De cuevas inscritas en tizne por nuestros hirsutos ancestros, el ser humano ha demostrado una importante resiliencia a la hora de significar lo percibido. En más de 500 siglos desde esos balbuceos rupestres, el impulso artístico nunca se ha detenido a pesar de escollos incognoscibles, de calamidades naturales a las más descarnadas vilezas. Mejor aún, la morrena experiencial ha ido sedimentándose en la propia plasticidad del cerebro humano, otorgándonos la facultad de afinar nuestros sentidos para conectar, articular y transformar la información que estos nos aportan.
El psicólogo analítico Carl Gustav Jung llamó “arquetipos” a las huellas psíquicas que van dejando nuestras vivencias colectivas como especie: memorias atávicas, depositadas al filo de generaciones en lo inconsciente colectivo, que fluyen en sueños e influyen en nuestras vidas, encarnando los potentes símbolos que inmutablemente nos rigen.
Con el auge de la modernidad, se erosionó nuestra comunión innata con lo natural y descartamos —uno por uno— los mitos definitorios de nuestra verdad común. Desde su presente crisis de significado, el arte malogra su función de amparar estos mitos y —sin válvulas de escape— es verosímil que se vicien y envilezcan en demasía.
Por vez primera, nos concierne con urgencia lo poshumano y sus implicaciones: objetivamente, lo peligroso no es el desarrollo de nuevas herramientas sino la ignorancia de su usufructo, lo cual potencia su monopolio entre manos codiciosas que poseen poderosas plataformas políticas.
En 1961, Eisenhower se despidió de la presidencia estadounidense avisando que “la política pública puede caer presa de una élite científico-tecnológica”, y que “debemos protegernos de la adquisición de influencia injustificada por parte del complejo militar-industrial”. 64 años después, el último discurso de Biden fue un calco literal de aquel de Ike, cuando los gigantes tecnológicos ya han modificado —en apenas dos décadas— muchas de las bases de nuestro comportamiento.
Como con esas manos amorfas con dedos supernumerarios que la IA no logra plasmar con fehaciencia, su interpretación veloz y aglomerada de nuestros símbolos y verdades podría dar pie a decisiones autónomas que menoscabasen lo humano. En la actualidad, los arquetipos junguianos de esta nueva inteligencia se están asentando a una velocidad con la que el ritmo orgánico de asimilación sociocultural de la tecnología jamás podría competir.
Ante el riesgo real de revocarse su control y albedrío, el único remedio restante al ser humano para empoderarse en equilibrio colectivo y restituir sus funciones es ejercer el arte. Si rompemos contacto con nuestra creatividad, diluyendo en el yermo espectáculo cualquier fricción de lo inconsciente, entonces toda herramienta será inútil y seremos subyugados.

