200 años después

10 de septiembre de 2011 12:00 AM

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Comenzaron los preparativos de las Fiestas de Independencia y se anuncia la programación que conducirá al 11 de noviembre. Por ser este el año del bicentenario de la declaración de la independencia absoluta de España hay expectativa por su organización: serán éstas tal vez el culmen de esa búsqueda de la senda perdida y de la reinvención de las fiestas novembrinas iniciada hace dos décadas. Doscientos años después de la gesta republicana, escuelas y barrios, instituciones y artesanos, gestores culturales y artistas muestran autonomía al reclamar espacio propio y las festividades que les pertenecen.
Doscientos años después, Pedro Romero, no el artesano y líder de 1811 sobre el que Rafael Ballestas Morales recoge en su libro cuanta información existe, si no Pedro Romero, el del 2011, ha sido arrollado cuando viajaba como parrillero en una mototaxi; ese innovador, ineficaz e inseguro –en grado máximo- sistema de transporte con cobertura como ningún otro, para llegar ya no al barrio Getsemaní sino al Blas de Lezo. Salió volando, no con sus lanceros anónimos hacia la libertad, si no con el mototaxista anónimo hacia la inconsciencia.
Es Cartagena doscientos años después: cuánta inconsciencia y cuanta incapacidad para resolver signos vitales de quienes la hacen palpitar. Doscientos años después la ciudad se percata de que, debido a las generosas posibilidades que abrieron las reformas legales, económicas y administrativas de finales del siglo XX, su autonomía se debilitó. Grandes asuntos de la ciudad quedaron en manos de otros: empresas privadas, instituciones y normas logran que el Gobierno local no tenga la autonomía absoluta para gobernar sobre su territorio. Desde hace 20 años la ciudad perdió el control sobre muchas de las decisiones que requiere para transformarse y ni siquiera la gestión con argumentos y capacidad técnica para la interlocución con esos otros, como la que se presencia en este bicentenario, es suficiente.
Son muchos los ejemplos: la búsqueda del sistema acuático de transporte; el ocultamiento de las nuevas redes eléctricas de alta tensión; la finalización del Emisario Submarino; el abastecimiento suficiente y de calidad de energía eléctrica; la espantosa Ley 100 que prefiere la muerte a la vida; la recolección de basuras por igual en toda la ciudad para lograr en esta materia una sola Cartagena; la organización del peligroso Corredor de Carga; la terminación del “sobrecostoso” y demorado Transcaribe; las vías de acceso desde los distintos puntos cardinales; el disfrute colectivo de espacios. Hay que recordar cómo la decisión final sobre la vía de Crespo, léase túnel, quedó en manos de concesionarios. Y la superación de la pobreza –a pesar de las innovaciones locales- amarrada a programas nacionales. Y sin hablar sobre cómo por fuera de la ciudad se definen eventos culturales, las formas de representar y festejar la ciudad-escenario y se construyen figuras que la falsean.
Este 11 de noviembre, cuando la fiesta llegue, estará elegida la nueva persona que administrará el Palacio de la Aduana y deberá enfrentarse a la posibilidad de que se repita el desastre del barrio San Francisco en otros puntos; a las inundaciones en temporada de invierno; a la usurpación del espacio público; a los excesos de la temporada turística y tantos más desastres como la accidentalidad del mototaxismo.
¡Qué viva Pedro Romero!

*Profesor universitario

albertoabellovives@gmail.com

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