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El conflicto es la tierra

De cuantas variables se asocian con el conflicto colombiano, es la tierra la de mayor peso en la permanencia y reproducción de este pernicioso periodo de la historia colombiana.

Generador de todo tipo de violencias, su localización ya no se circunscribe al campo exclusivamente. Ni son los campesinos y propietarios, actores tradicionales de la confrontación, quienes hoy median en el mismo y lo reproducen por igual en el campo y las ciudades.
Mafias, narcotráfico, guerrilla y paramilitares son, en este estadio de la confrontación, los nuevos promotores del conflicto, cuya finalidad fue apropiarse de vastas extensiones de tierra productiva por la vía de las armas, el despojo y el desplazamiento de sus tenedores legítimos.
Y a fe que, a sangre y fuego, lo han conseguido en las distintas regiones del país en donde el aparato armado conformado por unos y otros crearon, en connivencia con agentes e instituciones del Estado, ejércitos privados efectivos para ese plan de despojo, desplazamiento y confiscación.
No obstante su aparición en los albores de la independencia, son las primeras décadas del siglo XX las que bien pueden establecerse como referente de que en Colombia el conflicto es la tierra, originado en los desequilibrios que su propiedad, uso y explotación traen consigo y las perversas consecuencias derivadas de la lucha por poseerla como instrumento de supremacía económica, de poder y de dominación social.
Desde las luchas agrarias de principios del siglo pasado, ha venido el país en sucesivos periodos de violencia enmarcados en la disputa por la tierra. Por un lado y para defender su titularidad y usufructo, los grandes propietarios recurrieron a ella como única forma de mantener su posesión.
Y por el otro, los necesitados de tierra luchando en condiciones desiguales por una parcela para explotarla de forma rudimentaria y garantizarse cuando menos una subsistencia marginal con su familia.
Pero serán las FARC, en los 60, las que impondrán la violencia guerrillera como eje de su programa político, so pretexto de defender el derecho de los campesinos a la propiedad de la tierra, acceso al crédito y asistencia técnica para su explotación de forma productiva y eficiente.
Con su consolidación en los 80, viene a ser el narcotráfico el encargado de desplazar tanto a campesinos como a propietarios legítimos, para hacerse a la “titularidad” de millones de hectáreas de las mejores tierras de la Costa Caribe y el Urabá. Y en poder de ese corredor, a las rutas de la droga, fuente inagotable de sus ingresos.
De ahí al escenario actual, sólo hubo un saltito para conformar los ejércitos paramilitares que custodian los millones de hectáreas que el Gobierno se ha comprometido restituir a sus legítimos dueños mediante la ley de tierras que hoy cursa en el Congreso de la República.
Y mediante su aplicación, ha reiterado el Presidente Santos, “reparar el enorme daño sufrido y saldar una deuda insoluta que la sociedad y el Estado tienen con las víctimas del despojo”.
¡Que así sea!

*Poeta

elversionista@yahoo.es

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