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Columna

Conversión y misericordia

“Dios nos llama a la felicidad desde esta vida, y la mejor manera de alcanzarla es vivir en comunión de amor con Él y los demás”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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Nuestros países han sufrido profundamente a causa de la violencia, las injusticias y la falta de oportunidades. Más allá de soluciones externas, estos problemas nos llaman a una transformación interior, basada en la conversión personal y la misericordia, para que juntos podamos contribuir a su superación.

Si actuáramos reconociendo nuestras faltas, aquello que transgrede las leyes naturales y divinas, lo que no está en armonía con el amor entre todos, y nos convirtiéramos de corazón, actuando con misericordia, podríamos alcanzar una verdadera reconciliación con los demás. De este modo, lograríamos una felicidad más plena y una paz auténtica, tanto interior como con los demás.

Dios nos ha mostrado, a través de Su Palabra y de Su Hijo Jesucristo, que siempre actúa con misericordia y nos llama constantemente a la conversión. A lo largo de la historia sagrada, hemos visto la fidelidad de Dios a su alianza con la humanidad y, al mismo tiempo, la ingratitud y desobediencia del hombre ante su generosidad.

Si meditamos en la parábola del hijo pródigo*, podemos reflexionar sobre su actitud, así como la del hermano celoso y la del padre misericordioso. Estas representan diferentes posturas que podemos asumir en nuestra vida. Con frecuencia, desaprovechamos la gracia de Dios al desobedecer sus enseñanzas; pero si nos arrepentimos, Él nos recibe con amor y nos llena de la alegría del perdón. Al ver esto en otros, podemos reaccionar como el hermano celoso, que, pese a estar con el padre, no valoraba su presencia ni quería compartirla, dejándose llevar por la envidia.

Como el hijo pródigo, reconozcamos ante Dios nuestros pecados: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. Dios nos devolverá nuestra dignidad de hijos y mandará celebrar una fiesta en nuestro honor: “Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”. No seamos como el hermano celoso y que nuestra conversión no se limite a una relación individual con Dios, sino que nos lleve a compartirla con alegría y atraer a otros hacia Él.

Dios nos llama a la felicidad desde esta vida, y la mejor manera de alcanzarla es vivir en comunión de amor con Él y los demás. Él siempre nos invita a la conversión con corazón arrepentido y nos colma de bienes. Nos invita a recibir su perdón en el sacramento de la confesión, y muchas veces desaprovechamos esa gracia maravillosa.

Dios nos llama constantemente a regresar a casa, a renovar nuestra historia de amor con Él, para que juntos construyamos un mundo más justo y misericordioso, lleno de su amor.

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