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Letras de Sangre con talento cordobés

Los jóvenes de hoy en día piensan en cualquier cantidad de cosas por hacer y son polifacéticos. Sin embargo, pocos piensan en hacer cine y mucho menos de suspenso.

Letras de Sangre es el resultado del ingenio cordobés. Estudiantes de la Universidad Pontificia Bolivariana junto al periodista Carlos Durango dieron rienda suelta a su imaginación y realizaron un corto cinematográfico que fue presentado el sábado anterior en Expocórdoba.
La producción dirigida y escrita por Jean Carlos Lagos, estudiante de arquitectura de la UPB, dejó a los asistentes perplejos.
En el lanzamiento estuvieron Juan José Aristizábal quien trabajó en la adaptación, Diana Dyo Prieto y Juan Sand, quienes protagonizaron la historia y Carlos Durango, quien hizo la realización.

LA HISTORIA
El corto podría resumirse de manera muy corta. Es la historia de dos hermanos que pierden a sus padres y tienen que vivir solos en un apartamento. Ella es una persona estresada y con muchos problemas personales y él es termina obsesionándose con su hermana y es tal el grado de amor y lujuria que decida asesinarla de varias cuchilladas.
Los jóvenes cordobeses logran en poco menos de 10 minutos sumergir a los espectadores en medio de la magia del suspenso que pasó de las letras escritas por el director a la realidad mágica del cine.

