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Los desplazados de San Francisco

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Lo que fue la urbanización Lomas de San Francisco se asemeja a los restos de una ciudad que ha sido arrasada por aviones de guerra y con misiles de alta tecnología destructiva.

Pero si se quiere exagerar un poco menos, podría creerse entonces que parece un pueblo quebrantado por algún temblor apocalíptico, de esos que registran cifras incalculables de muertos y pérdidas materiales inconcebibles.

Estas últimas ya las hay en Lomas de San Francisco. Sólo faltarían los muertos para completar el cuadro. Pero en vez de ellos, lo que se ve diariamente es a un grupo de antiguos vecinos reunidos en la terraza de la Biblioteca San Francisco o en el inicio de la Calle Korea (la principal de la urbanización), indagando sobre algo nuevo que haya pasado respecto a lo que el Gobierno Distrital debe disponer para solucionar el naufragio de 550 familias de ese sector  de la Zona Suroriental de Cartagena.

Después de saludarse y conversar unos minutos, los propietarios de las ruinas ascienden hacia lo que fueron sus predios, repasan con la mirada cada pieza de las edificaciones, pero sobre todo el suelo, el cimiento, las baldosas, como esperando a que ocurra el improbable milagro de que las viviendas vuelvan a surgir de las vísceras de la loma y que todo lo que han tenido que vivir en estas últimas semanas no sea más que una espantosa pesadilla, de esas que deben contarse al día siguiente para que nunca —¡pero nunca!— se hagan realidad.

En Lomas de San Francisco vivían personas como Catalina Pantoja, quien ahora aparenta unos 66 años de edad llenos de la misma vida que le permite indignarse en silencio cuando observa lo que los vándalos han hecho con lo que era su casa: rompieron las paredes, los pisos y las acometidas del baño y la cocina, en busca de hierro, cobre y alambres eléctricos para cambiarlos en los depósitos de chatarra por algunos pesos “que de seguro los usarán para comprar bazuco o marihuana”, dicen los dirigentes comunales de la zona.

La casa de Catalina era una de las más imponentes del sector. Por eso, y por la frustración que se le ve en la quietud de sus ojos negros, no se cansa de reiterar la preocupación que la embarga cuando recuerda que dos entidades bancarias le aprobaron, hace cinco años, préstamos que suman casi 80 millones de pesos, los cuales invirtió en la remodelación de su vivienda, pero todavía debe 40 millones.

Algo parecido le sucedió a Pedro Rodríguez Arenas, quien  se muestra como uno de los más ardorosos cuando recuerda las últimas noticias provenientes de la Alcaldía Mayor de Cartagena, según las cuales a los antiguos habitantes de Lomas de San Francisco los van a trasladar hacia la Ciudadela del Bicentenario, una comunidad de familias de muy escasos recursos a las afueras de la ciudad.

“Lo que pasa es que nos están metiendo en el mismo saco de los invasores del barrio Sinaí,  siendo que nosotros llegamos a este territorio primero que ellos, pero a ocupar casas que nos vendió el Gobierno. Los invasores llegaron después, pero la gente nos confunde con los pandilleros y los bulleros de las faldas de La Popa”, afirma Rodríguez Arenas.

Un poco más de tranquilidad aparentan los esposos Nancy Lara y José Vargas, propietarios de una inmensa vivienda de dos pisos, que, unas semanas antes del éxodo, ellos estaban remodelando a la manera de una edificación colonial, con recamaras amplias, una cocina del mismo talante, dos baños, una sala aireada y luminosa, al igual que la terraza para ver pasar las tardes.

Ahora, los barrotes de cemento, que serían los soportes del balcón, quedaron sin pintar, lo mismo que la escalera sin barandas que lleva al segundo piso. Asimismo, las deudas apremian al matrimonio, que debe estar oscilando entre las resoluciones que tome el Distrito y las asechanzas de los acreedores.

Albeiro Rico Cardona fue uno de los primeros que empezaron a llamar la atención sobre las grietas que estaban apareciendo en las calles de la urbanización, pero para ese momento ya había invertido un grueso presupuesto en las fracturas que presentaba su casa, la cual reforzó con varias vigas interiores y exteriores, sin que eso evitara que ahora haga parte del conjunto de damnificados de las estribaciones del cerro de La Popa.

