Publicidad
Publicidad

Indicadores económicos
2016-12-09

Dólar (TRM)
$3.002,80
Dólar, Venta
$2.900,00
Dólar, Compra
$2.850,00
Café (Libra)
US$1,57
Euro
$3.170,65
UVR, Ayer
$242,34
UVR, Hoy
$242,32
Petróleo
US$51,50

Estado del tiempo
2016-12-10

marea

Marea min.: -15 cms.

Hora: 00:49

Marea max.: 24 cms.

Hora: 08:19

Dirección viento: Variable

Intensidad viento: 5 a 15 kms/h

Temp. superficial del mar: 26 ºC

oleaje

Cartagena-Islas del Rosario: 0.8 a 1.3 metro(s) de altura

Estado

estado
Mín. 26 ºC
Máx. 29 ºC

Pico y placa
2016-12-09

Hoy no salen los vehículos con placa:

Vehículos Particulares

De lunes a viernes 7 a.m a 7 p.m

1 - 2
Taxis
9 - 0
Motos
S/M

Héctor Abad: los poetas también montan bicicleta

-A A +A
 

La palabra la pone entre comillas. “Un ‘poeta’ en bicicleta”. Por el correo no se puede ver la cara, pero ojalá tenga una sonrisa burlona.

“Poeta”, entre comillas. Quizá tiene que ver con lo que Héctor Abad escribió en el prólogo de su libro de poemas Testamento involuntario: “De todos los géneros literarios, el que yo más quiero es la poesía. Como lector es el que más frecuento; como escritor, el que mas temo”.

Todo empezó cuando estaba pequeño, cuando tuvo un primer amigo con el que escribía poesía. La suerte del amigo fue la muerte. La de Abad, abandonar la poesía y refugiarse “en la serena superficie de la prosa —continúa en el prólogo—. De vez en cuando, sin decírselo a nadie, y sólo cuando no podía evitarlo, he escrito poesía. Lo he hecho con miedo, como quien sufre de vértigo y se asoma al vacío de un acantilado”.

Héctor Abad tiene publicados varios libros y escribe cada domingo una columna de periódico.

Sin embargo, este Testamento involuntario es su primer libro de poemas. Quizá por eso las comillas, los poemas y el mismo Testamento. Por eso las palabras de Alberto Caeiro antes de comenzar el libro, a manera de epígrafe: “No tengo ambiciones ni deseos./ Ser poeta no es una ambición mía./Es mi manera de estar solo”.



Aunque sea involuntario, ¿este libro es realmente un testamento?

—Uno puede esforzarse por escribir un cuento o una novela, pero forzarse a escribir poesía es una bobada. Eso no sale a la fuerza. Por eso los poetas sienten que hay una voz que les dicta. Yo no sé si alguna vez volveré a escribir poesía porque no sé si volveré a oír esa voz que resuena con ciertas palabras en mi cráneo. Por eso se llama testamento: porque pueden ser “los últimos versos que yo escriba”; en ese sentido es un testamento literario, no material, pues no dejo ninguna herencia. Y es involuntario porque, precisamente, nada hay más involuntario que la poesía. De nada sirve ponerle voluntad a la poesía: o uno recibe el don de unas palabras, o no lo recibe. El título alude más a mi muerte como poeta que a mi muerte total. Este libro es lo que dejo como poeta, o como supuesto poeta. En un escrito empezó así: “Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio”.



Con este testamento, aunque sea involuntario, ¿está pensando en ese riesgo profesional?

—Sí, entre otras cosas. Siempre he sentido que la poesía, al conectarme con lo más hondo de la existencia, me acerca a su negación, a la muerte. En poesía conviene no mentir, ni mentirnos; a un poeta siempre hay que exigirle la verdad, y la verdad es que la muerte está en el horizonte de todos. Ahora, la muerte suele ser involuntaria, casi siempre, e incluso indeseada. Pero hay un misterio en esa muerte voluntaria que muchos poetas se han dado: Silva, von Kleist, Plath, Pizarnik, tantos otros… Yo tengo la sensación de que este es un oficio arriesgado para el deseo de seguir viviendo porque nos conecta con lo absurdo, con el dolor esencial de la existencia; sin embargo, no tengo intenciones de matarme por ahora; para empezar, sería muy mal hecho con mis hijos y con mi madre, que no se merecen esa bofetada.



En el prólogo señala que le tiene temor, incluso miedo, a la poesía. Publicar, ¿es enfrentarlo?

—Publicar este libro es superar esa superstición: creer que escribir poesía mata.



¿Cómo se forma o se formó lo poético en sus escritos?

