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Juan Carlos Osorio, el otro de rey de copas colombiano

Una figura delgada se desliza entre una veintena de hombres que corren detrás de un balón. El sol abrazador de una mañana en Guarne, Oriente de Antioquia, saluda un día pasajero entre la agenda de los futbolistas de Atlético Nacional, el llamado Rey de Copas colombiano. 

Aquel hombre, que imparte órdenes repite una y otra vez indicaciones dentro de una cancha de fútbol. Vestimenta negra: gorra, camiseta, pantaloneta y calcetines hacen contraste con unos guayos claros que pisan la grama de la sede deportiva de este equipo del fútbol profesional colombiano. 

Dos lapiceros, uno azul y otro rojo van incrustados en la parte posterior de sus tobillos a la altura del tendón de Aquiles. Son sus compañeros inseparables, junto a una libreta en la que constantemente toma apuntes de las situaciones que aprecia en la cancha. 

Juan Carlos Osorio Arbeláez tiene 52 años, nació en Santa Rosa de Cabal, un pueblo de la zona andina colombiana de economía cafetera y famosa por los termales de aguas calientes que lo han focalizado como uno de los centros turísticos más importantes del departamento de Risaralda. 

El profesor Osorio, o simplemente el Profe, como lo llaman cuando se adquiere un poco de confianza, es el hombre que hoy por hoy tiene con el pecho inflado a la mayoría de hinchas de Atlético Nacional, uno de los clubes de fútbol más representativos de Colombia y con 66 años de historia asentado en Medellín, capital futbolera del departamento de Antioquia. 

Osorio es un hombre parco, reflexivo y por momentos distante. Sus manos dibujan en el aire, al compás de sus palabras, siluetas que representan el andar por muchos templos del fútbol mundial. Tiene experiencia en sus canas y sabiduría en sus palabras. 

Con un dejo de modestia reconoce que su paso por Nacional le ha dejado enseñanzas que se han sumado a un gran acervo futbolístico que ha recogido en Inglaterra, Estados Unidos, México y Colombia. Su vida siempre ha estado pegada a un balón de fútbol dentro y fuera de las canchas. 

Con la mirada perdida, quizá pensando en su padre enfermo durante los últimos días, el profe Osorio busca las palabras precisas para explicar parte del secreto que hay dentro de los jugadores de Nacional, con los mismos que ha conquistado dos ligas Postobón, dos copas Postobón y una Superliga. Un hombre ganador en todo el sentido de la palabra. 

En una cómoda silla y mientras juega con el cobertor de sus lentes, señala que "a mí manera de ver, en la labor de un líder deportivo está la de asumir todas las responsabilidades que se adquieren con grupo". Mientras toma otra bocanada de aire el Profe complementa con un halo de sentencia: "me corresponde asumir todas las derrotas y los triunfos son de los jugadores". 

El hombre pensante y metodológico se aparta de su punto racional por un momento, todo lo deja dispuesto a la fuerza superior que lo acompaña y a la cual se encomienda antes de los partidos. En su cuerpo dibuja la señal de la cruz, implorando a un Dios intangible que las piernas de Jéfferson Duque, delantero verdolaga, pongan el balón en el fondo de la red o que Luis Neco Martínez ponga manos de plomo ante los embates del contrario. 

"Creo que hay un ser superior e igualmente creo mucho en él", dice prontamente. Luego hay una pausa en la que se zafa de su interior y esa energía santa, y complementa: "también entiendo que hay que darlo todo y hay que cumplir con las responsabilidades y obviamente hay que hacer sacrificios constantemente y la verdad que no queda mucho tiempo para otra que no sea el fútbol y la familia". Osorio, en medio de sus silencios, es un hombre que inspira sabiduría. 

Colombiano de orgullo, levantado en medio de zonas verdes invadidas por grano de café y con un paso efímero por el fútbol como jugador profesional con el Deportivo Pereira, Juan Carlos, emigró al viejo continente a labrar su futuro. Como buen hijo de un país en desarrollo afrontó los vejámenes y la indiferencia de un nuevo mundo en el que a los inmigrantes se les ve por encima del hombro. No le importó e inició un largo peregrinaje que acaba resumida en educación, conocimiento y vida familiar. 

Sus dos hijos son el soporte para su vida. Su esposa, la consejera y compañera irrestricta en cada determinación que comprometa al núcleo de la familia. Un grupo amoroso que le ha servido como polo a tierra a este hombre que soportó momentos aciagos en su primera etapa como director técnico de Atlético Nacional. La paciencia su consejera para afrontar estos difíciles momentos. "Aceptar que en un país como el nuestro las críticas son algo muy normal y tratando de entender más que pretender ser entendido. Cada uno mirará el equipo y sacará sus propias conclusiones", comenta el estratega, quien explica que todas sus acciones siempre estarán analizadas desde un punto subjetivo. 

Momento de pausa. Sensación de paz en su interior, piensa, se pasa la mano por su cabeza en la cual se extienden grandes porciones de un pelo blanco tenido por los años, solo el resonar de una palabra deja entrever la respuesta para definir su paso por la institución verdolaga, la más ganadora en su consolidado de títulos nacionales e internacionales, en todo el país: 21 copas. 

"Hemos cumplido como ser humano. Hemos respetado un grupo, se les ha dado la confianza, la oportunidad a todos de contribuir y como principio de vida, la rotación le ha dado la oportunidad a todos y cada uno de los jugadores de la plantilla", esboza el profe Osorio como lanzando una máxima sobre su enseñanza sembrada en el club verde. 

El Profe Osorio, de seriedad inquebrantable suelta sus manos, con una amabilidad extrema se despide. Su disciplina y respeto funcionan como un Míster inglés que destaca la cortesía y la seriedad, esa misma que ha cultivado en un grupo de hombres que volvieron a gritar por treceava vez, ¡somos campeones otra vez!.

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