Emiro Pupo López, empleado de una firma naviera que opera en la ciudad de Santa Marta, calcula que debe más de 70 millones de pesos a las entidades bancarias que le prestaron no sólo para remodelar su vivienda, sino también para reforzarla cuando las grietas comenzaron a hacer su aparición en las paredes y en los pisos.

Al igual que sus vecinos, Teresa Pájaro, Arnaldo Blanquicett y Gerardo Fainete, Pupo López es ahora arrendatario en un  barrio de los extramuros de Cartagena, pero diariamente visita a San Francisco, no sólo porque allí todavía viven sus suegros, sino también para reunirse con sus antiguos comarcanos y debatir las propuestas que el Distrito les presenta para darle una salida a la situación.

De vez en cuando alguien llora cuando recuerda que a principios de agosto pasado cada familia fue abandonando paulatinamente sus propiedades, después de la orden emitida por el Gobierno Distrital, según la cual el terreno estaba seriamente socavado por corrientes de agua internas y externas que amenazaban con provocar una tragedia de incalculables proporciones.

“Pero a la larga no se sabe si es más trágico que salieran de la urbanización o que estén esperando a ver qué es lo que va a resolver el Gobierno”, dice un funcionario de la Biblioteca de San Francisco visiblemente solidarizado con los antiguos ocupantes de la loma.



El basurero no era aquí

Durante una de sus visitas al sitio del desastre, el grupo de los propietarios de ruinas en las alturas de Lomas de San Francisco aceptó sentarse a conversar sobre la historia del  barrio. Y lo primero que dicen algunos de los que ya rondan los 50 años de edad es que “nosotros éramos unos niños cuando el Gobierno Nacional les vendió estas casas a nuestros padres”.

Algunos dicen acordarse aún que las primeras familias que ocuparon la urbanización, al principio vivían en un terreno cercano a la pista del entonces “Aeropuerto Internacional de Crespo”, pero también cercano a un basurero que en ese tiempo la gente conocía como “Ambosyeden”.

“Lo que pasaba con ese nombre —recuerda Pedro Rodríguez Arenas— es que a los tipos que recogían la basura en carretas tiradas por burros o mulos, la gente no les decía, ‘ustedes heden’, sino ‘ustedes yeden’. Y los basureros se defendían diciendo: ‘no somos nosotros, es la basura’. Y la gente replicaba: ‘los dos yeden. Ambosyeden’. Y la palabra terminó convirtiéndose en el nombre del basurero”.

El comentario de Rodríguez Arenas hace que, de manera enérgica, Emiro Pupo anote que “ese basurero sí existió, pero no en lo que era Lomas de San Francisco, como quieren hacer creer ahora. Eso estaba cerca de la pista del aeropuerto, en el sector que actualmente llaman ‘Machuchal’. Pero nos quieren meter el cuento de que los primeros pobladores construyeron las casas sobre el basurero, cuando lo que debilitó al cerro fueron las fuentes de agua que los politiqueros taparon para construir dos invasiones: La Poza, que levantaron sobre una cuerpo de agua que la gente conocía como La laguna de Germán Cartagena; y otra conocida como El hoyo de Finda, que ahora le dicen Rincón Guapo”.

Se dice también que, en 1.969, el entonces presidente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo, se preocupó por el inminente peligro que encerraba el que una comunidad estuviera tan cerca de la pista de un aeropuerto. Por eso, su estrategia más expedita fue adecuar un terreno en las estribaciones del cerro de La Popa y fragmentarlo en lotes que fueron vendidos, a través del extinto “Instituto de Crédito Territorial (ICT)”, a las 550 personas que constituían la inquietud del Jefe de Estado.

A los futuros habitantes  (naturales de Cartagena, de los municipios y corregimientos del departamento de Bolívar, de otras ciudades del Caribe colombiano y de las localidades del interior el país) el Gobierno Nacional les aportó el 50% en materiales para la construcción, para que el resto fuera conseguido por los beneficiarios, pero las viviendas tenían un costo de $22.200 pesos pagaderos a 20 años, con cuotas de $88 con 20 centavos.

