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Relaciones tormentosas

¿Ser fiel hace parte de la naturaleza humana o ha sido un concepto implantado por las necesidades sociales fundamentadas en la familia? Casi todas las personas, en algún momento de  sus vidas, han sentido el oleaje interior que les genera una pasión oculta. Pero la formación que recibimos se encarga de mantener al límite el deseo por lo prohibido, en pro de una relación que, se supone, debe durar toda la vida.

Según el psicoanálisis, todo se remonta a los instintos primarios del ser humano, los cuales guardan relación directa con la herencia animal que albergamos en nuestro ser, a través de patrones de comportamiento que se perpetúan de generación en generación. Por más racionales que alardeemos ser, lo visceral y profundo del amor nace en esas zonas de la experiencia directa, sensorial e  instintiva, que se origina en territorios lejanos a los del raciocinio, en pleno inconsciente.

Es así como todavía escuchamos pequeños ecos de comunidades o etnias fundamentadas en la poligamia, en las que el hombre más fuerte, capaz y dotado podía tener varias esposas a la vez, pues además de saberlas mantener, era capaz de satisfacerlas y darles buena descendencia.

Y aunque nuestros hombres son un peldaño más en la cadena evolutiva, no por eso han mutado todas las necesidades propias de un macho alfa; entre ellas, el deseo inconsciente de poseer a diferentes mujeres.  Pero la transformación es la base de la vida misma, y por ello esos arquetipos fueron el punto de partida para evolucionar a una sociedad civilizada, que después de cientos de años  consagrándose en los valores familiares, encuentra el lugar para quebrar la norma y ser más informales con sus afectos.

Por esta razón,  la monogamia -que parecía infalible a mediados del siglo XX- ha sufrido reiterados tropezones, evidenciados en rupturas prematuras de matrimonios eclipsados por la infidelidad.

No es un misterio que, en muchos casos, la convivencia y la rutina son un somnífero para la pasión y que el amor se consolida en el terreno del apoyo y la ternura, mientras que el deseo carnal suele  proyectarse en mujeres prohibidas. En algunas ocasiones ese deseo se consume, derribando de un solo tajo la premisa  de dar la fidelidad como regalo a la persona amada: una mujer que paulatinamente  se empieza a perder en el reflejo opaco de la figura materna del hombre.

¿EL LADRÓN JUZGA POR SU CONDICIÓN?

Aunque a través de los años los celos han sido justificados como demostraciones de amor necesarias, el refrán dice que “el ladrón juzga por su condición”. Y más de un hombre o una mujer se sienten inseguros por los deseos tormentosos que experimentan por otras personas distintas a su pareja. Sin embargo, no necesariamente el que fue infiel o a quien “le pusieron los cachos”, será una persona que sufrirá más celos de lo normal.

Algunos estudios fundamentan la inseguridad como una buena causa de celos, ya que cuánto más inseguro se siente uno en una relación, más alta es la probabilidad de desarrollar este comportamiento, que a veces raya en lo patológico.

Y mientras los sicólogos de pareja pueden adjudicar los comportamientos celosos a rasgos de la personalidad, los cuales pueden ser escudriñados por medio del diálogo, el psicoanálisis se remite a los episodios de la infancia, donde se establecen las primeras relaciones, y que según sus argumentos, determinan el comportamiento en futuros lazos amorosos.

LO PRIMIGENIO DE LOS CELOS

“Desde el psicoanálisis, los celos son considerados como aquellos afectos propios del ser humano, son inherentes a él. Por eso, cuando alguien dice no sentirlos, es porque esos celos están reprimidos. Ante el dolor y tristeza que causa perder al objeto deseado, la persona experimenta celos, a veces con  hostilidad o agresividad hacia el rival. Pero también sufre sentimientos de culpa, porque se siente responsable de esa pérdida”, asevera Ana Yancy Montoya, especialista en psicoanálisis y catedrática de la Universidad del Valle.

Según ella, los celos se originan en la infancia, en las relaciones afectivas que los niños sostienen con sus seres queridos. “Los pequeños se relacionan afectivamente, desarrollan apegos y experimentan seguridades, pero también sienten frustraciones, sentimientos de abandono, temor frente a que otros acaparen su objeto del deseo. El niño, generalmente, se siente su dueño”.

EN UNA CAÓTICA CELOPATÍA

Según la doctora Montoya, los celos patológicos están acompañados de mayor inseguridad, de hostilidad y de un sentimiento de agresión, que afectan en mayor medida a los hombres, quienes pueden llegar hasta a matar. El origen está en la infancia y es potenciado por las carencias o la sobreprotección que hayan determinado sus relaciones afectivas. Por su parte, los celos llevan a las mujeres a inclinarse por alimentar la envidia que sienten por sus posibles rivales.

“Este tipo de celos resulta ser muy destructivo para la persona, pues  también genera sentimientos de autocompasión que le sitúan en  una posición de víctima muy nociva. Los individuos con celos patológicos se vuelven muy exigentes y no permiten que su pareja se relacione cercanamente con otras personas en el plano afectivo, familiar o amistoso”, complementa la docente.

ELLAS, PARTE DEL PROBLEMA

El hecho de que mujeres estén al lado de hombres celosos, infieles y algunas veces alcohólicos, también obedece a episodios inconclusos de la infancia.  “La forma como yo me relacione amorosamente (sea mujer u hombre), es determinada por mis vivencias de la infancia; pero no por lo que pasó sino por lo que significó para mí”, advierte la psicoanalista.

A pesar de lo difícil que resulta alejarse de un hombre celoso y posesivo, algunas mujeres tienden a buscar inconscientemente el mismo modelo de conducta en futuras parejas, y como las personas no se involucran en un determinado tipo de relación por casualidad, empieza a dibujarse un patrón de conducta obsesiva, que es alimentado por la mujer, así desempeñe un rol más pasivo.

La clave: la mujer debe reconocer que ella también hace parte del problema. Entender el porqué de la desconfianza de su pareja y asumir su participación en ese comportamiento la mostrará dispuesta a solucionar la cuestión y a hacerse cargo, para poder salir de ese círculo vicioso.

“YO SOY UN VICIO MÁS…"

El alcoholismo es otra problemática que afecta a las relaciones de pareja y más cuando también hay celos de por medio. Según algunos psicoterapeutas, los delirios inducidos por el efecto del alcohol, al parecer son desencadenados por cambios químicos en el cerebro y difieren en buena medida con los acontecimientos que se desarrollan en la realidad. 

“Sea como sea, quedarse al lado de un hombre que combine en un coctel molotov celos y alcohol, puede ser determinante en la elección de una vida de sufrimiento, de deterior personal, de mucho desgaste físico. La persona queda deprimida,  pierde el círculo de amigos y se aleja de los seres queridos, porque estos hombres celosos no quieren que sus mujeres se relacionen con otros”, asevera la experta.

NO SE CREA REDENTORA

Antes de adjudicarse el papel de salvadora y de quedarse en una relación porque cree que el amor que siente hacia ese hombre que la reprime le dará fuerzas para sacarlo de la obsesión o dependencia del que es objeto, medite por qué lo eligió teniendo  otras posibilidades.

“Difícilmente una mujer puede ayudarle a su pareja, porque ella también hace parte del problema. Por más que sea ella quien esté sufriendo las consecuencias, en realidad son los dos los que afrontan un tipo de relación así, en la que el uno sufre los celos, pero el otro es el objeto de ellos.  La mujer lo ayudará cuando acepte su participación, eso genera un movimiento psíquico fuerte. Ambos deben hacer esa tarea solitos”, concluye la doctora Montoya.

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