—Es difícil saber de dónde viene un poema, así como es difícil saber de dónde viene una idea matemática, o pictórica, o arquitectónica. La lectura de otros poetas te da algo, o mucho: buen gusto para reconocer si alguna ocurrencia propia puede valer la pena o si lo mejor es descartarla. Uno no está de acuerdo con todas las ideas poéticas que se le ocurren, ni debe estarlo, porque por lo general son malas ideas: cosas que otros ya dijeron bien o mal (lugares comunes trillados), caídas en lo obvio, o en lo sentimental, o en lo prosaico. Creo que el buen poeta debe tener tan buen oído como un músico: un poema se oye, más que pensarse o entenderse, aunque por supuesto el sentido también importa: algo resuena con fuerza en las paredes del cráneo y uno siente que no se puede decir de otra forma que no sea así; al menos no con la misma eficacia para transmitir con fuerza la idea, con inmediatez, con una imagen que se imprime con claridad, como una iluminación. La poesía es intraducible por eso: porque es las palabras con las que está hecha; esas y no otras. No hay sinónimos en poesía.



La poesía, dice, como género, es su primer amor. De todas maneras uno la encuentra en su prosa...

—Cuando me daba pena ser poeta (y todavía finjo serlo con algo de vergüenza) seguía una receta de Cioran: disolvía en prosa lo que se me había ocurrido en tono (ritmo, cadencia, temperatura) poético. Hay incluso un libro, Tratado de culinaria para mujeres tristes, que escribí inicialmente en verso (endecasílabos y heptasílabos), pero después lo disimulé en prosa. Esta es la primera vez que me atrevo a escribir, o mejor, a publicar, poesía sin disimularlo.



Cuando uno lee los poemas da la sensación de que si bien uno no encuentra a Héctor Abad en sus novelas, en la poesía sí es usted.

—Si uno miente en poesía, se le nota más que en cualquier otro género literario. En la poesía no se puede mentir, ni dar rodeos, ni engañar. Eso no quiere decir que haya que escribir, como se dice, con el corazón expuesto, o con las vísceras en la mano. Un cierto pudor es necesario para no caer en el descaro de lo obsceno. Pero al mismo tiempo hay que ser descarnado, franco. Algunos poemas tuve que sacarlos por demasiado francos; y quedan otros en que es posible que se me haya ido la mano. Es difícil saber cuál es la dosis de franqueza aceptable tanto en la vida como en la poesía. En todo caso este testamento es un libro muy íntimo, muy familiar incluso. No sé escribir de otro modo, porque no soy un poeta épico, ni lírico, sino cotidiano.



Uno mira la biografía de Héctor Abad y la lista es larga: periodista, escritor, crítico literario, columnista, poeta. ¿Cómo ser tantas cosas al tiempo?

—Hay un común denominador en todo eso: un bolígrafo, un teclado, una pantalla, una hoja en blanco, una hoja impresa. Son puras palabras y nada más: siempre la misma cosa: más bien me siento monótono, obsesivo, dedicado a un único oficio que (además) nace de una actividad pasiva que genera todas las anteriores, y es la más importante: la lectura. No soy muchas cosas al mismo tiempo: soy una antena que capta palabras e historias en mi cabeza y en la calle, en mi familia y en las casas ajenas. Las capto y las repito, dándoles un orden, nada más.



Los poemas los tenía escritos en cuadernos y papeles dispersos, cuenta en el prólogo. ¿Dónde los tenía guardados? ¿Quiere decir que estamos leyendo, incluso, poemas de hace mucho tiempo?

—Hay poemas que tienen 15 años. Tengo un baúl lleno de cuadernos. Hace poco tuve que abortar una novela que ya estaba prácticamente lista (Antepasados futuros). En ella me refería a algunas personas reconocibles en Medellín, que no querían ver su vida expuesta en un libro, ni siquiera de ficción. Quizá se me fue la mano. Cuando dejé esa novela guardada en el mismo baúl del que le hablo, pensé que era el momento de rescatar algo de mis viejas palabras ahí guardadas en cuadernos viejos y menos viejos. Este libro tiene algo de reemplazo: cambié esa novela que saldrá póstuma, por poemas. Además, en los últimos años se había despertado en mí algo que estaba medio dormido desde la adolescencia: palabras que se juntaban con cierta sonoridad y cierta temperatura. Con lo viejo y lo nuevo, más la ayuda de un amigo (editor y poeta él mismo, Mario Jursich, el director de la revista El Malpensante), pude armar este libro”.



¿Por qué los poemas desesperados?

—Hay poemas esperanzados y poemas desesperados. ¿Por qué? Porque yo, como todos, he experimentado la esperanza y la desesperanza. La vida está compuesta por ambas cosas. La poesía, cuando es desesperada, ayuda a superar esa sensación de sinsentido: y si no ayuda, por lo menos se entiende más y mejor, y entender los motivos hondos del desespero, consuela, por paradójico que suene.

Notas recomendadas
Publicidad
Publicidad
2329 fotos
64166 seguidores
Exprese su opinión, participe enviando sus comentarios. Las opiniones aquí registradas pertenecen a los usuarios y no reflejan la opinión de www.eluniversal.com.co. Nos reservamos el derecho de eliminar aquellos que se consideren no pertinentes. Consulte los términos y condiciones de uso.

Para enviar comentarios Inicie sesión o regístrese