“Al principio eran casas sencillas —apunta Gerardo Faneite—: fueron construidas sobre lotes de 8 metros de frente por 16, 18 o 20 metros de fondo. El ICT debía entregar las escrituras de las viviendas previo pago de 200 pesos por cada vecino”.

Emiro Pupo, por su parte, asegura que “muy a pesar de que el ICT se comprometió a emprender los respectivos acompañamientos técnicos, nunca los hizo. Por eso consideramos que esa podría ser otra de las causas de la afectación del suelo y el deterioro de las viviendas”.

Las casas de Lomas de San Francisco sólo empezaron a gozar de alcantarillado a mediados de los años ochenta, por lo que antes cada familia debió construir en su patio una poza séptica, “pero, como se hacían sin la técnica adecuada, se llenaban rápidamente y había que volver a construir otras. Algunas de las manzanas tuvieron agua potable sólo a principios de los años 90. En el 98 se comenzó la pavimentación de la Calle Korea por iniciativa y dinero nuestro. En ese momento el alcalde era Nicolás Curi Vergara, quien nos regaló el concreto”, dice Emiro Pupo.

Por esos días era corriente en la urbanización que las redes de acueducto y alcantarillado sufrieran rupturas permanentemente, puesto que no se les aplicaba mantenimiento, como tampoco se administraron controles cuando personas provenientes de todo el Caribe colombiano empezaron a ocupar  (de hecho o comprando) los terrenos de lo que fueron las manzanas 55A hasta la 55G.

“Esa gente duró muchos años sin agua, alcantarillado, aseo y gas. Pero se organizaron y consiguieron tubos por su cuenta para hacer conexiones, sin ningún acompañamiento técnico”, recuerdan los moradores.



“No somos ricos, pero tampoco arrastrados”

Cuando  recién comenzó la construcción de las invasiones La Poza y El hoyo de Finda, ningún funcionario —ni del ámbito local o nacional— advirtió sobre las consecuencias que a futuro podría traer el taponamiento de las fuentes hídricas que había en las estribaciones de La Popa.

Por eso, los damnificados están convencidos de que los únicos responsables de lo que están padeciendo ahora son los politiqueros de Cartagena y el Gobierno Nacional. Lo creen mucho más cuando les recuerdan que la solución podría estar en trasladarlos hacia las afueras de la ciudad, “pero en casas que no les dan  ni por los tobillos a las que teníamos aquí”, reiteran.

“También creemos que están inventando aquello de que el basurero estuvo en estas lomas, sólo para desvalorizar nuestras casas y darnos menos de lo que en realidad valen”, señala Emiro Pupo siempre haciendo énfasis  en que Lomas de San Francisco, a pesar de haberse levantado en medio de comunidades pobres como San Francisco, Sinaí y demás sectores aledaños; a pesar de hacer parte de la Zona Suroriental de Cartagena (asentamiento tugurial en su mayoría) no es una comunidad marginal.

“Los primeros pobladores —relata Pedro Rodríguez Arenas— eran profesores, policías, empleados de hoteles del sector turístico,  trabajadores de Colpuertos y de la Sociedad Portuaria, quienes laboraban con mucho tesón hasta 14 horas diarias para tener lo que tuvieron. Sus hijos aprovecharon bien ese esfuerzo y se convirtieron en abogados, ingenieros, médicos, arquitectos... En fin, profesionales de bien, quienes pueden sacar la cara por el barrio en cualquier parte del país.”

Para quienes alcanzaron a conocer la urbanización en sus momentos de esplendor, es claro que las palabras de Rodríguez Arenas son eminentemente ciertas, pues lo que predominaba en las cuatro calles que la componen eran fachadas llamativas, verjas que iban cambiando según las modas, terrazas acogedoras e interiores aprovechados con buen gusto.

