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“Umaña llegó en la mejor etapa de mi carrera actoral”

A Diego Trujillo lo vemos noche a noche como Patricio Umaña, el empresario ‘cachaquísimo’ que tuvo que huir de la capital del país, junto a su familia, luego de incumplir su compromiso de traer a Lady Gaga al país, por trabas burocráticas que hacen que fracase en su intento.

Umaña, acosado por proveedores, patrocinadores y seguidores de la artista, escapa con su refinado núcleo familiar hacia un particular pueblo de la Costa colombiana, teniendo como única opción hacerse pasar por una familia lugareña, por lo que lo vemos en la historia tratando de imitar la jerga propia costeña, pero exagerada.

Aunque todos sus ‘erdaaa’, ‘no joda’ y ‘eche’ son forzados e imitados por su personaje, curiosamente en la vida real Trujillo, aunque es oriundo de Bogotá, tiene mucho de la cultura Caribe, pues gran parte de su familia nació y forjó raíces en esta región colombiana, cosa que lo hace considerarse como una persona “mitad cachaca y mitad costeña”.

Además de que este primer protagónico llega a Diego como una oportunidad para mostrar una vez más ese amor que profesa por la tierra que vio nacer a sus ancestros, este trabajo también lo lleva a cabo en el mejor momento de su carrera.

Según él, este es el punto de su vida en el que se siente con una “madurez” actoral que ha conseguido con más de 16 años de trabajo, que forjó a partir del momento en que, siendo un arquitecto consolidado, decidió dejar su profesión y aprovechar su talento y su pasión por actuar.

El bogotano nos habló de este período tan especial que vive, recordó su primer contacto con el público, reveló detalles de su intimidad y sobre esta experiencia de encarnar a uno de los personajes que lidera el rating de la televisión colombiana.



Preguntas y respuestas

Háblenos de su personaje, ¿cómo describiría a  Patricio Umaña? Es lo más parecido al Quijote que yo he conocido, ambos son unos seres idealistas, soñadores y optimistas y así enfrentan la vida. A Umaña todo le sale mal, pero él no pierde el optimismo.

—Es un hombre que ama a su familia, honesto y transparente y que quiere demostrar que ha tratado de hacer las cosas bien, a pesar de la adversidad.

¿Cómo lo preparó?, ¿qué tuvo en cuenta para acercarse a la interpretación que deseaba?

—Fue muy importante ensayarlo (a Umaña) con el director, Luis Orjuela y el elenco, e irnos conociendo poco a poco de manera que fuéramos adoptando ese par de extremos que son: la manera de ser costeña y la manera de ser cachaca en televisión. Entonces lo primero fue trabajar en el acento por supuesto y exagerar el cachaco para contrastar con el costeño. Así mismo, trabajé en la actitud corporal y oí mucho a los costeños, además de dejarme asesorar por ellos.

¿Qué tan cercano es a la Costa en la vida real?

—Casualmente soy muy cercano porque la mitad de mi familia es costeña. Mi abuelo, Manuel Antonio Dangond Daza, era de Villanueva, Guajira. Y la otra parte de familia es cachaca. Yo soy mitad cachaco y mitad costeño.

Teniendo raíces en esos ‘dos mundos’, ¿qué piensa de esa supuesta ‘guerra’ entre costeños y cachacos?

–No creo que haya una guerra. Yo como cachaco admiro a los costeños… su alegría, sus ocurrencias y su manera de ser. Pero al mismo tiempo, cuando están fuera de contexto, con su vallenato a todo volumen, por ejemplo, puede ser molesto. Pero también esa manera tan cachaca a veces, como tan cerrada y fría, contrasta mucho con la costeña y viseversa. Ahí se presentan roces, pero no creo que haya un cachaco al que no le gusten los costeños.

¿Cómo le fue con la cuestión del acento y el dialecto costeño, pero exagerado?

—Claro no pretendemos ser costeños realmente, sino que queremos fingirlo, así que cualquier equivocación es válida.

¿Siente que esa realidad del entorno familiar de Umaña ha llegado al corazón de los colombianos porque se asemeja a lo que viven algunos hogares en nuestro país?

—Se ven reflejadas muchas familias colombianas. Lo que más me gusta es que detrás de todo esto hay una historia dramática y es la del desplazamiento.

Al interpretar a una familia que pierde todo y tiene que salir corriendo de su lugar de origen, refugiarse en otro y cambiar de hábitos, ambiente cultural, amistades y de relaciones, estamos tocando una realidad de muchos hogares en Colombia.

Lo que pasa es que presentamos esto con mucho sentido del humor, pero en el fondo siento que por eso vamos a tener una gran identificación con la historia, porque finalmente todos somos colombianos y todos somos cercanos a las distintas regiones, de alguna manera, nos conocemos y estos sucesos no son ajenos a nuestra realidad.



Su encuentro con la actuación

La primera vez que se encontró con este arte fue en el grupo de teatro de su colegio. Era un joven tímido, pero pararse en el escenario en aquella época lo seducía profundamente, especialmente porque tenía la oportunidad de expresarse con la excusa de tener un personaje.

Sin embargo, estudió arquitectura para seguir los preceptos de una sociedad que no veía bien que una persona estudiase o tomase como carrera la actuación.

¿Cómo fue esa experiencia con el teatro mientras estaba en el colegio?

—Había un festival cultural anualmente y en cada uno había una presentación de teatro. Yo hacía parte de todos los montajes. Me llamaba mucho la atención el teatro, el escenario, los espectadores, como a quien le llama la atención un lienzo y un óleo desde que tiene uso de razón

Recuerdo mucho la obra de último grado que se llamaba: ‘Afuera lo estrangulo’ y el personaje que interpretaba era el director de un periódico que era muy divertido, era un homosexual y andaba con un perrito siempre bajo el brazo.

