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Una caravana por las autopistas del miedo

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“Yo prefiero que nos vayamos derecho, sin parar a comer ni dormir, chico, porque me pueden apresar el camión o me lo queman, es que ese papel es para los periódicos de oposición”, concluye Jorge Morales, acomodando su obesa figura en una silla de la bodega de almacenaje en Guarero, Venezuela.

Comienza a transpirar sus temores porque estamos a punto de reiniciar la caravana del papel, una iniciativa solidaria de Andiarios para enviar 52 toneladas del insumos a tres diarios de la nación hermana.

La mercancía estuvo estacionada una semana en la bodega y ahora es cargada en tres tractomulas o gandolas. La de Jorge lleva 18.901 kilos de papel para los periódicos El Impulso de Barquisimeto y El Nuevo País de Caracas.

“Chico, yo soy del oficialismo, pero no fanático a eso ni me pongo a pelear con la gente. Lo que pasa es que nos pueden armar una guarimba en el camino”, recalca, refiriéndose a las protestas violentas que desde febrero brotan por doquier como el petróleo en este país, agobiado por una confrontación política entre el gobierno de Nicolás Maduro y sectores de la oposición.

Al frente tenemos una jornada de 15 horas por carretera, pasando por las ciudades de Maracaibo, Barquisimeto, Valencia y Caracas, y el veterano conductor está intranquilo por lo que le ocurrió a su sobrino este miércoles. “Casi le queman el camión en Valencia, eran unos guarimberos que le querían saquear la carga, él tuvo que acelerar, ¡fue un verguero eso!”.

Su gandola es una Mack modelo 76 de 400 caballos de fuerza. Lleva por nombre “los Morochos”, en honor a dos de sus nueve hijos. Su primogénito Luis, de 23 años, la conducirá.

La segunda tractomula, con 16.729 kilos de papel para el diario El Nacional, la manejará Heriberto García, de 38 años; y la tercera, con el mismo peso y similar destinatario, Octavio Durán, de 63 años y quizás el único chofer flacuchento que hemos visto en la bodega.

Los tres tienen algo en común: son oriundos de Maracaibo y han sido víctimas de asaltantes en las autopistas venezolanas.

EL SILBÓN Y LOS MIGUELITOS
La caravana parte a las 12:38 p.m. del jueves 10 abril, dejando la península de La Guajira, donde los antepasados debieron inventar el calor, pues la temperatura es insoportable.

Trasegamos por las vías de Guarero, Paraguaipoa y Sinamaica, viendo el paisaje desértico a cada lado, de árboles alopécicos y suelos polvorientos, con molinos de viento tan quietos que parecen en huelga.

Los relatos de los conductores (gandoleros) dan cuenta del miedo que representa conducir en estos días. A Heriberto le arrojaron una piedra hace dos meses, pasando por Ciudad Ojeda, con una carga de abono. El objeto perforó el vidrio frontal y lesionó a su ayudante en el hombro.

A Luis, primo lejano del ídolo vallenato Kaleth Morales (muerto en un accidente de tránsito en 2005), dos atracadores en moto lo persiguieron en Lara, y logró evadirse apagando las luces y conduciendo a ciegas en plena oscuridad.

Por lo visto, las carreteras intermunicipales venezolanas son mejores que las colombianas en cuanto al cuidado del asfalto: pocos huecos y un terreno plano, sin curvas ni altibajos o caídas de la banca, hacen que el trayecto sea continuado. El lunar es la pésima iluminación y escasa señalización, que a los conductores agobian cuando llegan al tramo más peligroso: la vía Lara-Zulia, donde son más frecuentes los ataques de guarimberos y malvivientes.

Heriberto cuenta que, al paso de los automotores, los delincuentes arrojan “miguelitos”, estacas con clavos que revientan las llantas para obligar la detención.

El periodista de El Impulso que acompaña el recorrido, Juan Vílches, fue víctima de tales artefactos en esa vía. “Yo no me detuve, aceleré y salí de ahí patinando en los cauchos reventados”.

La noche arropa el camino, la falta de alumbrado y los antecedentes de agresiones hacen de la Lara-Zulia el escenario propicio para una actividad que a los colombianos encanta: las historias de espantos. Si en nuestro país tememos a la Pata Sola, la Madremonte y el Mohán, en Venezuela tienen a el Silbón.