“A mediados de los años 90 —advierte Emiro Pupo— las casas se iban remodelando con lo que estuviera en boga. Primero fue el granito en las fachadas; y, en los años subsiguientes, piedra coralina, vitroblock, graniti, porcelanatto, estuco plástico, cerámica, molduras en yeso (o sea, cornizas) y espacato, que es lo más reciente que cada vecino lo ha ido poniendo a su casa”.

Pupo López detalla cada esfuerzo de remodelación mientras camina sobre las ruinas de lo que fue su vivienda. Señala el espacio en donde estuvo la cocina con su lavaplatos inmenso y metálico; las marcas del mueble de madera pulida en donde Osiris Pereira Acuña, su esposa, guardaba vajillas y demás enseres; el patio embaldosado con cuadrados coloniales, las lámparas del mismo estilo y un horno de ladrillos macizos y rojos en donde alcanzó a cocinar algunos asados en parrandas dominicales y familiares que hacen parte del álbum de sus pesadumbres.

Una distribución parecida tenía la vivienda de Erasmo Torrenegra, un habitante de la parte más alta de la loma, quien, contrario a la adoración que Emiro Pupo sentía por su patio, está más enfocado hacia su recámara matrimonial, en donde se percató de que había el suficiente espacio como para construir un baño interno, de manera que el que al principio era el baño de toda la familia podría seguir sirviendo únicamente para sus hijos y visitantes.

“Te contaré una infidencia —dice Torrenegra—, sólo para que veas cómo es que estas desgracias la cambian hasta la intimidad a la gente: lo más chévere de haber hecho este baño dentro del cuarto, era que yo llegaba de trabajar, y casi siempre encontraba a mi esposa bañándose. Enseguida me quitaba la ropa, me metía en el baño y ahí mismo, bajo la regadera, teníamos un encuentro bien sabroso. Ahora estamos viviendo alquilados en el barrio El Carmelo. La casa es más grande, pero el baño está en el patio y nos da pena meternos juntos, porque los pelaos ya están grandes y se dan cuenta. Y con estas preocupaciones de la casa que se nos cayó, llevamos un buen rato que no hacemos nada. No tenemos intimidad. No hay ánimos. Y algunos vecinos me dicen a ellos también les ha pasado lo mismo”.



Inversiones y frustraciones

De vez en cuando, algún lobo pollero asoma la cabeza entre las plantas rastreras que se están apoderando de los escombros dejados por el derrumbe de las casas. Una mujer con aspecto de boxeadora habla obscenidades en contra de la Alcaldía de Cartagena, mientras el resto de los vecinos soporta la cantaleta mirando al suelo, a los almendros o a los árboles de nony con sus frutos semejando copos de espermas colgantes.

Uno de los menos tranquilos parece Emiro Pupo. Su frente brilla bajo la dureza del sol, pero no pierde la energía que lo impulsa a caminar entre los restos de lo que fuera su casa. Unos minutos después, mientras vamos descendiendo hacia la vivienda de sus suegros, recuerda haber adquirido esa casa en 1.985.

“Se la compré a un hermano por  500 mil pesos. La encontré repellada, con baldosas rojas y blancas. La terraza estaba hecha en asbesto, pero 5 años después le hice un préstamo de 4 millones de pesos a la ‘Coopropiedad del Edificio las Tres Carabelas’, en donde trabajaba como jefe de mantenimiento. Con esa plata tumbé la terraza de asbesto y la hice vaciada, pero también remodelé la cocina. A los dos años terminé de pagar el préstamo”.

La verdadera transformación comenzó en 2001, cuando Pupo López ya tenía tres hijos y había pasado a ser empleado de la empresa naviera en donde trabaja actualmente en Santa Marta.

“Empecé por la parte de atrás, con proyección a montar tres pisos. La empresa me prestó 25 millones de pesos. Tres años después le presté a Davivienda $32 millones para terminar la obra, además de que fui sacando de mi sueldo, vacaciones y primas. En ese son me he gastado entre 70 y 75 millones de pesos.”

Al principio, cuenta Emiro Pupo, las remodelaciones se iban haciendo con el fin de hacer más agradable la distribución de la casa, pero las inversiones que se aplicaron después fueron para subsanar las rajaduras que iba presentando la edificación en ciertos puntos, desde el patio y las recámaras, hasta la terraza.