Termina esa etapa y ¿por qué opta por la arquitectura?

—Era una época en que, para mí, era casi un requerimiento estudiar una carrera clásica y reconocida. El teatro, en el medio que yo vivía y existía, no era una opción profesional. Y como me llamaba la atención todo lo que tenía que ver con la estética, el arte, el diseño del espacio, escogí esa carrera, para darme cuenta más adelante que no era exactamente lo que me apasionaba. Sin embargo, la ejercí durante más de 10 años.

¿Cuándo decide meterse de lleno en la actuación?

—Venía haciendo teatro con la familia de mi esposa en ese momento. Hacíamos montajes a beneficio de ciertas entidades, mientras que ejercía la arquitectura, y en ese proceso encontré a una persona relacionada con el teatro: Jorge Plata, uno de los fundadores del Teatro Libre en Bogotá y él de alguna manera empezó a hacer que me inclinara hacia la actuación, diciéndome que le gustaba como actuaba, que lo debería tomar más en serio y no lo hice con el teatro, hasta que un día un buen amigo mío, que era actor en ese momento (Felipe Noguera) y que sabía de mi afición por la actuación, me sugirió para un personaje de la ‘Maldición del Paraíso’ y ahí empecé. 

¿Cuál fue la reacción de su entorno familiar o de los que lo rodeaban?

—Era una decisión para todo el mundo arriesgada y estúpida, pero para mí era clarísima, me movía una pasión fuerte hacia ella y por eso no fue difícil tomarla. Valió la pena, yo vivo muy feliz con lo que hago desde hace aproximadamente 16 años.

Así como en la edad… ¿también cree que se llega a una ‘madurez actoral’?

—Por supuesto. En la medida en que uno llega a la madurez como ser humano, de la misma manera se llega a la madurez en su oficio.

Exactamente ahí estoy. Como diría el gran comediante, uno que tiene un monólogo que diría: ‘Que desgracia tan infinita’ (él mismo): estoy atravesando por la mitad de la vida en plena madurez.

¿Y cómo puede describir esa madurez actoral en su vida?

—Es un momento en que he acumulado una serie de experiencias tan importantes, que me permiten interpretar unos personajes con convicción y realismo, porque sencillamente he vivido lo que interpreto. Ya no es una invención de la cabeza o una copia de lo que uno ve, o lo que se imagina, si uno sabe que realmente ya ha vivido o por lo menos ha visto el mundo cerca.

¿El personaje que recuerda con más sentimiento?

—Todos han significado mucho en mi carrera pero hay uno que quiero mucho y es el italiano de ‘La costeña y el cachaco’, Simón.



Facetas

Diego es arquitecto, actor, pero también lo hemos visto en otras facetas que ha desarrollado con éxito en el campo de la comedia, con su stand up comedy ‘Qué desgracia tan infinita’ (2008 – 2009) y hasta como presentador del concurso de RCN, ‘El poder del 10’ (2008). ¿Qué más le falta a Trujillo entonces? Pues, al parecer, sólo tiempo porque no descarta regresar a dichos campos, aunque no sería por ahora.

¿Qué más le falta?

—He hecho prácticamente todo lo que me gusta relacionado con este campo: presentador y locutor de radio. Como actor he hecho cine, televisión, teatro, stand up comedy, en fin…

¿Y a cuál de estas facetas planea regresar a corto plazo, incluida la de arquitecto?

—Yo me formé como arquitecto y como tal llevo por dentro una manera de percibir la estética, el espacio y el arte muy particular, entonces no puedo evitar enfrentarme a situaciones donde, por ejemplo, me gusta tener una opinión frente a la remodelación de la casa de un amigo. Pero no me dedicaría de nuevo a eso. Y en cuanto a lo otro, todo lo que tenga que ver con el medio artístico para mí está abierto siempre. Sin embargo, por ahora, este trabajo con Umaña me ocupa el 100 por ciento de mi tiempo.



En la intimidad

¿Usted es tal como aparenta ser Umaña… ese costeño relajado y bacano?

—No soy como Patricio Umaña al 100 por ciento, pero sí soy una persona tranquila, reservada y de alguna manera tímida.

¿Qué otro arte le encanta?

—La fotografía.

Y el deporte…

—Viene y va a lo largo de mi vida, pero me gusta mucho. Trato de mantenerme activo, me gusta correr y montar en bicicleta. Diego Trujillo es un papá… Encantado con ellos. La parte determinante de mi relación con mis hijos (son tres) es el tiempo que les dedico. Trato de estar con ellos lo máximo posible.

¿Enamorado?

—Sí, estoy muy bien emocionalmente con Zharick León (actriz cartagenera).

¿Cómo asume la edad?... ¿Con humor, tal como lo planteaba en su stand up comedy?

—No es algo que me inquiete. Asumo la edad que tengo (51) como una cosa absolutamente natural.

¿Qué hace en sus ratos libres?

Cuando puedo hago ejercicio, trato de no trasnochar mucho y practico un arte oriental que se llama Chi Kung.

¿Cómo conquista o conquistó Diego y cómo lo conquistaron?

—No tengo fórmula. Las cosas se dan naturalmente cuando hay química.

¿Qué tiene de Umaña?

—La alegría y el optimismo.

¿Qué le molesta?

—La injusticia. Que no haya equidad.

Una frase… Ahora gracias a esta práctica del Chi Kung pienso permanentemente en sonreír desde el corazón.

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