El espectro goza atormentando a los borrachos del camino, a quienes atrae a la penumbra con un silbido apacible en principio y aterrador al final. Cuando los ocupantes del vehículo tratamos de imitar el sonido, Juan siente escalofrío. Entonces aumenta el volumen del radio, donde transmiten los diálogos del gobierno y la oposición, con su prosa eterna y punzante.

MISIÓN CUMPLIDA
Luego de pasar la noche en Carora, las tractomulas reanudan la marcha al amanecer del viernes 11 de abril. El único que no pegó el ojo y siguió derecho por la vía fue Octavio, a quien pasar por Barquisimeto le trae malos recuerdos.

Hace ocho años, cuando revisaba el motor de su gandola estacionada, sintió en la cabeza el beso helado del cañón de un revólver. Solo así notó que tres bandidos lo tenían rodeado. “Necesitamos la mercancía”, le dijeron y le robaron el vehículo atiborrado de harina de trigo.

A las 7:36 a.m. llegamos a la sede de El Impulso, en Barquisimeto, ciudad musical de Venezuela. El personal del diario recibe la gandola de Luis con aplausos, júbilo y pancartas de agradecimiento. Los vecinos exhiben banderas y corean el nombre de Colombia, “gracias hermanos, ¡llegó el papel!”. El muchacho se conmueve, jamás habían valorado así su trabajo.

Entretanto, Octavio y Heriberto arriban a Caracas y descargan las 33.4 toneladas de papel en la sede de El Nacional, donde también les brindan un gesto de calor humano.

Las 6.6 toneladas para El Nuevo País están en la gandola de Luis, así que a las 9:30 a.m. retomamos la caravana hacia la capital.

El paisaje cambia en la vía de Barquisimeto a Caracas, aparecen las montañas y el verde en los márgenes de la carretera. Pasamos por Yaritagua, la represa de Cumaripa, Nirgua y nos adentramos en el estado de Carabobo, viendo en cada tramo pancartas y grafitis de veneración al fallecido expresidente Hugo Chávez.

En Bejuma nos llama la atención un altarcito de un hombre con traje. Emily Avendaño, periodista de El Nacional, cuenta que ese es José Gregorio Hernández, un médico al que la gente le tiene bastante devoción. En vida le atribuyeron milagros y ahora es un Siervo de Dios en camino a la canonización. Murió atropellado por uno de los primeros carros que llegaron a Caracas.

Atravesamos Valencia y el estado de Aragua, donde según Emily hacen el mejor chocolate del mundo, y a las 4:10 p.m. terminamos la jornada en el distrito capital.
La caravana del papel empleó cinco conductores e igual número de tractomulas, a lo largo de 1.230 kilómetros y 10 días de viaje interrumpidos por procesos aduaneros y de migración. El samario Bladimir Vargas y el quindiano Jaime Ramírez transportaron la carga desde Cartagena y atravesaron la Costa Atlántica hasta Paraguachón, en La Guajira. El guajiro Juan Zabala la llevó a Guarero, en la frontera venezolana. Y los maracuchos Octavio, Heriberto y Luis la depositaron en Caracas.

Afuera del edificio de El Nacional, Luis Morales descarga su peso contra un muro. Ve que la tractomula “los Morochos” llegó a feliz destino, sin haber padecido guarimbas, atracos, miguelitos o silbones en el camino. Y le va volviendo el alma al cuerpo. “Cuando termino un viaje me siento satisfecho y agradezco a Dios, pero nunca había vivido algo así. La gente de los periódicos lloró cuando le trajimos el papel y me abrazaron y dijeron que estaban contando los días para que llegara. Es que ese papel es con lo que ellos viven”.

FIN.

ANTECEDENTES
LA CRISIS DEL PAPEL PERIÓDICO EN VENEZUELA
El gobierno de Venezuela restringió desde el año pasado el acceso a las divisas, por lo que los medios de comunicación están en apuros para importar el papel periódico. Según Andiarios, nueve periódicos han tenido que salir de circulación de manera temporal o definitiva. Esta situación motivó el envío solidario de 52 toneladas del insumo por parte de la agremiación colombiana.

CIFRA
1.230 kilómetros atravesó la caravana del papel entre Venezuela y Colombia.

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