Reportaje a la situación de los indígenas del alto Sinú

embalse Urrá 1
La creación del embalse Urrá 1 para generar energía eléctrica en Córdoba ha desatado toda serie de críticas, especialmente por la afectación que sufrió la comunidad Embera en el alto Sinú. // URRÁ S.A. -CORTESÍA
Comunidad Embera Katío
Comunidad Embera Katío // Foto Urrá S.A
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En los últimos 11 años la comunidad Embera del alto Sinú ha conocido las mieles y los sinsabores del dinero. Su suerte cambió tras la indemnización que tuvo que empezar a pagarles la hidroeléctrica Urrá al sur de Córdoba, por la creación de un embalse, que transformó el paisaje y de paso su estilo de vida.

Los emberas que antes no salían de su resguardo en el parque Nacional Natural Paramillo, hoy circulan por las calles de Tierralta, el municipio más cercano a su hábitat. Aunque algunos mantienen su vestimenta original, otros se han adaptado a los jeans, tenis, el cabello estilo punk y a las motos, una de las principales tentaciones para estos indígenas, que hasta 1999 no sabían lo que era acumular billetes en el bolsillo.

El inicio de la historia

En la década de los años ochenta del siglo pasado los proyectos de generación de energía Urrá 1 y 2 aparecieron en la agenda del Gobierno. Mientras que Urrá 2 se hundió al considerarse inviable, Urrá 1 entró en servicio en el año 2000, con 340 MW de potencia de generación. El proyecto costó 783 millones de dólares y necesitó de la inundación de 7.400 hectáreas de tierra.

Tras la creación del embalse, tuvieron que ser reasentadas 589 familias campesinas. Además, 22 familias emberas, que habitaban en las 417 hectáreas que alcanzan las colas del embalse y que se desbordan cuando suben los niveles del río Sinú, tuvieron que moverse para otros lugares del resguardo indígena.

La polémica por la creación del embalse y sus efectos sobre la comunidad indígena llegó a los estrados judiciales, tras la tutela que interpusieron dirigentes emberas porque la hidroeléctrica no los consultó antes de la construcción de la obra.

La Corte Constitucional falló a favor de los nativos y ordenó a la hidroeléctrica indemnizar al pueblo embera del alto Sinú “al menos en la cuantía que garantice su supervivencia física, mientras elabora los cambios culturales, sociales y económicos a los que ya no puede escapar”, dice la sentencia T-652 de 1998.

Desde entonces se pactó el pago de una indemnización mensual, a modo de subsidio de alimentación y transporte, de $157.848 a cada indígena de la zona afectada. La multa está establecida a 20 años, por lo que el pago termina en el 2019. A la fecha, según información de Urrá, se han pagado 71 mil millones de pesos.

Según el gerente técnico ambiental de la hidroeléctrica, Rafael Piedrahita, el censo presentado por los indígenas en 1995 dio cuenta de 2.031 emberas en la zona y a la fecha se le está pagando la indemnización a 5.100. “Eso implica una tasa de natalidad que sería la más alta del mundo”.

Para Piedrahita, el incremento de emberas se debe a la llegada al alto Sinú de nuevos nativos procedentes del Chocó, Antioquia y hasta de Panamá, que buscan los beneficios que genera la indemnización ordenada por la Corte Constitucional. Eso sumado a que se registran los nacimientos, pero no las defunciones de indígenas.

Además del subsidio mensual, Urrá otorga un beneficio por las 417 hectáreas que son susceptibles de inundación por el embalse. Se acordó con la comunidad el pago anual de un monto a modo de arrendamiento de la tierra, dinero que aumenta cada año y  que deberá pagar la hidroeléctrica por la vida útil de embalse, estimada en 50 años.

Otros montos han sido asignados para que los emberas realicen proyectos productivos, agrícolas, piscícolas, y de fortalecimiento cultural. Dineros que llegan directamente a los gobernantes y se gestionan dentro de las comunidades indígenas.

La plata corrompe

La antropóloga Melba Maldonado, asesora de Urrá, explica que el problema del fallo de la Corte Constitucional fue disponer la asignación de recursos directamente a los emberas sin tener en cuenta que ellos nunca habían manejado dinero. “Son inmediatistas, como son nómadas la plata la utilizan para una necesidad, ellos no ahorran”.

En esto coincide Miguel Campo, el esposo de Melba y uno de los pocos emberólogos del país. “El embera es un comprador compulsivo. Si le dan plata se la gasta y se llena de ‘chucherías’. Y si le fían el embera se llena de culpas y quiere cumplir lo más rápido que pueda con ese compromiso de pagar”.

