirán los adolescentes contemporáneos estas historias de adolescentes de hace dos siglos, y qué diferencia hay entre una época donde la preocupación de los jóvenes era la libertad, la naturaleza, la pasión, la creatividad en contraste con generaciones de hoy, cada vez más atrapadas por las máquinas y más cautivas en el mundo urbano. Hoy pareciera que tenemos muchos miedos al contacto con otros.

- ¿La gente aún les teme a los monstruos?
Los monstruos son personajes pintorescos y traviesos. La gente no les tiene miedo, sino que se deleita con ellos, pues se sabe que son invenciones de la literatura y del arte. Los crímenes de las novelas son solo palabras, las atrocidades son ficciones.

- ¿Cómo describiría este proceso de investigación y redacción?
Hubo dos momentos. Uno en que no buscaba las cosas, sino que estas me llegaban casi como revelaciones, azares, casualidades. Y otro donde las cosas se me escondían cuando las buscaba. Cuando me obsesioné por el caso por todo lado me encontraba datos, libros, casas, vías y atmósferas siniestras que me ayudaron a entender. Casi durante tres años los hallazgos casuales me hacían preguntar si yo perseguía la historia o si ella me perseguía. Pero hubo un momento en que los datos no estaban se escondía, quería viajar y no podía. La historia tenía su propia dinámica y su propia capacidad de expresarse.

- Se basó mucho en internet…
Internet es una gran ayuda, sin duda alguna. No porque allí estén todos los datos, sino por que ayuda a encontrar los datos y a encausarlos. Internet habla de ciertos sitios, pero uno tiene que ir a verlos; en la red uno encuentra fotos, pero al verlos reales es posible darse cuenta de muchas otras cosas. Si no existiera internet, o si no existiera la posibilidad de viajar que se tiene hoy, dudo que hubiera podido escribir esta historia. A todo esto se suma que muchos libros que había leído previamente, hace muchos años, fue cobrando sentido sólo hasta que asumí esta historia.

- ¿Cómo se compara el mundo de hace dos siglos con el de hoy?
El mundo moderno le tiene miedo a lo siniestro, a la enfermedad, a la muerte, mientras que todo eso era lo que le fascinaba a los románticos. En la modernidad existe esa pasión un poco enfermiza por lo nuevo, y pareciera que el mundo moderno se dedica más bien a los antidepresivos y a los antiácidos. Hoy los jóvenes tiene fascinación por la muerte, la fealdad, la monstruosidad, lo demoníaco, lo sublime, pero lo expresan de otra manera.

- Mató un fantasma que lo estaba rondando…
Esa pregunta no me la había hecho y tengo que seguírmela haciendo para saber cuál es la respuesta real. Cuando uno es escritor tiene la obligación de hacerle caso a sus obsesiones, porque en eso le ayuda a responderse muchas preguntas.

- ¿Qué espera que pase con su libro?
Me bastaría con que el libro sea apasionante, excitante y atractivo, ojalá los lectores quieran motivarse por releerlo, pues muchas cosas no se ven en la primera lectura. Es posible que despierte en los lectores sueños y fantasías. Es un camino abierto hacia muchas historias más. Si logra despertar en los lectores el interés por la época, por los destinos fascinantes y por los libros dispersos que contribuyeron como otro Frankenstein a armar esta historia, ya es satisfactorio.

- Usted es reconocido como poeta, ensayista y claro con la trilogía del Amazonas, como novelista. ¿Cómo definió lo que quería de esta historia?
Mi principal preocupación era qué historia era esa, y qué iba a hacer con ella, pues llegan muchos datos y empieza a crecer.

- La escribe en primera persona…
Sí. Cuando supe que lo que quería hacer era una novela, no sabía quién iba a narrarla, a canalizarla y a darle un orden. En Inglaterra comprendí que no podía delegar en nadie la responsabilidad de contar esta historia, sino que me iba a tocar. Esa fue una dificultad adicional, porque no tiendo a la confidencialidad, ni hablar de mí. Siempre hablo de otros, y creo narradores. Hablar de mis cosas y de mis aciertos y fracasos, no me atrae. Pero como era al que me estaba pasando todo, y tuve la perspectiva para contarlo, eso llevo a la primera persona.

