Son legión quienes entregaron su imagen al nuevo filtro de OpenAI que genera un retrato personalizado al estilo emblemático del legendario estudio de animación Ghibli. Con unos 216 millones de usuarios serializando su foto de perfil en sincronía, la atropellada moda rebasó las redes sociales, haciendo metástasis en la política y en la cultura visual general e incidiendo en lo icónico como en lo trivial. El éxito del filtro fue tal que tuvo que restringirse su acceso a días de su lanzamiento, ya que la demanda saturaba los procesadores gráficos de la interfaz, requiriéndose más de 200 millones de litros de agua para enfriarlos. Ghibli no tardó en pronunciarse, emitiendo una orden de cese y desista a la intención de OpenAI y señalando que esta infringe “el estilo artístico, claves de marca y presentación temática” del estudio.
Un tribunal federal estadounidense aceptó una demanda del New York Times junto a otros medios, que acusan a OpenAI y a su socio Microsoft de emplear millones de textos sujetos a derechos de autor para el entrenamiento de sus sistemas. Operando en un vacío legal que tiende a la desregulación por asociación política, la empresa suele aprovechar material intelectual protegido e invoca el libre uso de datos públicos en su defensa. Pero la afronta a Ghibli trasciende lo legal, como lo ilustra un documento audiovisual de 2016 en que el genio de la animación y cofundador de Ghibli —Hayao Miyazaki— reacciona como leucocito sano ante la intrusión de un antígeno: el oscarizado maestro se declara “repugnado” frente a una muestra de animación por IA que simula los gestos de un zombi, deteniéndose a considerar la peculiar motricidad de un amigo discapacitado para explicar que la nueva tecnología desconoce el dolor humano. Miyazaki concluye con la enfática opinión que la IA es “un insulto a la vida” y que “los humanos estamos perdiendo la fe en nosotros mismos”.
En cierta medida, quienes sucumbieron al filtro son mis enemigos: cazan rebajas, evitan remunerar el arte, no sopesan su precio por carecer voluntariamente de referencias para valorarlo, pero sí pretenden consumirlo a como dé lugar y en estricta exclusividad de circunstancias. Advertidos al respecto, muchos relativizan su conducta y se complacen con exculparse mediante el raído refuerzo de la pertenencia a la jauría. Por ablepsia selectiva, multitud de políticos pesca en ese río revuelto; el más reciente fue Dumek Turbay, quien publicó en Instagram una figurita a su imagen, generada por IA, y acompañada de la paradójica alegación: “La creatividad de nuestra gente no tiene límites”. Usar la IA para substituir a un artista es un modo cínico e irresponsable de limitar la creatividad, como lo es someter al hambre, a la sombra y luego al exilio, a quien cotidianamente le aporta a Cartagena.
