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Columna

Querer a Cartagena

“Es incomprensible que algunos celebren la falta de disposición desde la Presidencia para atender al alcalde Dumek Turbay...”.

Javier Ramos Zambrano

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Querer a Cartagena es sentirse orgulloso de verla progresar. Y más que verla, es actuar para que sus problemas históricos se solucionen. Quien quiere a Cartagena desea una ciudad más segura, sin pobreza, sin corrupción, con mejor educación y ciudadanos tolerantes.

Quien quiere a Cartagena no solo se alegra por ver sus calles limpias, sino que asume la responsabilidad de no ensuciarla. Quien quiere a Cartagena la respeta, no solo disfruta de sus plazas y murallas, sino que protege su patrimonio y su gente.

Quien quiere a Cartagena, y tiene la posibilidad de votar, sale a las urnas a depositar un voto informado y consciente. Quien quiere a Cartagena, gane o pierda su candidato, permanece atento para que lo prometido para el bien de la ciudad se cumpla.

Querer a Cartagena es comprender que a la Heroica le va mejor si hay una relación sólida entre el Gobierno nacional y el distrital. Por eso, es incomprensible que algunos celebren la falta de disposición desde la Presidencia para atender al alcalde Dumek Turbay.

El mandatario de los cartageneros dijo que no ha podido reunirse con el presidente Gustavo Petro y que, además, tenía una cita en Bogotá con Laura Sarabia, su mano derecha, pero lo dejaron esperando porque, agrega: “No hay tiempo para el alcalde”. Mientras tanto, desde la capital, el presidente afirma que la prostitución y el turismo sexual en Cartagena están “aumentando”, un señalamiento que Turbay rechazó al advertir que “es muy fácil hablar desde lo que se desconoce”.

Cuando como ciudadanos celebramos estos desencuentros, no estamos poniendo primero a Cartagena. La mayoría de quienes aplauden “que Petro no le pare bolas a Dumek” terminan oponiéndose no solo al mandatario, sino a la ciudad misma. Y no nos digamos mentiras: si esta fuera una cuestión meramente política, el presidente tampoco habría “dejado metido” al exalcalde William Dau cuando este lo esperó en un consejo extraordinario de seguridad. En su lugar, envió a su ministro de Defensa y no se llegó a ningún acuerdo contundente para frenar la ola de homicidios que hoy sigue preocupando.

Querer a Cartagena no es preferir el rifirrafe. Quererla, sí, es vigilar que sus recursos se ejecuten con transparencia y que las denuncias se sustenten en pruebas. Porque el debate informado construye, pero el ruido sin fundamento solo distrae de lo urgente.

Finalmente, la sugerencia respetuosa también va para el presidente: querer a Cartagena significa sentarse con quienes la gobiernan desde el territorio para, juntos, combatir sus flagelos.

*Periodista y profesor. Magíster en Comunicación.

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