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Columna

Himnos sin autor

“A estas alturas de su gobierno, es redundante el aserto de que Petro le dio la espalda al arte y a los artistas nacionales...”.

Francisco Lequerica

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El año pasado, la IA permitió reparar una vieja grabación de John Lennon y reunir por última vez a los cuatro Beatles en un tema inédito cuya calidad mereció un Grammy. Las nuevas tecnologías han mejorado las posibilidades del estudio de grabación y facultan la automatización de muchas tareas laboriosas para un ser humano. Ahora bien, la flamante frontera que se han propuesto romper los gigantes tecnológicos es la del propio proceso creativo, y han empezado a aparecer invenciones generadas por IA en diversos contextos. Hace poco, se reveló que un artista sueco utilizó 656 pseudónimos en Spotify para colgar casi 3.000 canciones que le generaron 15 millones de escuchas en la plataforma; es improbable que haya escrito cada una de esas piezas y más fehaciente que las haya creado con una variante del juego de dados ideado por Mozart en 1787 para componer un minueto, que es un ancestro conceptual de la música estocástica.

Sin el aval del arte, hoy abandonado a su suerte, los políticos y las corporaciones se sirven ahora de la IA en suplantación de las funciones creativas de la sociedad. Lo que para un ingeniero de sonido es una herramienta invaluable, se convierte rápidamente en un arma entre las manos equivocadas, tal y como sucedió con la energía nuclear. En la estela del video de Trump en Gaza y de su respectiva respuesta por Hamás, ambos con música generada por IA, Gustavo Petro compartió un “himno revolucionario” que sigue la misma tendencia: de título ‘Señor presidente, ¡cuente conmigo!’, el tema aparece en YouTube en un canal llamado ‘Ritmos Revolucionarios’ que aún no cumple un año de existencia. En la descripción de este canal se lee que es “un espacio de expresión donde la música y los videos son generados por IA”, y un breve paseo por él delata no solo una marcada proclividad a la provocación política, sino que cada una de las canciones figuradas carece de alma y —cruelmente— también de autor.

A estas alturas de su gobierno, es redundante el aserto de que Petro le dio la espalda al arte y a los artistas nacionales, en especial a los más experimentados y desprotegidos. Dejó la cultura expectante y a la deriva, refrendando atropellos como la reducción del apoyo a procesos de formación, creación y circulación, que trascendió en el último programa de concertación de Mincultura. Mientras las roscas culturales siguen imperturbables, la situación laboral se agrava para los gremios artísticos y Petro refuerza el mensaje de que no necesita de ellos para su visión del país, agudizando así la fuga de talentos que prometió detener. Lo más preocupante es que fue el mismo Petro quien mejor encarnó la esperanza de ver florecer las artes en Colombia y que —desaprovechada tamaña oportunidad— ninguno de los nuevos presidenciables parece perder sueño por la cultura.

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