Los que sacan provecho de esa situación son los comerciantes que viven en Tierralta, hasta donde llegan los indígenas a gastarse el dinero que reciben mes a mes por parte de la hidroeléctrica: Lo hacen tanto en mercado, como en cerveza o en cualquier cosa que llame su atención.

Miguel cuenta que en una ocasión encontró en el resguardo a un indígena que tenía en su tambo una nevera llena de cervezas calientes, porque como no tienen electricidad no la pueden utilizar electrodomésticos, pero él explicó que la compró porque le pareció bonita.

Otro de los errores que cometió la Corte Constitucional –explica la antropóloga- fue poner a disposición de los emberas el manejo directo de los dineros para los proyectos, teniendo en cuenta que no saben cómo hacerlos y menos cómo ejecutarlos, por lo que el dinero se está quedando en manos de intermediarios, como ONG y abogados.

De hecho, hay un chiste en la región según el cual en el alto Sinú hay más abogados que indígenas. “Si no se hubiera hecho la hidroeléctrica, ninguno de esos interventores hubiera llegado a la zona, porque cuando los embera no tenían un peso nadie los visitaba”, asegura Miguel.

Según Melba, el primer proyecto que se firmó con los embera fue a través de la Organización Nacional de Indígenas de Colombia, Onic, que para esta antropóloga es más una entidad política y que a final de cuentas no ha ayudado a que los embera mejoren su calidad de vida.

Mejor antes del embalse

Ezequiel Domicó es uno de los dos maestros que tienen la escuela de Tuis Tuis, una de las réplicas del resguardo que la comunidad embera creó cerca de Tierralta, para reubicar a las familias que salieron del Parque Paramillo. Algunos de ellos lo hicieron  por la violencia, otros porque la vida se tornó difícil tras la construcción del embalse que cortó el flujo del río Sinú, la carretera de los embera.

Según el docente, antes del embalse los indígenas se movilizaban en canoa o en pequeños planchones que corrían con el río, pero como el embalse no genera corriente, los embera deben utilizar el “Johnson”, una especie de canoa con motor que les cobra 30 mil pesos por persona, y una cuota adicional si llevan animales o cultivos para vender en el casco urbano.

En medio de los tambos que a modo de palafitos levantan los indígenas está la escuela, donde Ezequiel busca enseñarles a sus niños, además de matemáticas, español y ciencias, su lengua nativa, para evitar que se pierda a medida que entran en contacto con los niños del casco urbano.

Para este indígena las cosas antes del embalse eran mejores, porque los hombres no conocían el dinero ni el licor y hablaban su lengua nativa, el embera, que entre niños y adultos se ha ido mezclando con el español, un riesgo para su supervivencia.

La antropóloga, por el contrario, piensa que con la mezcla de las dos lenguas, los embera saldrán ganando, porque incorporan nuevas palabras a su vocabulario. “Su lengua da cuenta de su entorno, cuando hay cosas que no están en su entorno no tienen nombre en embera, por ejemplo, billar o botas Brahma”.

De lo que es consciente Ezequiel es de que el tiempo no se puede echar para atrás y que la única solución está en concertar y hacer reuniones con los gobernantes y líderes de los resguardos, para que se hagan capacitaciones con los indígenas de cómo aprender a usar el dinero de forma adecuada y para buscar estrategias para salvaguardar las culturas indígenas.

Es mejor acá

Kadir Domicó Domicó oculta sus ojos rasgados tras unos lentes negros que lo protegen del sol. Él, como otros cuantos indígenas que viven en Tuis Tuis, se adaptó a las condiciones de su nuevo hábitat y ahora siente la comodidad de vivir cerca al casco urbano, donde pudo comprar la moto que ostenta en el resguardo.

Tanto él como su primo José Neiro aseguran que extrañan el resguardo y las tierras fértiles y grandes del Paramillo, pero que no regresarían, menos ahora que sus hijos están en la escuela y pueden aprender a hablar español, una lengua que les permite interactuar con el resto de la sociedad colombiana.

A Camilo, uno de los hijos de Kadir, tampoco le gusta la idea de regresar al interior del Paramillo donde están los demás embera que siguen dispuestos a proteger su tierra. Hace nueve años que llegó a Tuis Tuis junto a su familia y está feliz porque puede ver televisión, especialmente las noticias, lo que más le gusta.

Pese a esas actitudes, hay líderes embera que están a la espera de que se acaben los dineros de la hidroeléctrica por concepto de indemnización, para que los indígenas retornen a su normalidad en el Paramillo. “Ya pasaron once años de indemnización, quedan nueve. Cuando se acabe el dinero, ellos volverán” concluye Melba.

*Por invitación de Hidroeléctrica Urrá S.A.

 

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