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Aprendices de criminales

El titular de este periódico fue benévolo al calificar de “racismo y vandalismo” el recorrido que un grupo de “hijos de papi” hizo en la noche del viernes pasado disparando desde sus camionetas con pistolas de balines a transeúntes afrodescendientes.

El titular define el comportamiento de los jóvenes pero la simple descripción de esta diversión nocturna, practicada por jóvenes “blancos” de estratos altos, me permite preguntar si no estamos ante un comportamiento monstruoso que apenas pasa por su primera fase simbólica.

Los jóvenes no se proponían matar a sus víctimas. Ensayaban si se podía hacer con precisión y poder huir sin tropiezos. El acto deliberado de elegir a las víctimas, apuntarles, hacer los disparos y acertar, tenía un trasfondo seguramente inconsciente, culturalmente heredado y socialmente tolerado. Y el trasfondo no es otro que la falta de escrúpulos morales y sociales al convertir en diversión la cacería más que simbólica de negras y negros.

En 1967, Norman Mailer, el gran escritor norteamericano, publicó una extraña novela alegórica: ¿Por qué estamos en Vietnam? En la fecha, Estados Unidos seguía metido en el sudeste asiático y escalonando a extremos demenciales una guerra que conduciría a este país a su primera gran derrota bélica.

Los lectores esperábamos que el escenario de la novela nos llevara a las selvas y aldeas vietnamitas bombardeadas con napalm. No fue así. Mailer nos conducía a Alaska. Los protagonistas de la novela eran unos tejanos típicos dedicados a cazar osos pardos.

La irracional cacería de osos equivalía a la cacería de vietnamitas en un país lejano. El comportamiento de los cazadores no era distinto al de otras cacerías emprendidas contra los indígenas en la feroz conquista del Lejano Oeste. El instinto destructivo de aquellos hombres tenía su parangón en la irracionalidad destructiva de los norteamericanos en el sudeste asiático.

Detrás de esos gestos se despiertan de un sueño siniestro el racismo y el vandalismo que señalara el titular de El Universal, pero también algo más profundo y preocupante: el instinto de muchachos que, en una situación extrema, no tendrían obstáculos morales, sociales ni legales para pasar de la jugarreta simbólica a la consumación de un acto criminal.

Me dirán que estoy exagerando y que, pese a ser una acción censurable, la cacería nocturna con armas de balines no es más que una travesura adolescente. Pero no exagero. Las conductas justificadas u “ordenadas” por prejuicios arraigados en el inconsciente de un grupo o una clase social, no tienden a desaparecer o extinguirse con el paso del tiempo. La masa de los prejuicios y la intolerancia se vuelve más compacta hasta que se transforma en ideología.

Hace muchos años asistí en Villavicencio a la primera sesión del juicio que se hacía a un grupo de colonos blancos asentados en las selvas del Caquetá, acusados de haber exterminado a una familia de indígenas. Todavía recuerdo la consternación de la sala cuando escuchamos la explicación de uno de los colonos. “Lo que pasa es que no sabíamos que matar indios fuera delito.”

*Escritor

salypicante@gmail.com

 

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