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El director de orquesta sale de rumba

A las 10 de la noche de cualquier viernes en el Parque del Periodista hierve el olor a marihuana. Eso lo tenía claro el maestro Alberto Correa, es más, era lo único que sabía de esa zona que se cruza entre Maracaibo y Girardot.

Ahí estaba el director de la Filarmónica de Medellín, en el centro de la ciudad, vestido de negro, su cabello y barba ya blancos eran la excepción. Con timidez se bajó del carro, pasó Girardot rodeó un grupo de punkeros mal encarados y cruzo la puerta del bar el Eslabón Prendido.

El zaguán largo era el abrebocas de un gran salón con piso de mineral rojo, paredes amarillas, aljibe en el fondo, banderas de Cuba y Puerto Rico, un gran letrero en rojo y azul que decía Medellín y mesas de cantina. Allí solo sonaban, con escrupulosa selección, sones, boogalooes y salsa del más fino gusto.

Una cerveza y el maestro empieza a hablar de salsa. “Es uno de los géneros más exigentes de la música popular”. Cierra los ojos junta las manos, las armonías bien elaboradas, lo arrebatado del ritmo, lo emocionan, sus ojos, ya encapotados (se levantó a las 3:00 de la mañana a estudiar), brillan de emoción cuando dice que ha estado en proyectos de música antillana, “y de la mejor, la salsa”.

Nadie sabe que el Director de la Filarmónica de Medellín está de fiesta en el Eslabón Prendido. Detrás de él una mujer, cerveza en mano, da vueltas y vueltas bailando un son, y el hombre de sombrero y cabello largo, blue jean forrado y camiseta por dentro, como traído del pasado para esta escena, la mira con lujuria.

Se paga la cuenta y la calle está más llena. Los pequeños grupos se agolpan contra las paredes. Unos toman cerveza, otros vino y a la mayoría les sale humo de las manos. Alberto mira alrededor mientras cruza Girardot como para bajar al Palo, “nunca había venido por acá”. El director está maravillado, lo único que le molesta son “los 82 decibeles de sonido que hay en los bares. Es mucho, mi oído no está acostumbrado”.

Salir con Alberto Correa al centro fue llevarlo tomado de la mano, sin que supiera, al mundo de los recuerdos, así como cuando Borges relataba sus diálogos con apariciones de su misma figura, pero más joven.

Al entrar al Bar Monroe, un cuarto de cinco por cinco oscuro al que solo entra luz por las rendijas de una ventana, pues la puerta está atiborrada de muchachos de pelo largo, tatuajes en los brazos y ropa negra, el músico se lleva las manos a la cara y dice: “The Beatles, la música de ellos, para mí, es como cualquier obra clásica. Queen, Freddy Mercury era un loco, pero se rodeó de excelentes músicos”.

Y el maestro cuenta con cierto dejo de orgullo que ha hecho obras en tributo a esas dos bandas inglesas. De fondo, mientras habla y recuerda fechas y lugares con exactitud, sentado en la barra, al lado de un muchacho de camiseta negra sin mangas, que dejan ver un tribal que le tapa todo el brazo, sentencia: “el rock es arte”.

La música le recuerda el tiempo de la posguerra.  “Fui de esa generación y el rock que hacían los Beatles hablaba de eso, por eso la sentía”.

Ahí sentado, Alberto se devuelve a su niñez por las calles de Ayacucho, y sus ojos conmueven hasta lo hondo cuando dice, “y llegué a la música por un castigo del colegio, por eso salí tarde, y en mi salida me encontré con el ensayo de un coro, quedé estupefacto”, en ese momento alza las manos y se queda sumido el tiempo, quieto, “empecé a ensayar y a los seis meses ya tocaba piano”.

Atrás queda el rock y su estridencia. Llega la última estación, La Boa. Se respira bohemia pura y él lo detecta. “En mi tiempo no se estudiaba música porque eso dizque era de vagos”.

Suenan los tangos, el maestro toma un trago de cerveza, “que belleza, aquí se hicieron unos tangos bellísimos”. La vez que él leyó las partituras de Por una cabeza, quedó perpeplejo ante la hermosura de esas armonías. “Somos tangueros”.

Una muchacha no mayor de 23 años sale del bar y se queda mirando al maestro con un aire de coquetería, le sonríe, él tiene experiencia y sonríe también, es un hombre sensible. “Me conmueven la belleza, los amaneceres, mi familia, pero sobre todo cuando dirijo mi orquesta. Aún siento miedo —se lleva las dos manos al corazón— cuando salgo a un escenario”.

Una noche de excesos. “Tengo que comentarle a mi esposa. Hace muchos años, cuando era joven, salí de rumba con unos amigos, fuimos a una finca, compramos varias garrafas de aguardiente y ron, nos tomamos solo un trago”.

De todos los bares, saliendo, el maestro alzaba la mano y se despedía de meseros y administradores. “Quiero que ponga esto ahí: para mí, toda persona que es capaz de unir dos notas musicales es un verraco”.

Una figura la música clásica

El maestro Alberto Correa es fundador y director de la Orquesta Filarmónica de Medellín, también lo es del Estudio Polifónico de Medellín. Es graduado de la Universidad de Antioquia y además de músico profesional también estudió Medicina y Filosofía.

Hasta el momento, Correa ha dirigido más de 3.000 conciertos y dice que todavía le da susto cuando se va a presentar.  En su recorrido por la música ha experimentado con diferentes ritmos populares como el rock, la salsa, el bolero y el vallenato. De todo el trabajo realizado se tienen 14 discos.

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