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Vargas Llosa y los llamados de la tribu

El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa,  es uno de los invitados a la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), que empieza este 17 de abril y culmina el 2 de mayo.

Estará con su más reciente libro La llamada de la tribu, su autobiografía política.

“Descubrí la política a mis doce años, en octubre de 1948, cuando el golpe militar en el Perú del general Manuel Apolinario Odría derrocó al presidente José Luis Bustamante y Rivero, pariente de mi familia materna”, sentencia Vargas Llosa, de 82 años, en su nuevo libro.

“Creo que durante el ochenio odriísta nació en mí el odio a los dictadores de cualquier género, una de las pocas constantes invariables de mi conducta política”.

Vargas Llosa es el más prolífico de los Premios Nobel.

Con una vitalidad desbordante y sin tregua, no solo escribe novelas, columnas de opinión, dicta conferencias, sino que además, es una de las conciencias políticas y humanísticas de nuestro tiempo. Se puede estar o no estar de acuerdo con él, pero nunca ignorar su pensamiento. Su percepción enriquece las diferencias hacia una mejor comprensión de todas las realidades políticas, sean de derecha o de izquierda, liberales, conservadoras, o socialdemócratas.

Vargas Llosa es polémico, controversial. Su visión aunque no siempre compartida, ofrece sin ortodoxia y sin extremos, una mirada liberal, democrática, a veces, conservadora y radical cuando se trata de movimientos de izquierda. Pero no deja pasar un episodio político o literario de interés para  aportar su propia visión. Es además, un hombre de gran erudición y formación literaria, y una memoria deslumbrante. 

En su travesía política, Vargas Llosa acogió  por muchos años la Revolución Cubana, y viajó cinco veces a Cuba, apoyando la Revolución, pero luego, se decepcionó, y su visión se volvió radical: No acepta ninguna forma de dictadura, de ni derecha ni de izquierda.

Es el autor de tres de las mejores novelas de América Latina: "La ciudad y los perros", "La guerra del fin del mundo", "La fiesta del chivo". Con esas tres de más de medio centenar de libros que ha publicado, ya tiene un lugar en la historia de la humanidad. Además su ensayo "Historia de un deicidio", publicado en 1971 y mandado a recoger por el mismo autor, luego de un conflicto personal, sigue siendo uno de los mejores ensayos sobre "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez.

Asombra además por su presencia en festivales y ferias del libro en el mundo. Vargas Llosa es un escritor monumental que escribe cada día. La escritura es para él la sagrada revancha contra la realidad de lo inexorable, de la certeza de la muerte y un desafío humano para corregir la pedestre cotidianidad y vivir todas las vidas posibles.

El llamado de la tribu, publicado por Alfaguara, tiene el tono de una confesión personal, de un narrador, creador de ficciones y un estudioso de la historia política de América Latina y el mundo, más de medio siglo después.

La conciencia política

Vargas Llosa fue desde niño un ser rebelde y opuesto al autoritarismo de su padre, y desde joven, opuesto al régimen militar que conoció como estudiante del Colegio Leoncio Prado en Lima.

"Pero sólo fui consciente del problema social, es decir, de que el Perú era un país cargado de injusticias donde una minoría de privilegiados explotaba abusivamente a la inmensa mayoría, en 1952, cuando leí La noche quedó atrás, de Jan Valtin, en mi último año de colegio. Ese libro me llevó a contrariar a mi familia, que quería que entrara a la Universidad Católica —entonces, la de los niños bien peruanos—, postulando a la Universidad de San Marcos, pública, popular e insumisa a la dictadura militar, donde, estaba seguro, podría afiliarme al partido comunista. La represión odriísta lo había casi desaparecido cuando entré a San Marcos, en 1953, para estudiar Letras y Derecho, encarcelando, matando o mandando al exilio a sus dirigentes; y el partido trataba de reconstruirse con el Grupo Cahuide, del que fui militante por un año.

Lector disciplinado de clásicos literarios, ensayísticos, filosóficos, y documentos políticos, su visión es la suma de una curiosidad despiadada por descubrir el origen de nuestras encrucijadas sociales, económicas y políticas. Bebió de las fuentes de la gran literatura del mundo, de las tesis propuestas por la filosofía económica de los alemanes Carlos Marx y Federico Engels, el existencialismo francés de Sartre y Albert Camus, y las nuevas ideas políticas que cobraron un rumbo inusitado en el continente y en el mundo.

