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Retrato de un escritor en casa

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Hace 35 años se publicó la primera novela de R.H. Moreno-Durán en Barcelona. Se trata de Juego de Damas, que constituye la escena inicial de su trilogía Fémina Suite, aclamada por la crítica y considerada como una novela fundamental en la historia de la literatura en lengua castellana del siglo XX.

Sea esta una buena excusa para desempolvar anécdotas cotidianas en mi calidad de esposa de un hombre fascinante por su pasión constante por el conocimiento.

En su vida, trazar una línea entre la realidad y la ficción resulta algo complicado. Muchas veces contaba historias que supuestamente habíamos vivido juntos y que en sus palabras se volvían hechizantes relatos para sus contertulios. Al final, yo deseaba que en verdad hubiesen ocurrido como él los narraba.



El maniático del orden

El R.H. que yo conocí era un hombre absolutamente disciplinado. “Trabajaba incluso los domingos”, como les contaba una vez nuestro hijo Alejandro a sus sorprendidos amigos del colegio. De 8 de la mañana a 6 de la tarde, sin excepción, se dedicaba al oficio de escribir para aprovechar al máximo la luz natural. Cerraba la puerta de su estudio para no distraerse y la música clásica era su fiel compañera.

Maniático del orden, de manera que no podía empezar a trabajar hasta que la cama estuviera tendida y todo organizado, bebía mucho café y se sentaba en el escritorio todos los días a leer, a revisar y a escribir.

Esa consagración hizo posible que su extensa obra se consolidara. Son más de 25 títulos que incluyen ensayo, novela, cuento y teatro, editados en varias oportunidades y en diversos idiomas.

Jamás aprendió a usar el computador, que resultaba un buen adorno en su escritorio. Las tecnologías le aterrorizaban y muchas veces escribía a mano con la ayuda de estilógrafos de tinta negra o azul que coleccionaba.



Brazo armado del masoquismo

El mundo femenino le atraía de una manera increíble. La estética de la mujer era su obsesión. Para él, las féminas bonitas eran un pretexto para sonreír. Una de sus manías, en este sentido, era que antes de salir de la casa o acostarse a dormir, tenía que ver en la televisión la imagen de una mujer hermosa para poder quedar tranquilo. A veces nos retrasábamos  para salir hasta que encontraba una estampa que recreara en su imaginación de escritor.

Su memoria era impresionante. Con solo ver un fotograma, reconocía inmediatamente la película. Además era amante del cine y una obra inédita de él está relacionada con uno de los grandes del séptimo arte: Orson Welles.

Tampoco se perdía un noticiero y leía con atención los periódicos y revistas. Incluso guardaba recortes de noticias que lo cautivaban y que eventualmente harían parte de una de sus obras de ficción.

Como algunos de sus colegas, no le gustaba mostrar un libro hasta cuando tuviera la certeza de que estaba listo. Muchos los guardó durante varios años. Corregía una y otra vez sus escritos con lápices de diversos colores para diferenciar si se trataba de una primera, segunda o tercera lectura.

Una de sus frases célebres era “el perfeccionismo es el brazo armado del masoquismo”, y la practicaba por el rigor con que leía textos propios y ajenos.

Sus autores predilectos, Joyce y Goethe. Mereció un lugar especial en su biblioteca una pequeña colección de Quijotes que él miraba hipnotizado como si pudiera leer más allá de los caracteres impresos. Una marioneta con el célebre personaje de Cervantes colgaba al lado de su mesa de trabajo… con certeza apoyaba  su inspiración. Ese títere había llegado de Praga, una ciudad que soñó conocer y que retrata de manera sorprendente en el libro Camus, la conexión africana.



Los premios de R.H.

Un hombre cosmopolita, nacido en Tunja en 1946, pero viajero impenitente entre América y Europa, con múltiples escalas literarias en congresos, ferias de libros y universidades.

Ese fue R.H. Moreno-Durán, un escritor de 24 horas durante 40 años, cuyas obras fueron traducidas al inglés, árabe, francés, italiano, portugués, coreano, alemán y húngaro, entre otras lenguas. Entre sus obras principales se encuentra la trilogía Fémina Suite, compuesta por Juego de Damas, El toque de Diana y Finale Capriccioso con Madonna.

La crítica y los jurados reconocieron su trabajo literario y le otorgaron reconocimientos como el Premio Ciudad de San Sebastián a Cuestión de hábitos, su única pieza de teatro; el  Premio Nacional de Cultura en modalidad de ensayo para El festín de los conjurados y el Premio Nacional de Cuento para Epístola final sobre los cuáqueros.

Su novela Los felinos del Canciller fue finalista en los premios Nadal y Rómulo Gallegos.

Poco antes de morir, en noviembre de 2005, recibió un reconocimiento por parte de sus lectores a través de una votación popular convocada por Libros y Letras.

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