RESUMEN DE LA PELÍCULA
A continuación transcribimos la sinopsis de la película entregada por los autores.
Son casi las seis de la tarde. Paula sale de la universidad con su vida a cuestas y camina lento para coger la ruta del bus que la adentrará muchísimo más en la soledad de su rutina.
Mira hacia a un lado. Mira hacia el otro. Saca una mano tímida y con temor para la ruta. El bus es una pequeña salchicha que está medio dañada. Es como blanca y amarilla, y si se cierran los ojos parece como un comestible envejeciendo.
Paula mira adentro. Recuerda a Cortázar y sus instrucciones para subir una escalera. Aplicando la teoría logra subir con dificultad y encuentra un tubo vacío. Ahora la salchicha es hueca. Hace un paneo absurdo con su mirada tardía y se da cuenta que cerca hay un puesto individual desocupado. Es su puesto favorito. Camina con pasos indecisos y temerosos hasta llegar al asiento y se apodera de él.
Cierra los ojos. Mira esas cabezas peludas. Esas voces sordas. Cuántas historias distintas. Cuántas mentes trabajando al mismo tiempo. Cuántas personas que se pasean si un solo propósito más que los necesarios para vivir. O simplemente cuántos no saben si quiera que están caminando, sólo dan un paso a la vez. No tiene ciencia, es un movimiento mecánico. Y ahora ella sentada en una banca de un bus que parece una salchicha, mira esas historias con envidia o con lástimas. Mujeres putas. Otras no tan putas, o sea medianamente putas. Todas iguales pero con olores diferentes, con auras diferentes. Tal vez no tan iguales.
Pasan diez minutos. Paula está inmóvil. Está ausente. Respira sin sentido. El ruido de los carros la sumerge en una desesperación casi al límite de la cordura. Mira para un lado, mira para el otro. Lo mismo siempre. Ella, sola y pequeña, en esas calles transparentes y gigantescas. Rojas. No habla sólo respira y cada vez más fuerte. Despierta y ya está a punto de llegar al final de otro paseo roto en una salchicha.
Se para con dificultad por los movimientos bruscos del vehículo. Da dos pasos hacia su lado izquierdo, camina entre quienes le estorban y se encuentra con otra pequeña escalera. Esta vez es de bajada, Cortázar nunca escribió cómo bajar una escalera. Busca aquel botón rojo que le indica al conductor que se detenga. Lo presiona sin más y detiene la marcha de la salchicha. Abre los ojos más de lo normal. Se ve ahí, indefensa, sin instrucciones y con miedo. Da un paso hacia abajo. Da otro. No es una tarea de mucha ciencia, pero los hombres necesitan de instrucciones para todo lo que hacen. Maldice a Cortázar, maldice a su hermano menor, maldice esos ruidos infernales y esas escaleras que cada vez se hacen más y más abismáticas. Con esfuerzo respira un par de veces, cierra sus ojos negros y emprende el descenso peligroso a través de la escalera para bajar del bus.
La esquina. El claxon de una camioneta. El pito de una moto. La risa a carcajadas de un hombre en pantaloneta. El llanto de un niño. Una madre regañando a su hijo. Baja la cabeza con sumisión y finge no escucharlo. Esos ruidos le perforan los oídos. Llegan a su mente como martillazos y le retumban en todo su cuerpo. Paula. Parada en la esquina. Un sonido. Una bulla. Dos sonidos. Está y sólo mira como su calle se hace más larga, más ancha. Ahora camina y mira hacia el frente y su calle sólo la observa con paciencia esperando el preciso momento para atacar con furia. Nada es igual. Todo es como antes. La rutina vuelve y ella camina hacia su casa en la calle que todos los días se la quiere comer.
Va caminando con afán. Pero está cansada. Su hermano la está ahogando. La universidad no afloja. Y ni siquiera tiene a alguien que le dé placer. Camina. No tan rápido. Más o menos en la mitad, tampoco camina lento. Da vuelta en la última esquina antes de llegar al complejo donde se encuentra su casa. Respira dos veces y termina de llegar.
Atraviesa el parqueadero con un humo de soledad en sus pulmones. Sube las en forma de caracol, esas escaleras que le hacen llorar. Quiere abrir la puerta con desespero. Piensa cómo sería el mundo sin esos ruidos y le dan ganas de tomar un taladro y sacárselos de la mente. No encuentra las llaves. Los segundos se toman su tiempo y no avanzan. Respiran una, dos y tres veces. Halla las llaves. Con una mano temblorosa penetra su puerta y el ruido de la llave entrando la enloquece. Quiere morir.
Abre la puerta de su casa queriendo encontrar silencio, tranquilidad. Dónde está. Un motor. Una llave abierta. Esas melodías se le hacen cada vez más y más grandes. La persiguen. Dónde hay instrucciones cuando se le necesitan. Cortázar habría sido millonario si hubiera escrito un manual indicando cómo hacer tareas mecánicas y sin ciencia, no lo hizo. Instrucciones para bajar una escalera. Instrucciones para apagar una llave abierta. Instrucciones para ir al baño. Instrucciones para caminar. Instrucciones para matar y para matarse. Estos títulos no están.
La obscuridad de su casa es absorbente, la somete en una soledad que ni ella desearía. Parada en el límite de su apartamento con la calle aspira una bocanada de aire que le sabe a sal. A cigarrillo. Lento llega a la silla en el comedor. Se desnuda su cabeza. Ya no hay ganchos, ya no hay nada en sus bolsillos. Agacha la cabeza y el miedo la absorbe. El silencio del claustro es el orden de la utópica felicidad. De pronto un celular aparta su momentánea tranquilidad y aniquila lo que le queda de sus sentidos.
Un golpe. Dos golpes. Todos contra la misma madera negra de la mesa. Otra vez el celular.
Paula: halo...
La voz se le desesperaba a cada segundo de silencio incesante. Su hermano. Una discusión sin fin.
Tira el teléfono y llega hasta el baño. Se mira en el espejo y sólo ve un fantasma. Algo que era. Algo que en algún tiempo se consumió en las letras de poemas rotos, en cigarrillos y en una locura de familia.
Baja la cabeza para lavarse la cara en el lavamanos. Pasa una sombra errante, ero Paula ni se inmuta. Parece como muerta. Sale del baño caminando con parsimonia como si supiera que es el momento de la víspera y sólo espera el minuto final para regalarle a su estúpida vida un último estertor. Camina por el pasillo hasta divisar a lo lejos la puerta de habitación. Piensa en el final de su día. Quiere encontrar la calma. No más ruidos, no más estupideces humanas y no más llamadas telefónicas de su hermano.
Llega a su cuarto, se desnuda con tranquilidad y busca el pijama de esta semana. Encuentra en la cama una carta. Un frío recorre su cuerpo y la sensación de que la están siguiendo la estremece. Lo que le faltaba. El miedo fatídico a la gente. Ese olor pútrido de los seres humanos. Esa estupidez en lo que dicen. El único lugar en el mundo que creía seguro era su apartamento, pero ahora está invadido por una nota de la inutilidad humana.
Con calma y resignación se agacha y toma la nota puesta en su catre. La abre. Está sentada en su cama y su cabeza sólo piensa en terminar con el dolor. No quiere más ruidos, no quiere volver a temer. Sólo quiere llevar una vida normal. Sin tener que aguantarse a su hermano, ni a los humanos, ni mucho menos a esos sonidos. Ahora sólo está ahí en su cama con una nota en la mano y a punto de acabar su día con lo que le faltaba. Una estúpida carta que de seguro no era una instrucción escrita por Cortázar o un poema de Fernando Arango.
La lee con detenimiento. Con asombro. No sabe dónde está. En otro mundo. En otra realidad. En verdad tiempo y espacio son diferentes y uno sólo a la vez. La suma de ambos es lo equivalente al único propósito de la razón humana. La verdad absoluta. Aunque a veces relativa.
Paula respira con fuerza y su miedo aumenta. La nota es escalofriante y la sensación que tenía ahora se hace más fuerte. Mira orara un lado. Mira para el otro. Cree que hay alguien en su apartamento. Tiene un acompañante…
Paula levanta la mirada del papel. Sus ojos se salen de sus cuencas y encuentra la figura de su hermano. Él la ama pero no como a una hermana. La ama como un hombre ama una mujer. Con ganas de sexo, puro sexo. La ama como amaría a una prostituta cuando él le compra sus servicios. No la ama como hermano.
Está ahí sobre ella. Terminando de recitar la nota que él mismo escribió. Ya no hay dolor. Ya no hay sangre. Sólo amor.
Samuel se le sienta encima. Se miran. Empuña aún más duro el cuchillo que llevaba en la mano y con ternura la acuchilla una y otra, y otra vez.
Los ojos de Paula se pierden en lo que sería la solución a sus problemas e incluso a la falta de unas instrucciones para matarse y Samuel tiene la mirada del chico del video porno de la otra noche.

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