"Fue allí donde recibí mis primeras lecciones de marxismo, en unos grupos de estudio clandestinos, en los que leíamos a José Carlos Mariátegui, Georges Politzer, Marx, Engels, Lenin, y teníamos intensas discusiones sobre el realismo socialista y el izquierdismo, “la enfermedad infantil del comunismo”. La gran admiración que sentía por Sartre, a quien leía devotamente, me defendía contra el dogma —los comunistas peruanos de ese tiempo éramos, para decirlo con una expresión de Salvador Garmendia, “pocos pero bien sectarios”— y me llevaba a sostener, en mi célula, la tesis sartreana de que creía en el materialismo histórico y la lucha de clases, pero no en el materialismo dialéctico, lo que motivó que, en una de aquellas discusiones, mi camarada Félix Arias Schreiber me calificara de “subhombre”.

Me aparté del Grupo Cahuide a fines de 1954, pero seguí siendo, creo, socialista, por lo menos en mis lecturas, algo que, luego, con la lucha de Fidel Castro y sus barbudos en la Sierra Maestra y la victoria de la Revolución cubana en los días finales de 1958, se reavivaría notablemente. Para mi generación, y no sólo en América Latina, lo ocurrido en Cuba fue decisivo, un antes y un después ideológico. Muchos, como yo, vimos en la gesta fidelista no sólo una aventura heroica y generosa, de luchadores idealistas que querían acabar con una dictadura corrupta como la de Batista, sino también un socialismo no sectario, que permitiría la crítica, la diversidad y hasta la disidencia. Eso creíamos muchos y eso hizo que la Revolución cubana tuviera en sus primeros años un respaldo tan grande en el mundo entero.

En noviembre de 1962 estaba en México, enviado por la Radiotelevisión Francesa en la que trabajaba como periodista, para cubrir una exposición que Francia había organizado en el Bosque de Chapultepec, cuando estalló la crisis de los cohetes en Cuba. Me enviaron a cubrir la noticia y viajé a La Habana en el último avión de Cubana de Aviación que salió de México, antes del bloqueo. Cuba vivía una movilización generalizada temiendo un desembarque inminente de los marines. El espectáculo era impresionante. En el Malecón, los pequeños cañones antiaéreos llamados bocachicas eran manejados por jóvenes casi niños que aguantaban sin disparar los vuelos rasantes de los Sabres norteamericanos y la radio y la televisión daban instrucciones a la población sobre lo que debía hacer cuando comenzaran los bombardeos.

Cuba en su formación

Vargas Llosa nunca fue un militante de izquierda, pero sí un simpatizante de la naciente Revolución Cubana. Y al poco tiempo, se decepcionó del experimento cubano. Cuestionó las relaciones entre el poder y los intelectuales, el manejo de las libertades individuales en la comunidad socialista y la libertad de expresión y pensamiento político.

"Mi identificación con la Revolución cubana duró buena parte de los años sesenta, en los que viajé cinco veces a Cuba, como miembro de un Consejo Internacional de Escritores de la Casa de las Américas, y a la que defendí con manifiestos, artículos y actos públicos, tanto en Francia, donde vivía, como en América Latina, a la que viajaba con cierta frecuencia. En esos años reanudé mis lecturas marxistas, no sólo en los libros de sus clásicos, sino, también, en los de escritores identificados con el partido comunista o cercanos a él, como Georg Lukács, Antonio Gramsci, Lucien Goldmann, Frantz Fanon, Régis Debray, el Che Guevara y hasta el ultraortodoxo Louis Althusser, profesor de la École Normale que enloqueció y mató a su mujer. Sin embargo, recuerdo que en mis años de París, una vez por semana compraba a escondidas el periódico réprobo de la izquierda, Le Figaro, para leer el artículo de Raymond Aron, cuyos penetrantes análisis de la actualidad me incomodaban a la vez que seducían".

“La doctrina liberal ha representado desde sus orígenes las formas más avanzadas de la cultura democrática”, es una de sus conclusiones y certezas.

En este nuevo libro sintetiza su peregrinaje político, analiza su pensamiento ante las diversas realidades políticas vividas, y descifra con iluminada honestidad, sus propias contradicciones.

 

 



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