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Con el crimen de Jaime Garzón mataron la risa

No hubo un colombiano que no se riera por lo menos una vez con las ocurrencias de un tal Jaime Hernando Garzón Forero, más conocido como “Emerson de Francisco” o “William Farra”, dos intrépidos reporteros que se encargaron de informar, a su modo, a un país metido en la violencia.

Muchos soltaron carcajadas cuando ese mismo Jaime, ese “loco” bogotano, como lo calificaban quienes lo conocían, se vistió con las enaguas de “Dioselina Tibaná”, la cocinera de Palacio y le contó al mundo las confidencias de su jefe “el doctor Gordito” (el entonces presidente Ernesto Samper).
Otros más no pudieron quedarse al margen cuando Garzón decidió ser el portero “Néstor Elí”, cuidador de un edificio Colombia a punto de desplomarse; o cuando encarnó a “Godofredo Cínico Caspa” el constitucionalista de extrema derecha apegado a una Carta Magna a su conveniencia o cuando sacudía la cabellera como “Inty de la Hoz”, una gomelita que sobrevivía en el mundo play de mentiras llamado Bogotá.
En su última etapa, los espectadores habían reído con la gracia y picardía de “Heriberto de la Calle”, el lustrabotas atrevido y ácido, que sin dientes y sin pena, les decía a los famosos lo que pensaba de ellos.
Varias veces aseguró que él era la única persona en Colombia a la que le pagaban por ser irreverente y expresar libremente sus pensamientos. El único al que el “maldito metal” le llegaba por divertirse. Y era eso realmente lo que hacía, burlarse de la vida, de sus amigos, de las estructuras y de un país que necesitaba de la risa para apaciguar el dolor.
Humorista, periodista, actor, político, estudioso. Era difícil darle a Jaime Garzón un título específico. Estudió Física Matemática en la Universidad Nacional, Ciencias Políticas en la Universidad Javeriana, un postgrado de Español para extranjeros en Madrid (España) y un postgrado en Economía.
Fue consejero de la Presidencia de la República; asesor en el Plan Nacional de Rehabilitación y en la Consejería de Comunicaciones; alcalde local de Sumapaz; desde 1998 adelantó labores humanitarias que tendieron a colaborar en las liberaciones de secuestrados por la guerrilla en Cundinamarca y era miembro de la comisión ciudadana que estaba buscando contactos con el Eln para la liberación de secuestrados.
Para Garzón, la paz era un tema que le quitaba el sueño, que se había convertido en su obsesión.
Según los periodistas que lo acompañaron en la desaparecida cadena Radionet, todas las mañanas cuando Garzón llegaba se encontraba en las puertas con un gran número de personas que querían pedirle ayuda para que fuera mediador en algún secuestro más. Él las escuchaba y trataba de ayudarlas y hacerlas sonreír.
Creador, presentador y libretista, junto a un grupo de compinches, de programas de humor o de opinión como “Zoociedad”, “Le Chuza” y “Quac”, ahora las nuevas generaciones lo conocen a través de la edición de sus programas en DVD o en Youtube.
También es recordado por ser presentador de “Locos Videos”, cubrir el Concurso Nacional de Belleza para el Noticiero de Las Siete y compartir las tablas con Fanny Mikey en la obra “Mama Colombia”.
Su asesinato llegó cuando Jaime Garzón trabajaba en las mañanas en Radionet y despedía las emisiones del noticiero Caracol entrevistando como Heriberto de la Calle a los “famosos”.
Lector empedernido, Garzón creía que la única manera de estar al tanto de lo que pasa en la sociedad era estudiando, siendo disciplinado, no “comiendo cuento” y creyendo que siempre se podían hacer mejor las cosas.
Su vida fue curiosa. Un día Garzón decidió vestirse de pies a cabeza con un uniforme especialmente diseñado para él, que lo hacía ver igualitico a un agente de tránsito. El objetivo era grabar una sección de su programa “Quac” llamado ‘Tráfico de Influencias’. Lo curioso del cuento es que una patrulla de tránsito apareció cuando él estaba a punto de irse y Garzón terminó en ‘la guandoca’ por irrespeto a la autoridad.
Un chasco con tanto humor como su dueño, pero no el único. Nadie ha podido olvidar el día en el que salió estrenando dientes. Mejor dicho, el día en el que salió nuevamente ante las cámaras sin esa sonrisa chueca que lo caracterizaba y haciendo gala, como el mejor de los play boy del país, de una dentadura del odontólogo Fernando Galindo, después de pagarle unos buenos pesos.
Sus mejores amigos lo recuerdan como un gran anfitrión.
Cocinero excelente, le encantaba hacer tertulias en su casa de La Calera, para las que mataba una de las gallinitas con las que convivía y hacía una comilona que incluía chistes, risas, crítica y buen humor.
Cuando lo asesinaron, Garzón estaba trabajando en nuevos personajes. Tenía guardada la caracterización de “Charry King” de la TNT y del Presidente de Bonazuela, Chavestao.
Jaime Garzón dijo en una entrevista: “cuando pequeño siempre decía que iba a ser más popular que el Papa. Parece que lo estoy consiguiendo...”.
Una fama que nunca quiso y que cargaba a cuestas. Parece ser la que le borró la risa de sus labios.

AÚN NO HAY JUSTICIA
El país recuerda por décima oportunidad el día en que la muerte, viajando en moto, silenció de seis balazos la libertad de opinión, el humor y la sátira.
Pasadas las seis de la mañana de ese día, 13 de agosto de 1999, Colombia se enteraba con horror del asesinato del periodista y humorista Jaime Garzón Forero, víctima de la oscura voluntad de quien fuera el máximo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc): Carlos Castaño Gil.
Dos lustros después no hay ni una sola persona vinculada y la única condena que se ha impuesto no se cumplió ni en uno de sus días.
‘San Pedro’ es el alias de quien se ha dicho empuñó el revólver ‘Llama largo’ que segó la vida de Garzón; arma que según testimonios entregados en el proceso de Justicia y Paz por varios ex jefes de las Auc, cercanos al cabecilla paramilitar, debía ser entregada en manos de Castaño Gil, como trofeo.
Más de 10.500 folios con cientos de testimonios integran el expediente Garzón; a pesar de todo hasta el momento no hay nadie vinculado de manera formal, y aunque el Juez Séptimo Penal Especializado de Bogotá condenó el 10 de marzo de 2004 a Castaño Gil a 38 años de prisión, por el homicidio agravado del periodista, no pagó un día de pena.
Esto, según la abogada Sandra Gamboa, integrante del Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo y encargada del caso, “confirma en cierta manera la versión que señala a la banda de La Terraza como autora del crimen”.

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