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Los velocistas y la Vuelta, una pareja que no termina de congeniar

El romance entre los velocistas y la Vuelta a España en los últimos años, y éste, en su primera oportunidad se ha confirmado, se está convirtiendo en un amor prácticamente imposible entre una pareja que no termina de saber cómo hacer congeniar sus divergentes caracteres.

Los esprinters parecen tener tan asumida su escasa capacidad para entenderse con la carrera española que ni siquiera cuando la etapa ofrece unas características de libro aptas para sus cualidades son capaces de confirmar los pronósticos que los apuntan como candidatos.

El ejemplo lo ha ofrecido, en la primera oportunidad, la segunda etapa de esta 72 edición que acabó en Gruissan y que era tan plana que ni siquiera contaba en sus más de 200 kilómetros de trayecto con un alto puntuable.

De hecho y tras una contrarreloj por equipos corta como la que dio el banderazo de comienzo a la carrera en Nimes, la posibilidad de que el vencedor -todos esperaban a un velocista- se hiciese con el jersey rojo de líder era muy alta-. Tan alta que se ha cumplido, aunque no en la manera que todos esperaban.

La sorpresa la protagonizó el belga Yves Lampaert (Quick Step), un especialista en clásicas de primavera que a la Vuelta llegaba para ejercer labores de lanzador.

El belga de Izegem se ha transformado en velocista con la colaboración de su compañero italiano Matteo Trentin, a priori el señalado para ganar, y que le ha servido para hacerse con la etapa y por añadidura con el jersey rojo de líder.

La aceleración dentro de los tres últimos kilómetros de los hombres del Quick Step, auténticos especialistas en clásicas, ha estirado tanto el pelotón que ha terminado rompiéndose y a Lampaert que no ha cejado en su empeño ya dentro de los últimos mil metros le ha permitido ganar, cuando en un principio parecía que su trabajo estaba destinado a dejarle en bandeja los laureles a Trentin.

La prueba española hace unas cuantas ediciones que empezó a apostar por unos finales de etapa peculiares y característicos, cuestas "de cabras", como las califican muchos, con rampas con porcentajes imposibles tanto cortas de entre uno y tres kilómetros como otras un poco más largas. Todo ello ha ido en detrimento de una de las especialidades más tradicionales del ciclismo, la de los velocistas.

Esa apuesta de la organización que capitanea Javier Guillén ha provocado que poco a poco los consumados especialistas, aquellos que en el Tour de Francia son capaces de ganar cinco etapas, como el alemán Marcel Kittel, o las cuatro que sumó el colombiano Fernando Gaviria (Quick Step) en el pasado Giro de Italia, hayan ido renunciado a incluir la prueba española en su calendario competitivo.

En la escasa y adelgazada nómina de velocistas, todos los ojos se situaban en poco más de dos hombres, el alemán John Degenkolb (Trek Segafredo) o el italiano Sacha Modolo (UAE Emirates), este último ha sido quinto, pero deberán esperar a la siguiente oportunidad.

Las escasas opciones que tendrán para exponer sus credenciales en la Vuelta 2017 los kamikazes de la velocidad se sitúan en tan solo cinco y la primera de las que van a disponer ya la han consumido sin éxito.

Ahora su punto de mira lo tendrán que dirigir a la cuarta jornada, dentro de dos días, en la que el pelotón, en otro viaje de casi 200 kilómetros, llegará a Tarragona procedente de Les Escaldes andorranos.

Todavía dentro de la primera semana de carrera llegará la tercera oportunidad para los más rápidos entre la valenciana Lliria y Cuenca, en la jornada más larga de toda la Vuelta con 207 kilómetros pero con una pequeña encerrona con la subida empedrada por la capital conquense, el alto del Castillo, situado a tan solo doce kilómetros de la pancarta de meta.

Ya en tierras andaluzas, la 13ª etapa entre la malagueña Coín y la sevillana Tomares será la penúltima ocasión en la que podrán lucirse los especialistas de la velocidad en la Vuelta. La última llegará en la fiesta final de Madrid, en la 21ª jornada, pero para ello deberán por la semana final de competición en los que no tendrán respiro, con cinco finales en alto, una etapa de media montaña y la contrarreloj de 40,2 kilómetros entre Navarra y La Rioja.



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