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A la dirigencia colombiana le falta visión y generosidad: William Ospina

El galardonado escritor tolimense siente apasionamiento por las letras, la música, la filosofía y la política, pero jamás imaginó que dedicaría su vida a la literatura: pensó más que iba a ser abogado.

El dolor y la tragedia que por años han bañado a Colombia se deben, en parte, a la falta de visión y generosidad de nuestros dirigentes. Así lo indicó a El Nuevo Día el maestro William Ospina, en su más reciente visita a la Capital Musical de Colombia.

Durante su corta estadía, para recibir la exaltación a los Valores Humanos, en el marco del Festival de la Música Colombiana, la pluma tolimense manifestó que al no dar a nuestro país la oportunidad de mostrar cuán generoso y rico es, “lo obligaremos a comportarse como un gato enjaulado”.

“Pienso que con un poco de sinceridad, de vocación, de justicia y sabiendo que este país debería ser para todos y no para unos cuantos, es mucho lo que podemos lograr”, advirtió. Sumado a ello, indicó que estamos infortunadamente en manos de dirigencias mezquinas.



¿Cómo sueña a Colombia?

—Voy a utilizar la metáfora de la música... El Tolima e Ibagué han querido siempre símbolos de una vocación musical de Colombia y yo creo que las soluciones que este país necesita son soluciones musicales, soluciones de armonía, de diálogo, de equilibrio y de partitura compartida, porque hasta ahora cada quién tiene una partitura particular y crecimos en una sociedad en la que vivimos en una lucha permanente de todos contra todos, y aquí de lo que se trata es de buscar las soluciones que nazcan de la convivencia, del equilibrio, del diálogo, de la solidaridad y el trabajo compartido; por tanto, creo que la música nos puede servir mucho en ese proceso y creo que Colombia, más allá de lo áspero que uno puede ver en su superficie, de los conflictos y la tragedia enorme que ha vivido y tanta gente postrada en la pobreza, es generosa.



¿A qué atribuye la situación del país?

Colombia es un pozo de dolor bastante grande y yo atribuyo esa tragedia a la falta de visión y generosidad de nuestra dirigencia que no se ha propuesto crear un país en donde quepan todos, y donde todos tengan dignidad y oportunidades. En la medida en que se dé ese nuevo liderazgo que nos permita abrir horizontes de dignidad y acción a miles de talentos, a millones de personas capaces de dar, quienes no son pobres, sino que no logran expresarse y encontrar una oportunidad de manifestarse, descubriremos que es un país mucho más grande y que esa red de discordias, en la que se encuentra hasta ahora, se puede acabar.



Maestro, usted recientemente escribió una columna de opinión en defensa del excomisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, ¿realmente lo cree una víctima?

—No fue para mí una reflexión de tipo jurídico; siento que era un debate político, más que otra cosa, y de todas maneras en una sociedad como la colombiana, donde hay tantas tragedias, injusticias y problemas de fondo, a mí no me parece que sea razonable entrar a formar parte de un bando y a jugar al viejo juego colombiano de que los problemas de Colombia se resuelven linchando o castigando a alguien; creo que el problema es mucho más profundo, porque el debate jurídico aquí tendría que abarcar a mucha gente para que sea verdadero.

Cuando se convierte en el juicio de una persona y en el olvido de las responsabilidades de los otros, no veo que haya suficiente equilibrio; por ejemplo, del anterior gobierno fue muchísima gente la que estuvo vinculada a esa administración que tuvo responsabilidades grandes; algunos de ellos de repente se convierten en los grandes delincuentes o son vistos como los grandes culpables, y los otros que tenían tanta responsabilidad ahora son los grandes inocentes y más bien los que auspician esa descalificación y, si se quiere, persecución, entonces yo digo que miremos la cosa en su conjunto.

Yo nunca he pensado que es el castigo sobre los individuos lo que corrige los grandes dramas históricos. Aquí hay que preguntarse cuáles son las causas profundas de tanta violencia y no creo que el señor que ayudó bien o mal a desmovilizar unos paramilitares sea más culpable en este país que los que auspiciaron el paramilitarismo.



¿Piensa que los testimonios que lo incriminaron fueron amañados?

