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Columna

La orquesta del Titanic

“El cargo bajo la constitución actual parece garantizar que cualquier persona, irrespectivamente de su desempeño y confiabilidad, termine los 4 años encomendados...”.

Mauricio Ibáñez

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Sabemos que las democracias son imperfectas y que ante los desafíos de la vida moderna poco hacen sus líderes por protegerla eficazmente. Los valores que tanto han pregonado se desmoronan por el exceso de derechos y libertades, y la escasez de responsabilidades. Quizá sea todo muy difícil porque saber de primera mano dónde poner límites puede ser algo muy subjetivo. Sin embargo, una de las medidas que sí se podrían tener en países como los nuestros y que ya se llevan a cabo en los regímenes parlamentarios es la revisión del desempeño del presidente.

Así, pasada la mitad del periodo si los hechos verificables demostrasen que el presidente de turno no ha cumplido con sus obligaciones constitucionales y además los resultados de su gestión demuestran una flagrante ineptitud con visos de locura, y una sostenida merma en frentes claves como seguridad, educación, salud y transparencia, tendría la democracia sólidos motivos para convocar al pueblo con el fin de elegir un nuevo mandatario. El cargo bajo la constitución actual parece garantizar que cualquier persona, irrespectivamente de su desempeño y confiabilidad, termine los 4 años encomendados, así entregue un país en ruinas. Ningún otro cargo público cuenta con semejante aval tan abierto e irrestricto y los controles actualmente vigentes no son funcionales.

¿Hasta qué fondo vamos a llegar? Cuando no quede nada por rescatar nos daremos cuenta de que desde las ruinas es más fácil que se sigan montando líderes falsetas con solo el prodigio de su lengua engañosa para seguir repartiendo mentiras, migajas y pobreza a un pueblo que siempre parece haber claudicado sus sueños. Una revisión de la gestión del presidente a mitad de camino lo obligaría a hacer un mejor trabajo y buscarse el apoyo de equipos triunfadores que eternicen su nombre en el pedestal de agradecimientos eternos.

Seguramente opositores de esta idea argumentarán que si la elección presidencial ha sido amañada más de una vez a lo largo de nuestra historia, unas veces con disimulo y otras con desfachatez, qué podríamos esperar de unas elecciones atípicas, y cómo demostrar que hay un inepto ocupando el máximo cargo.

Cambiar este atrapamiento de fechas y términos inamovibles demostraría a las nuevas generaciones que construir un país con auténticos líderes capaces de gobernar la nación es un asunto serio. Mientras llegamos allá, nos divertimos con los memes y los videos de nuestro ridículo presente, aunque sepamos que incluso la orquesta del Titanic dejó de divertirse en algún momento.

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