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Jaime Correa pesca cada día la vida en Doña Ana

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La subienda de 2001 trajo a Jaime Correa hasta este pueblo, que para ese entonces no se inundaba tanto como ahora.

Hace varios años pensó regresar pronto a Magangué, su tierra natal, pero conoció a Lilibeth Martínez, a quien rápidamente convirtió en su esposa.

En ese entonces tenía 18 años y era soltero. Ahora ya tiene 25 y es padre de tres hijos dos de ellos varones.

La pesca ha sido siempre su fuente de empleo. Y llegó donde tenía que llegar, a Doña Ana, en donde el 100% de sus habitantes viven de esta actividad.

A la una de la tarde, comienza su labor diaria.

A esa hora se confunde entre varios de sus compañeros todos mayores de edad para internarse en las ciénagas que bordean la población.

Enganchados en un bote de motor fuera de borda, parte hacia los lugares donde sus instintos le señalan que hay abundancia de pescado.

Allí, sin ayudante, comienza la difícil tarea de capturar peces, en un espejo de agua de 9 y 10 metros de profundidad.

La temperatura debe estar no menos de 40 grados con un sol que entra y estorba hasta los huesos.

Extiende la red estratégicamente bien ubicada de tal forma que todo lo que intente pasar por ella, sea capturado.

Con la fe de que la pesca va tener éxito echa la bendición y se regresa a casa.

A las 4:00 de la mañana, vuelve y al sacar el primer trasmallo se da cuenta que un bocachico viene enganchado en la red.

“Parece que la pesca va a ser buena”, exclama con alegría.

Al final de la jornada, cuenta con 14 pescados, los cuales vende a 2 mil pesos cada uno, para un total de 14 mil pesos, tiene su sustento.

Ese dinero debe alcanzarle para garantizarle la comida, vivienda, ropa, educación, salud y recreación a él y al resto de su familia.

“La vida de nosotros está ceñida por la suerte; si pescamos comemos, si no, nos jodemos”, dice entre rabia e impotencia.

A pesar que su casa queda alrededor del parque central, no tiene las mínimas comodidades para ser feliz.

Su casa de dos piezas, está inundada.

En una habitación de 3 por 3 metros duerme con sus hijos y su esposa.

La otra sirve de sala, cocina, comedor y lavadero.

Los niños terminaron su periodo escolar, pero la ociosidad de ellos le hace la vida más difícil.

El mayor tiene 7 años y la menor uno y medio. “Aunque aprendieron a nadar primero que caminar, uno nunca sabe qué les puede pasar. El agua es traicionera, no es igual que en tierra firme. Hay muchos animales”, dice con preocupación.

Trabaja con un trasmallo prestado y la canoa es del mayorista que le compra lo que pesca.

Esa es la condición, no puede venderle a más nadie.

A cielo abierto es una forma de explotación.

El pescado lo vende por unidad sin importar el tamaño.

Un bocachico que en el comercio vale 10 mil pesos, en Doña Ana vale 2 mil y los revendedores están luchando para bajarlo a mil 500.

A pesar de ser uno de los más aventajados en su trabajo, desea una oportunidad mejor para brindarles a sus hijos lo que él no tuvo.

Hace un año no ve a sus padres, ni el tiempo ni la plata le alcanza para hacerlo.

Debe trabajar todos los días, de lo contrario su familia se quedará sin comer.

Jaime Correa está a la espera de salir beneficiado del programa de viviendas que impulsa la Gobernación de Sucre, el municipio de San Benito y el Gobierno nacional.

A pesar que espera con ansiedad el subsidio, le nace otra preocupación, pues debe trabajar permanentemente en la construcción de la que será su casa y a la vez rebuscarse el sostenimiento de sus tres hijos y su esposa.

Una de las dos tiene que dejar de hacer. Desea una nueva vivienda con las comodidades de las grandes ciudades, pero también debe diariamente tiene que llevar comida a sus hijos, y para eso aun no hay solución.

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