“Cuando empezamos a detectar las grietas y las pequeñas líneas que salían entre los acabados, pensamos que eran las consecuencias de la vejez de la casa, porque  mi hermano se la había comprado a una de las señoras que fundaron el barrio en 1.969. Pero en cuanto los demás vecinos comenzaron a quejarse de lo mismo, fue cuando nos pellizcamos y sacamos en claro que algo anormal estaba sucediendo”.

Y ese algo anormal fue ratificado mediante un documento que una líder comunal le envió a los habitantes de Lomas de San Francisco, en donde se anunciaba que la urbanización estaba en zona de alto riego, tal como lo había declarado en 1.999 el entonces alcalde de Cartagena, Nicolás Curi Vergara.

En su momento, el diario El Universal dio a conocer que “(...) La falla geológica, que desde noviembre del año anterior (2.010) ha destruido más de 500 viviendas, calles y parques de la parte alta de San Francisco, fue detectada en 1.999, un año después de que un sismo con intensidad de 5.9 grados en la escala de Richter se sintiera en gran parte de la ciudad.

La inestabilidad del terreno donde se construyó el sector Las Lomas de San Francisco, según expertos de la Universidad de Cartagena, se debe al exceso de humedad, debido a que las aguas lluvias no siguen el curso natural y a presuntas fugas de agua.

En este momento grietas de más de 100 metros de largo y de hasta 80 centímetros de ancho, evidencian el problema, lo que obliga al Distrito a evacuar por completo ese barrio.

Esa labor se cumple desde hace varios días, pero quienes aún habitan las casas desvencijadas manifiestan dificultades para conseguir casas para arrendar.

En una misiva donde el contralor Distrital, Hernando Darío Sierra Porto, le advierte a la alcaldesa, Judith Pinedo Flórez, frenar las inversiones en ese sector de San Francisco, debido a que se encuentran vigentes algunos contratos de obras, le recuerda que el 7 de mayo de 1.999, el alcalde de la época, Nicolás Curi Vergara, por medio del Decreto 0282 de 1999 declaró: ‘como Zona de Alto Riesgo el sector Las Lomas del barrio San Francisco’”.



Lo que trajo noviembre

Emiro Pupo y sus vecinos recuerdan que los detalles de la existencia del decreto se conocieron en febrero de 2011, fecha en la que ya se habían derrumbado tres manzanas en el ascenso de la loma, evento que exhortó a los moradores a crear un comité de diez personas que se encargaría de llamar la atención de las autoridades distritales.

Entrado ese año, la primera sugerencia que escuchó el comité fue que todos debían evacuar la urbanización para evitar una tragedia aún más grande, que involucrara vidas humanas, pero muchas familias se negaban rotundamente a abandonar lo que habían ocupado y remodelado con tantos esfuerzos y durante tantos años.

“Desde un principio —relata Pupo López— entendí que tendríamos que salir de nuestras casas, pero tal vez inconscientemente iba dilatando la cuestión, con la esperanza de que surgiera alguna solución que descartara la del abandono. Pero esa nunca llegó. La gente empezó a mudarse en agosto y yo lo hice el 14 de septiembre”.

Entre los vecinos de Emiro Pupo aún son nítidos los recuerdos de las familias que fueron sacando sus enseres y montándolos en camiones, cuando las casas quedaron sin agua potable, sin energía eléctrica, sin gas domiciliario, sin parabólica, sin internet, sin telefonía fija, sin respiración, sin vida...

“Cuando se estaba acercando el mes de septiembre, empecé a buscar para dónde mudarme, pero la gente se resistía a arrendarme cuando decía que venía de Lomas de San Francisco, la urbanización que se estaba derrumbando. Apenas oían el nombre ‘San Francisco’, se imaginaban lo peor, un pandillero, un champetúo, picotero, bullero... y se caía el negocio.”

Actualmente, Emiro vive arrendado en Blas de Lezo, en donde dice que al principio la convivencia con sus nuevos vecinos se presentó un poco difícil por las prevenciones que aquellos manejaban, estigmas que le han ido confesando poco a poco, mientras van tomando nota de su comportamiento y el de su familia.