—No lo sé. Es una decisión que deben tomar los jueces, pero en el caso del excomisionado Restrepo, la sensación que yo tuve es de que todo el mundo había decidido que era culpable antes de juzgarlo.



¿Comparte su decisión de pedir asilo?

—Como todo el mundo había decidido declararlo culpable antes que los jueces dieran el veredicto, casi que me pareció que tenía razones para buscar refugio, porque si la sociedad estuviera pacientemente esperando a que los jueces dieran el veredicto, la sociedad estaría de verdad respetando la justicia, pero cuando todo el mundo ya asumió esa culpa y dio un veredicto al respecto, siento que lo que hay es un apasionamiento de otra índole.



¿Qué rechaza de la forma de gobernar de Uribe y de Santos?

—Siento que en ambos casos lo más criticable es que no gobiernan con un proyecto de país sino con el proyecto de un sector de la sociedad. Me parece que Santos representa la vieja aristocracia terriblemente egoísta, que ha manejado este país durante dos siglos, y que Uribe representa a un sector poderoso más nuevo, aunque no más generoso.

Lo que me pregunto es dónde está la sociedad, que no está aquí buscando sus mezquinos intereses particulares o de grupo, sino el interés de la comunidad, dónde está el esfuerzo por que la gente viva bien, por dignificar a la comunidad, donde está el esfuerzo por hacer una gran campaña de creación verdadera de empleo para arrebatar tantos miles de jóvenes a la violencia, jóvenes a los que los únicos empleadores que tienen es el narcotráfico, la guerrilla, los paramilitares, y la delincuencia, porque no encuentran campo de acción en el orden de la civilización. Cuando resolvamos ese problema, tendremos una verdadera dirigencia y hasta ahora estamos, infortunadamente, en manos de dirigencias mezquinas.



¿Por qué piensa que los conflictos entre Uribe y su anterior escudero, Santos, podrían desatar la nueva violencia en Colombia?

—Porque en Colombia, aunque ellos no se lo propongan, los desacuerdos entre las élites siempre terminan produciendo un desangre entre las comunidades; el pueblo colombiano, a veces ingenuo y dócil, se deja fanatizar muy fácilmente... Que tenían que ganar los pobres liberales y conservadores con los años 50 y ellos pusieron a los victimarios y a las víctimas, mientras que los jefes de ambos partidos se abrazaban en los clubes; entonces, de qué le sirve a Colombia tanto odio y tanta prédica de odio. Yo siento que es hora de que el pueblo colombiano, la comunidad inteligente del país acceda a la modernidad que supone desconfiar de sus fanatismos y piense más en cuáles son las soluciones que engrandecen al país.



Muchos de los problemas del país están relacionados con la droga. ¿Usted es partidario de que se legalice?

—Yo más que ser partidario, lo que pienso es que no hay otra manera de arrebatarle todo ese poder a las mafias. La droga es ya un hecho de la cultura y de la civilización.



¿Por qué?

—Hay que preguntarnos por qué esta época hace que tanta gente necesite drogas y estimulantes; a lo mejor el orden de la sociedad y la educación misma conducen a la gente hacia esa necesidad creciente de su fe en sí misma de que termina necesitando estímulos de tipo artificial; lo único que veo es que la droga no es un invento como casi nunca los grandes fenómenos de mercado de unos productores, algo en la civilización crea consumidores. Por qué no interrogar a la civilización, qué es lo que hace que la gente esté buscando tantas vías de escape o de afirmación psicológica a través de las drogas, y si esas cosas ya forman parte de la cultura y del orden material de la civilización, pues entonces por qué dejarla en manos de las mafias, que lo único que producen es sangre y violencia; por qué no hacen que los estados sean los que manejen estos mercados y destinen esos recursos a la prevención, desintoxicación y educación, porque mientras semejante negocio tan descomunal esté en manos de seres sin escrúpulos y violentos las sociedades se van a descomponer cada vez más, entonces más que una adhesión a un modelo es un hecho al que nos estamos viendo obligados.

La despenalización de la droga es una obligación de la sociedad porque lo otro, la prohibición, lo único que ha hecho es estimular y hacer crecer el negocio. Entonces, que se le convierta en un problema de orden público y en una alianza, no en un problema de policía.



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