domingo, 11 de mayo de 2008
ANÁLISIS
Dos novelas contra el olvido
Es todo inventado,
pero todo es verdad.
Jhon Ford
En un país como Colombia, donde ocurren muchas cosas terribles y vergonzosas a la vez y en forma consecutiva, es muy fácil olvidar por varias razones:
Porque la gente se insensibiliza, porque lo negativo cansa y termina siendo una masa mugrosa que, como no se puede quitar, termina por ser ignorada.
Porque la gente prefiere apegarse desesperadamente a lo que le brinda felicidad, aunque sea efímera (reinados, deportes, enlatados: dizque somos el segundo país más feliz de la tierra).
Porque, por supuesto, hay muchas personas interesadas en que le gente olvide, se confunda y se insensibilice; porque "en río revuelto, ganancia de pescadores" En fin, en Colombia todo parece orquestado para que todo pase (en el sentido de "quedar atrás"), se olviden los grandes acontecimientos y aún más los grandes seres humanos.
Frente a este panorama, es natural que ciertos individuos se rebelen y, aunque sean conocedores de que van a ser derrotados por el tiempo, plantan su voz frente al olvido, tratando de darle aunque sea unos minutos más a la memoria.
Es eso lo que hace Héctor Abad Faciolince con su novela “El olvido que seremos”. Aunque en sí el título es desesperanzador, es echarnos en el rostro que, hagamos lo que hagamos, pronto nadie se acordará de nosotros, la intención de este libro es revivir en la memoria de unos cuantos lectores (nunca serán tantos como debieran), aunque sea fugazmente, la existencia de un hombre bueno.
Porque precisamente esos son los que más rápidamente se olvidan en un mundo en el que los malos individuales o con pocos aliados son exitosos en sus empresas, mientras los muy buenos son abandonados, acusados de traición, asesinados antes de completar sus ideas para, en algunos casos, ser reconocidos después de muertos. Pero sin mucha bulla, para no sentir tanta vergüenza por lo ciegos que estuvimos ni se vilipendie a los poderosos que los echaron al foso de los leones.
Ahora aparece la novela “Lara”, de Nahum Montt, bajo el prestigioso sello “Alfaguara”. Rodrigo Lara Bonilla, un hombre con sólo 36 años y cuyo hijo mayor apenas tenía 8 años cuando lo sacaron de circulación, cuyos actos y muerte cambiaron la historia reciente de Colombia, que abrió el camino (consciente de que era a costas de su propia vida) para que la institucionalidad colombiana volviera a tener dignidad, para que dejáramos de ser un narcoestado ante los ojos del mundo, y que, sin embargo, las nuevas generaciones, si acaso, han oído mencionar en alguna clase de Sociales.
Y, peor aún, muchos de las viejas generaciones, los que ya eran adultos en sus tiempos (de estos sucesos hacen apenas algo más de 20 años) ni siquiera saben, o son conscientes, de lo coyuntural que fue la obra de Lara Bonilla para la realidad actual del país.
Por eso, en buena hora, a Nahum Montt se le ocurrió la feliz idea de decirnos literariamente todo lo que le debemos a este verdadero héroe de la nación.
Héctor Abad y Nahum nos envuelven tan bien en sus textos que uno quisiera que la ficción venciera a la realidad y que los personajes tuvieran una segunda oportunidad, que fallara alguna de las coincidencias que llevan a estos héroes (Héctor Abad Gómez y Rodrigo Lara Bonilla) a la muerte que ya conocemos y sin cuya presencia ineluctable no se hubieran escrito estos libros.
Ciertamente, las dos obras de los que me ocupo son muy distintas literariamente: la de Héctor Abad es un testimonio intradiegético desgarrador, estructurada alrededor de facetas de la vida del personaje o de los que le rodean, con una intención analítica que le permite hacer un retrato profundo de la sociedad en la que se mueven sus personajes.
La de Nahum Montt es una novela periodística con recursos más netamente literarios, diálogos que incluso a veces son confusos para el lector normal que no domina la jerga de la delincuencia, pero que el autor, maestramente, se va ingeniando la manera de aclararlos; con datos sueltos que luego son retomados para ubicarlos en el lugar exacto en que la estética literaria y la claridad lo requieren (pareciera como si el narrador tirara piedras para que el lector luego, en su avance en la lectura, las vaya recogiendo y acomodando en el edificio que es esta novela).
El de Héctor Abad es un texto que apunta directamente al corazón y aprieta la garganta; el de Nahum es una novela casi policíaca, producto de una prosa económica, precisa, al servicio de una investigación rigurosa.
Sin embargo, tienen muchos puntos coincidentes: la narración fluida y fresca, nombres archiconocidos; ambos son textos de historia de Colombia, de la más reciente y dolorosa (debían ser de lectura obligatoria en el área de Sociales); pero, sobre todo, ambos tienen la expresa intención de resaltar como héroes a personas realmente buenas, contrario a lo que ha venido sucediendo: son los malos los protagonistas de los libros más vendidos en los últimos años.
Promocionemos la lectura de estos libros, sobre todo en las nuevas generaciones, pues recordemos que “quien no conoce su pasado está obligado a repetirlo”.
Al leer “El olvido que seremos” y “Lara”, uno se da cuenta de que ser realmente valiente es tener los cojones de levantarse, aun a sabiendas de la debilidad propia, contra los que aplastan, aun a sabiendas de que se será aplastado.
Es en el reino de los malos donde se pueden mostrar los que en realidad son buenos, que no son precisamente los pasivos (sí pacíficos), sino los que tienen el coraje de salirse del redil humillado, aunque sepan que muy seguramente se los comerá el lobo.
Mis noticias