“El día que empezamos a mudarnos, lo primero que hizo mi esposa fue sentarse en la terraza a llorar. Nosotros íbamos sacando los chócoros y ella ni se movía. Hicimos el primer viaje, y la dejamos allí sentada. En el segundo viaje fue lo mismo. Y en el tercero, cuando ya casi estaba cayendo la noche, me tocó hablarle de mil formas para convencerla de que saliera, de que ya en esa casa no se podía vivir, que no había servicios y que era muy peligroso que se quedara allí solita, dándole papaya a los pandilleros de las faldas de La Popa”.

Pero Osiris, la esposa de Pupo, después de la mudanza regresó durante cinco días consecutivos a sentarse a llorar en la que nunca más sería su terraza. Al mismo tiempo, a algunos ancianos hubo que sacarlos cargados de sus aposentos, porque, según ellos, era preferible morir bajo los escombros que ir a convivir entre gente desconocida. Esos mismos ancianos, en mejores épocas, bailaban vertiginosamente en medio de la calle cuando se organizaba algún festín comunitario, pero en los días de la mudanza las piernas se negaban a responderles.

En mitad de la calle, mientras los camiones cargaban chécheres y más pertrechos, grupos de mujeres que, por antiguas y banales rencillas, habían durado años sin dirigirse la palabra, se abrazaban a la vista de todos para compartir sus lágrimas y sus nostalgias. Algunas tomaban fotos de sus recámaras, cocinas, jardines, terrazas, como queriendo eternizar sus esfuerzos para todas las posteridades.

Las depresiones, las lágrimas y los problemas mentales, sobre todo entre los ancianos, no han dejado de aparecer desde que se hizo efectiva la emigración que había recomendado la Alcaldía. Casi nadie, en los sitios que las circunstancias les obligaron a escoger para vivir, ha tenido tiempo de socializar con los nuevos vecinos y despejarse de los antiguos recuerdos.

“Pero cómo —se preguntan las amas de casa—, si esta era una comunidad muy unida. Cuando alguien cumplía años, recogíamos cuotas y hacíamos una fiesta en medio de la calle; cuando se presentaba un enfermo, nos turnábamos para cuidarlo en el hospital; si alguien fallecía, ayudábamos a la familia con más colectas; y en las fiestas de fin de año hacíamos comedias, obras de teatro, pesebres, tómbolas novembrinas y nos divertíamos sanamente”.

“El Distrito nos está tratando como a invasores —considera Pedro Rodríguez Arenas—. Primero, nos quería mandar para Colombiatón; después, para el Bicentenario; y después, para Turbaco. Ahora vino el Instituto Agustín Codazzi e hizo un avalúo según el cual no tenemos derecho ni a Viviendas de Interés Prioritario (VIP), porque nuestras casas no pasan de 32 millones de pesos. Lo que hemos propuesto es que nos hagan un avalúo con base en lo que les invertimos a nuestras viviendas y que nos den un presupuesto para volver a construir donde y como queramos”.

La última vez que estuve en Lomas de San Francisco, un sereno contumaz azotaba los restos de las paredes que aún estaban en pie. Mientras, una retroexcavadora gigantesca se abría paso dentro de los escombros y dos cámaras de televisión iban registrando el acontecimiento, después de haber captado los rostros de los antiguos propietarios, quienes se protegían bajo un árbol de bonga que ocupa la terraza de la biblioteca.

Al mismo tiempo, y en otro lado del recinto, un grupo de gestores culturales organizaba un viaje al Festival de tambores y expresiones culturales del Palenque San Basilio. De repente, alguien le preguntó a Florentino Torres, un palenquero que habitaba lo que fue la manzana 55G, que si no pensaba aprovechar el viaje para reencontrarse con sus paisanos, pero él hizo un gesto negativo con el brazo derecho, aunque sin dejar de mirar a  las alturas.

“Yo no estoy para fiestas. El festejo se me acabó hace rato”, refunfuñó para sí, pero sin dejar de mirar hacia las ruinas.

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