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La Pola: Imagina Colombia

La historia como disciplina es una fuente de poder político, económico, social, ideológico que sirve para controlar a la gente. La historia es poder sobre la memoria y sobre el olvido, a través del lenguaje; es decir, a través de estrategias de interacción entre el mundo de quien escribe y el mundo de quienes leen. Estrategias, a su vez, que apuntan a la verosimilitud, hacia lo creíble según los relatos que se cuentan.

De manera, pues, que historia y lenguaje generan pactos de significados con la gente. ¿En qué consiste el pacto social que nos propone la telenovela “La Pola”, todas las noches, en horario triple A?
O, en otros términos, ¿por qué “La Pola” es verosímil? Primero porque una sociedad como la nuestra, necesita héroes. Personajes extraordinarios que salven, que reivindiquen, que defiendan. Personajes que, al instalarse en la memoria colectiva, hacen que la gente crea y se quiera a sí misma, se auto reconozca. Ahí “La Pola” rompe con el enfoque tradicional de las telenovelas colombianas, en especial, las que tratan temas históricos. Como nunca antes, el relato televisivo de Apolonia Salvarrieta nos ayuda a imaginar cómo empezó a formarse la nación colombiana, dos siglos atrás. Y digo que de forma muy verosímil porque los productores decidieron narrar y mostrar la vida cotidiana de entonces. En consecuencia, gente como uno, puede mirarse, encontrarse y ubicarse en el devenir de Colombia. “La Pola” hace posible imaginarnos dentro de esa historia colombiana.
En mi caso, la única vez que me vi en la historia contada por televisión, fue con la serie norteamericana “Raíces” por allá en los años setenta. Por primera vez público como yo, asistía a la saga de africanos esclavizados en Estados Unidos y su descendencia en el siglo XX. Era fácil imaginar que en Cartagena nos había pasado lo mismo. Hacia los años ochenta, en la televisión colombiana, aparecieron telenovelas como “El caballero de Rauzán” y “La pezuña del diablo” donde los actores que hacían de esclavos los pintaban de negro, para desempañar su papel. Un espectador desprevenido, se daba cuenta, pero aún así, se aceptó el pacto con la telenovela. Un pacto perverso porque a uno le quedaba la idea de que la gente negra no podía actuar. Ni siquiera su propio papel. “Revivamos nuestra historia” de Eduardo Lemaitre, nos propuso más de lo mismo: una historia ausente de pueblo. Y nosotros todos le creímos y le creemos, por supuesto. Eso es así, porque la gran mayoría de los colombianos venimos y aceptamos una historia de humillación, desprecio y violencia.
¿Cómo no creerle a un señor respetable, historiador incuestionable, que –además- nos mostraba por televisión cómo fueron las cosas? Y las cosas fueron sin pueblo, tal y como aparece en los textos escolares de siempre. Historia ausente de pueblo, como en el camellón de los mártires. Así: ¿Quién quiere ser cartagenero o colombiano?
“La Pola” no es historia, pero, representa la vida social de entonces, contada a través de los acontecimientos de un amor imposible entre una mestiza de sangre sucia y un peninsular de sangre azul. Lo anterior es eje narrativo para contarnos e imaginarnos, lo que se facilita mucho, cuando aparecen actores y actrices negros, haciendo de esclavos y pensando su condición. Cuando aparece el triángulo amoroso entre Antonio Nariño, su mujer Magdalena Ortega y Don Jorge Tadeo Lozano Vizconde de Las Pastranas. Cuando aparece el arribismo social de Catarina Salavarrieta y su marido Domingo García. Cuando la esclava Nicolasa, se revela princesa africana ante el negro Juliano. Cuando la ambición de los españoles americanos es dominar la Nueva Granada, sin importar la insolente idea de los derechos del hombre. Cuando el hermanito de Apolonia hace tantas preguntas tan incómodas para Misiá Gertrudis, la madrina de La Pola. Cuando los matrimonios se arreglaban, sin importar la opinión de las mujeres. Cuando el catolicismo intolerante y castigador, representado por los curas hermanos de La Pola, apareció como pegante social que ayudó a formar la nación colombiana.
La historia es verificable, la pregunta es qué hacemos con sus contenidos, especialmente en la escuela. Al menos, “La Pola” nos pone a pensar al respecto todas las noches.

ricardo_chica@hotmail.com

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