- ¿Se ha imaginado a usted mismo en la época en que se dieron los acontecimientos?
Si los poetas que se reunieron en Diodati en ese 1816 leyeran este libro, sentirían extrañeza por saber que ellos vivieron todo eso y, más aún, que no alcanzaron a abarcar las muchas cosas que la historia tenía. Eso nos pasa a todos, pues no alcanzamos a comprender la magnitud de los hechos que vivimos.

- Es mejor mirar los toros desde la barrera…
La posibilidad de mirar en su conjunto la historia permite plantear otra perspectiva y otra versión de los hechos.

- Su libro es considerado novela, pero tiene relatos de viajes y cuenta con mucha investigación. ¿Le preocupa que sea considerado como una bitácora u otro género?
No. Yo lo viví y lo escribí como una novela. Sé que tiene un costado de investigación histórica, otro relacionado con temas fantásticos y literarios, sé que es una especie de referencias literarios, y hasta un libro de crónicas de viajes; pero sé que necesitaba de todo eso para ser lo que es. Para mí no es trascendente definir si es o no una novela, un ensayo, un poema o un libro de viajes; me interesan los libros en los que se diluyen las fronteras entre los géneros. En esta época creo es bueno no sentir la literatura en compartimentos. Muchas veces he escrito poemas que quieren ser cuentos y que quieren contar historias. Si este libro toca todos los géneros, es grato hacerlo así, no he tratado de esquivarlo y más importante que clasificar un libro es si se deja leer y se deja vivir.

- ¿Habría querido dialogar con los poetas de hace dos siglos?
En algún momento tuve la fantasía de que se cruzaran los tiempos de la novela y que el hombre que anda persiguiendo a los personajes de hace dos siglos de repente se encuentre con ellos. Pero comprendí que no me estaba permitido y que si se daban cruces, éstos deberían ser muy sutiles. Por eso, hay momentos en la novela en que eso está a punto de ocurrir; hay momentos en que la pasión literaria me llevó a sentir que los caminos se cruzaban, pero los límites siempre los respeté. El único momento en que traté de imaginarme que yo estaba en Villa Diodati y los poetas reunidos en la triple noche, me pregunté qué pasaría, qué sentiría yo y qué sentirían ellos; comprendí que no se trataría de un simple encuentro entre unos ingleses y un colombiano, sería un encuentro entre fantasmas, pues así lo serían ellos para mí y yo para ellos.

- ¿Cómo se dio ese paso de la trilogía de la conquista a una novela como esta?
Fue fascinante pasar de la una a la otra. En la trilogía de la conquista yo era un observador a distancia, casi no estaba presente y en este caso me vi tentado a involucrarme más; me pareció un buen paso hacer parte de la historia sin alterarla. Hay un hecho que fue muy grato, pues uno siempre piensa que nosotros íbamos atrás de otros países “desarrollados”, pero pude ver como en realidad hemos estado, en tres momentos históricos en el mismo tiempo y los relojes han estado sincronizados. Uno es la conquista, pues ocurrió simultáneamente en Europa y en nuestro país. Otro, la independencia con Bolívar y los soldados que iban y venía de España. Y el tercer momento es hoy, ahora, pues estamos sincronizados, ya no nos sentimos rezagados, no creemos en la leyenda del tercer mundo.

- Tras adelantar su investigación cree, como muchos, que todo tiempo pasado fue mejor…
Sí y no. Considero que no es tan trágico. La conciencia de que estar vivos aquí y hoy es lo que nos permite asomarnos a la prehistoria, al imperio romano y que en esa medida hay una elasticidad mental que nos permite viajar allá, al pasado, es bueno. Estamos en una época privilegiada en la que la imaginación está más aceitada para vivir aventuras y asombrarse de contrastes. 



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