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Columna

Las piticas

“Reservar espacios públicos sin autorización afecta el derecho de todos a utilizarlos equitativamente y empeora el problema...”.

Soqui Rodríguez

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Para nadie es un secreto que en Cartagena hay un grave problema de parqueaderos. Por la geografía de la ciudad y el alto costo de la tierra, la oferta de estacionamiento es muy básica. En las nuevas obras, la reglamentación urbana requiere que se dejen espacios para los visitantes, pero en las construcciones más viejitas esto no se tuvo en cuenta y se ha dejado a los propietarios de carros dando vueltas para ubicar sitios donde la grúa o el DATT no castiguen.

Ante este inconveniente permanente, los dueños de establecimientos y edificios luchan por evitar que sus plazas de parqueos sean ocupadas por los desesperados que podrían invadir áreas que deberían ser para sus clientes o usuarios. Y como en Cartagena todo es un folclor, se han inventado la forma de evitarlo poniendo piticas, cadenas y cintas amarradas que evitan el uso para estacionar. Como resultado, nadie, ni siquiera sus compradores, pueden utilizar los parqueaderos. Cuando uno pasea las calles ve las cadenitas amarradas y los espacios para carros totalmente vacíos.

Hace unos días, pretendí llegar a un local comercial y aparcar enfrente. Al encontrar el área cerrada, llamé, pité y esperé a que apareciera alguien que bajara la odiada pitica. Como nadie se asomó, parquee mal y me bajé a preguntar qué debía hacer para lograr ubicarme. La empleada del negocio me comentó que la llave la tenía el portero del edificio y debía entrar a buscarlo. Cuestionándome la falta de visión comercial y aprovechando que ya estaba abajo me fui a buscar al dueño de la llave, quien había salido a hacer vueltas. Me devolví sin ninguna esperanza y disputé a la dependiente la imposibilidad de acceder a comprar. Sin pensarlo dos veces me contestó: “Es que después ocupan el parqueadero y los clientes no pueden parquear”. No sé si notó mi cara de sorpresa, pero no pude evitar decirle: “Los clientes tampoco estamos pudiendo hacerlo”. A lo mejor no entendió que yo era una compradora potencial o al final no le importaba mucho lo que hiciera con el carro.

La realidad es que el Distrito debe regular el tema. No podemos permitir que la falta de espacios de estacionamiento se agrave por los mismos ciudadanos que restringen estas áreas como si fueran dueños de las aceras. Reservar espacios públicos sin autorización afecta el derecho de todos a utilizarlos equitativamente y empeora el problema que tiene la ciudad. Esto se suma al hecho de que, en el mundo comercial o marketing, el parqueadero influye en la accesibilidad al negocio y la experiencia del cliente. El comprador se frustra, busca otra opción y el establecimiento pierde una venta potencial.

Aunque esto no parece importarle a nadie, creo que llegó la hora de reglamentar el tema y evitar que los particulares sean quienes, en vez de colaborar, agraven la dificultad de parquear, delimiten espacios, pongan conos y coloquen las “piticas”.

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