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El silencio del novelista

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El fantasma que rodea la literatura de Tomás González es el silencio estancado en el interior de la muerte, es el tiempo de los cangrejos armadura,  es la luz profunda del mar, es la lucha contra el dolor y el caos. Su obra es un espectro que para muchos ha conseguido llevar lo humano más allá de la especie, hacia una vida prometida donde lo no dicho nos revela por fin una parte de su misterio.

Tomás González parece un hombre que vive en un mundo misterioso. Es amable, pero taciturno, como si quisiera reducir la lengua misteriosa y dolorosa a sus cuentos o novelas. Tal vez así consigue transformar todo en palabras suyas. Esto se comprende al saber que desde su llegada a Colombia prefirió cambiar el frenesí de Nueva York por la tranquilidad que concede la naturaleza de Chía y ahora de Cachipay, en la sabana de Cundinamarca.

Pero su mundo por estos días está en el centro de Bogotá, algo que parece no obstaculizar su trabajo diario de escritor en las mañanas y traductor en las tardes, como lo delata la computadora portátil en la sala del apartamento. Está terminando el primer borrador de su siguiente novela, una tragedia ambientada en el golfo de Morrosquillo, ese balneario entre Sucre y Córdoba que ha seguido visitando con los años.

Ahora con su novela “La luz difícil”, Tomás González logra crear una atmósfera donde la vida y la muerte se funden en un estado doloroso del que siempre se ha debido levantar el Hombre; es allí donde el arte funciona como el arma blanca para enfrentarnos al caos y el dolor encarnados en David, también de 50 años, paisa, artista y amante de la naturaleza, quien vive junto a su familia la tragedia que significa tener una cita programada con la muerte y, aun así, tener que seguir con vida.

En “La luz difícil” el novelista logra traducir una parte del ser espiritual que habita en el lenguaje misterioso y doloroso del mundo, el cual es soportado gracias a la existencia de la música, la pintura y las letras. Eso se justifica en la narración que, en primera persona hace David de una parte de su vida, la más dramática: saber que no sólo perderá a su hijo Jacobo sino que también se apaga la luz de sus ojos, la luz de la pintura.

Y aunque “cruel es el lugar común de que la esperanza es lo último que se pierde” también ocurre a veces que puede llegar a ser lo primero en recuperar, como lo demuestra la narración de este relato donde la escritura es una esfera un tanto diferente de las demás artes, por ser su medio el lenguaje, algo que compartimos con los demás.

Esta técnica la ha trabajado González desde niño, cuando empezó a escribir poesía, pasó por los terrenos movedizos del cuento y ahora la novela, “y no he parado de escribir desde entonces”. Sin embargo, le ha tocado trabajar en otras cosas para sobrevivir.

En Estados Unidos logró conseguir un trabajo de medio tiempo que le permitía escribir en las mañanas; también dice que los temas de sus obras aparecen de repente, por eso permanece atento como una montaña viva. “Eso es lo único que hay que hacer: estar pendiente de lo que uno va mirando y cuando uno menos piense ya dio con la idea para un poema o para una novela, pero es algo bien misterioso. Es una cosa que no depende de la voluntad”.

Por eso prefiere que la confección de sus obras sea en complemento con el lector. Dice no saber mucho de lo concreto de sus cuentos: “En ‘Víctor viene de regreso’ sé que hay una escena de violencia, pero yo tampoco sé mucho, porque ese es el juego: escribirlo sin saberlo todo”. Su esperanza es que cada lector forme un cuadro completo, que trate de adivinar lo que ha pasado con las pistas que arroja la historia.



Diálogo con el maestro

¿Cómo le gusta que sea leída su obra?

—No me interesan los lectores que leen para distraerse, sino aquellos que participan en la creación de la novela o el cuento, es decir, toman los datos que se van dejando y ellos mismos forman la historia. Es un lector muy distinto de los lectores de novelas comerciales, es un lector más difícil de complacer y exigente con el escritor. Eso para mí es más interesante. Gracias a que existe esa clase de lectores es que me interesa escribir. García Márquez atrapa al lector, lo toma por el cuello, pero es un maestro muy hábil, él escribe para los dos lectores. En sus obras hay un subtexto que si uno es buen lector puede empezar a leer y con mucho gusto.



¿Por qué ese cambio de la ciudad al campo?

—Siempre pensé en regresar a vivir a Colombia. Nos vinimos un poco antes de lo que esperaba, por enfermedad de mi esposa, pero la idea mía siempre ha sido volver y no a la ciudad, sino al campo. No tenía sentido venirme de Nueva York a Medellín, hubiera sido pérdida. En cambio, llegar de Nueva York al campo de Chía (Cundinamarca), a la Sabana, eso fue todo ganancia. Regresar al campo en Colombia es una maravilla.



¿Se considera un escritor romántico?

—Creo que hay bastante romanticismo en mis obras. Y aunque el motivo de regresar antes de tiempo fue triste, sentirme otra vez en Colombia, vivir las montañas, los colores y oír el español por todas partes me dio mucha alegría.



¿Literariamente cómo fue ese proceso de cambio?

