En muchos países, a raíz de la llamada explosión demográfica, se generó una clara tendencia a disminuir el número de hijos y las políticas de control natal, lo han logrado. A lo anterior se une que las jóvenes parejas no quieren tener hijos. No es extraño escuchar de labios de muchos jóvenes, con un desparpajo que interroga, su decisión de no querer dar la vida que a ellos gratuitamente se les dio. Y argumentos van y argumentos vienen con relación a los costos actuales de mantener los hijos como si en todos los tiempos, sobre todo en nuestros países, no hubiesen existido dificultades para sacar adelante a los hijos. Y los pobres, en muchísimos casos, nos enseñan con sus logros en sus hijos que ello sigue siendo posible.
El papa Francisco en los últimos meses ha insistido a las parejas jóvenes de todos los pueblos, especialmente de Europa, que no se nieguen a querer a los niños y no se dediquen a vivir en función de los perritos, gaticos y toda suerte de mascotas. Evidentemente que los animalistas saltan de inmediato, no con la misma agilidad con la que deberían defender los derechos de los niños del maltrato, el dolor y la miseria. Si en lugar de invertir dinero en perros y gatos, para los cuales los supermercados tienen secciones especiales, se asumiera el favorecer y apoyar políticas públicas de protección y cuidado de la niñez, entonces estaríamos superando una mentalidad que humaniza los animales hasta el colmo de darles nombres de personas y sentirlos un miembro más de la familia. Y se olvida lo humano fundamental.
Y a eso humano fundamental quiero referirme. El libro del Génesis en sus primeros capítulos nos señala el sentido de la creación de los seres humanos como imagen de Dios. Quienes asumimos la fe tenemos la convicción de ser creación de Dios, confesamos en la fe con la Santa Escritura que hemos sido creados creadores, a imagen del Dios comunión; para cuidar la creación y poblarla, para respetarla y colocar sus frutos al servicio del pan compartido; porque la esperanza en que lo humano se proteja y se preserve, es primordial. Se trata de asumir nuestra condición de ser parte de la creación, en la clara conciencia de ser hijos de Dios en el Hijo. Hermanos porque el Padre es nuestro y no solo mío y el Espíritu habita en nosotros, somos su templo. Y esto es lo fundamental, por ello, no hay ninguna realidad en la creación que sustituya esta condición de imagen de Dios, creados creadores.
Abrirse al don de la vida es aportar a la esperanza de una transición generacional dinámica, que no se niega al “multiplicaos y poblar la tierra” bíblico, sin que ello signifique promoción de un irracional y desordenado crecimiento demográfico. Las nuevas generaciones pueden desarrollar un sensato y responsable deseo de darla prefiriendo el traer una vida al mundo como acto responsable y esperanzador. Urge, más que la humanización de los animales, la humanización y divinización de nuestras vidas.
