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La doble condena de los Ecuatorianos que no pueden abrazar a los suyos

Carla Sánchez se mantiene triste y digna y sin una lágrima arropada por su marido y su hijo de 8 años, sentada en un banco de iglesia de barrio madrileño de Usera, como decenas de compatriotas ecuatorianos que asisten a una misa para su país.

Su padre murió hace tres días y no pudo darle un último abrazo. "El pueblo de Ecuador y de este barrio de Usera es nuestro hermano", dice el vicario Juan-Pedro Gutierrez.

"Todos vosotros que estáis lejos estáis pasando el dolor de no poder acompañar con vuestra cercanía a vuestros amigos y familiares", añade antes de pedir la piedad de Dios por la víctimas del devastador seismo que ha cobrado al menos 480 vidas en Ecuador.

Cerca del altar ha sido colocada la bandera amarilla azul y roja del pequeño país latinoamericano del cual tantos ciudadanos se marcharon a vivir a España.

Carla Sanchez, mujer de cara dulce y redonda de 31 años, se fué hace ocho años para instalarse con su amor Cristian Paez, de 33, con quien en pocas semanas tendrá una niña que no conocerá a su abuelo.

Él habla por ella, y cuenta que la llamada teléfonica cargada de malas noticias les llegó el domingo por la mañana.

Desde entonces ha sabido de muchas personas que se han quedado sin casas y otras muchas que han fallecido. Ambos vienen de zonas muy afectadas: Portoviejo y Manta, en la costa, y su suegro vivía en Pedernales, en el epicentro. Pero no pueden viajar porque su mujer ya ha pasado las 36 semanas de embarazo.

Cristian insiste en que la pena más grande es para los que se han quedado. Pero estar lejos es díficil: "Es una situación complicada, no sé si de tristeza, de rabia, de desolación".

A la misa también asiste Enit Gordillo, camarera, quién salió con 18 años empujada por el "boom del sueño europeo". En la lista de los fallecidos que lee el párroco, ha apuntado a tres compañeros de universidad. "Tengo necesidad de irme, me lo estoy planteando", cuenta con frustación.

España es el segundo país de emigración de los ecuatorianos, después de Estados Unidos: huyeron de la crisis bancaria de principios de los años 1990 y en pocos años alcanzaron casi medio millón de personas entre ellas muchas mujeres, que cruzaron el Atlántico dejando a sus hijos para poder brindarles una vida mejor.

Y ahora están pendientes de su prole más que nunca como Sandra Guapacasa, que tiene a un hijo en España y una en Ecuador. Ya ha mirado billetes, y están en 600 euros, cuenta, pero no puede regresar porque justo acaba de abrir un pequeño restaurante en el barrio de Ciudad lineal, al este de Madrid.
 

Pero la mente la tiene en Guayaquil, donde vive su hija.

"Tengo 15 años aquí y me gustaría poder ir a ver a mis hijos, darles consuelo", confiesa tambíen Mariana Soria, de 46 años. En su mensajería de whatsapp, muestra un mensaje de su hija que cuenta que "esto está horrible".

"Dice que no hay nada de comer", explica esta madre, que ya mandó un giro para que su hija pueda comprar reservas por si se desabastecen las tiendas a causa del seismo.

"En mi pueblo, Calceto, en Manabí, hay doce muertos. Se ha caído el municipio (ayuntamiento), el reloj público, la telefónica. Estar aquí es sentirse impotente", explica otra mujer del barrio de Ciudad Lineal, Bedny Quiroz, empleada de hogar en paro de 44 años.

Para los Ecuatorianos de España, el terremoto ha generado "una situación traumática muy difícil", resume Vladimir Paspuel, presidente de una asociación que los defiende, Ruminahui.

"Hasta hoy hay gente que no ha logrado contactar con sus familiares". "El dolor se ha incrementado porque algunas familias tienen heridos y fallecidos pero no tienen recursos económicos para viajar". Así que su asociación pide ayuda para la reconstrucción que tanto costará.

Y que España, donde tantos ciudadanos cuentan con la ayuda de ecuatorianas para cuidar a niños y viejos, condone la deuda de su país.

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