—Lo curioso es que estando en Nueva York escribía sobre Colombia y ahora que estoy acá empiezo a escribir sobre Nueva York. Por lo mismo, el cambio ha sido muy interesante porque, literariamente estoy viviendo, o por lo menos para esta novela, en Nueva York estando en Cachipay y estando en Nueva York viví mucho tiempo en Colombia.



¿Es valiosa esa distancia para el escritor?

—Creo que esa distancia es valiosa aunque no indispensable. Eso de que hay que tener perspectiva es cierto. Si uno vive tanto tiempo fuera alcanza a ver el país con ojos que nunca tuvo, porque hay cosas a las que uno se acostumbra y termina por no apreciar.



¿Ahora cómo ve al país?

—Es un país que tiene la misma belleza y el mismo horror de las épocas en que comencé a escribir. En eso no parece que hubiéramos progresado. Es la misma violencia con el mismo esplendor de paisaje, la alegría de los colombianos a pesar de todo lo que nos toca vivir.



“La luz difícil”

¿Qué piensa con respecto a la diferencia entre los Caniz zombis familiaris neoyorkino y el Canis lupus familiaris? (que se pregunta el mismo David en la novela) Por fin.

—La diferencia es que los perros de acá son mucho más resistentes, se comportan más como un perro a diferencia de los de allá. Los perros de allá están castrados, como dice la novela, muy domesticados, no tienen chispa. Los perros que he tenido acá son indomesticables, tienen mucha cancha, esa que traen de generaciones, tienen el instinto muy despierto de defenderse solos, sin amo, en cambio los de Nueva York sin amo quedan completamente inermes, sin defensas. Esos perros míos de acá son libres y obedecen cuando les da la gana.



¿Lo mismo ocurre con el colombiano?

—Lo que creo es que la naturaleza acá está más asequible, más cerquita de todo el mundo. En Nueva York hay que hacer toda una maroma para llegar a un maizal o a una vaca. Los perros de allá no conocen sino parques.



En su obra también existe otro personaje que se repite, el cangrejo armadura, ¿qué significa para usted?

—Para mí son símbolos de lo abismable que es el tiempo, de cómo ellos están idénticos desde hace millones de años. Uno da gracias a Dios de que no sean grandes; imagínese encontrarse con uno de ellos del tamaño de una vaca. Es para salir corriendo. Son muy raros y creo que a David le pasa lo mismo, los ve como un símbolo del abismo que es el tiempo y así trata de pintarlos, casi negros, identificándolos con la oscuridad.



Explíquenos esa dualidad que existe entre la oscuridad y el sonido en su novela…

—Me parece que a los ciegos se les empieza a agudizar la audición. Cuando uno se queda ciego el cuerpo empieza a compensar y adquirir más habilidades de forma sonora, entonces casi que hay una transmutación de luz con el sonido. Lo que antes era luz y forma sigue siendo forma, pero ahora como sonido. Entonces ya no es difícil hablar de la luz del sonido. Cuando uno lo piensa así deja de ser tan metafórico.



¿Entonces qué es lo que le queda a David?

—Esa luz difícil que va quedando junto con el espíritu. Ahí es donde uno empieza a moverse y a tocar como elementos místicos en David.



¿Es la pintura acaso una manera de negación a la muerte?

—Me imagino que sí. Para Borges la escritura debió ser una manera de luchar contra el vacío de la ceguera, esa prosa tan hermosa que él tiene, tan llena de luz, completamente iluminada, espaciosa y transparente a mi modo de ver. Creo que no exagero con eso.



¿Y en el caso de David?

—Es contra la muerte y el caos. El arte le da forma al caos. El arte es la herramienta que la gente tiene para defenderse. Eso se ve muy claro en Rembrandt o en Goya. Goya pudo defenderse del horror con esas pinturas. El haberle dado forma al caos fue lo que le permitió respirar y evitar que lo aniquilaran y en David es parecido. Él se defiende de la muerte del hijo pintando el cuadro del ferry,  esa es su lucha contra la muerte y el caos. De  manera que cuando logra terminar la pintura, ésta coincide con la muerte de Jacobo (su hijo) y así logra escapar de ese agujero negro y sobreponerse.



Sin embargo, él decide no conservar el cuadro, ¿es acaso el arte también una forma de materializar el dolor y poder dejarlo atrás?

—Sí. Quedarse con él sería como cargar con una lápida. El cuadro es demasiado fúnebre por lo que significaba. A pesar de que simbolizó la redención del dolor haber logrado el cuadro en ese momento, al mismo tiempo tenerlo en la casa sería como tener la foto de los difuntos ahí, puesta, por eso decide salir de ella y dejarla en Boston.



¿Qué otra arma podría existir contra esa luz difícil?

—La otra salida es el misticismo, para la gente que tiene ese privilegio; la filosofía, la ciencia son actividades que le permiten a uno tener la dimensión completa de lo que es la muerte. Y ya con eso es menos agobiante si uno logra entender que la muerte es sólo una manifestación intensa de la vida. Pero la novela también alcanza a tomar esa segunda salida a la muerte con Michael, el muchacho paralítico que describe su tragedia en un lenguaje científico, médico. Michael celebra la muerte de su amigo Jacobo porque piensa hacer lo mismo, suicidarse. Ambos están de acuerdo que no valía la pena sufrir tanto.

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