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Columna

Un falso dilema: ¿guerra o negociación? (II)

“Ese fue el éxito de la política de paz y del proceso de negociación de Santos, que con todos los errores puso fin al conflicto político-armado...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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Como dije en un escrito previo, la antropología de la guerra y de la paz en Colombia ha estado dominada “mayoritariamente” por dos visiones radicales del “animal indómito”: la hobbesiana y la roussoniana, que -en mi opinión- han fracasado por dos razones. La primera, porque se trata de dos concepciones metafísicas - no científicas- de la naturaleza humana, que partiendo de una visión ideológica y dogmática soslayan la evidencia empírica y las realidades particulares. La segunda, porque proponen un falso dilema: ¿guerra o negociación? Cuando lo uno o lo otro no siempre se excluye, a veces se complementan.

En Colombia, los hobbesianos, presuponen que en las causas de la violencia (guerra) las condiciones sociales (pobreza, exclusión, etc.) tienen poca o nula incidencia, no así, la extrema complacencia de la sociedad y la debilidad del Estado para enfrentar o contener esa inclinación natural del individuo, a transgredir las reglas y convenciones sociales en pro de sus intereses; por ello, la solución (ejemplo, la Política de seguridad democrática) pasa por el fortalecimiento del Estado (Fuerzas Armadas), en tener una estrategia clara de defensa, seguridad y criminalidad, y una legislación poco garantista para los criminales, quienes no son víctimas, sino victimarios de la sociedad.

Contrario a lo anterior, los roussonianos suponen que en las causas de la violencia (guerra) las condiciones sociales (marginalidad, precarización laboral, etc.) son determinantes y que quienes participan de los grupos y bandas criminales son realmente víctimas de una sociedad -injusta y desigual-, liderada por avaros, codiciosos y esclavistas; por ello, la solución (ejemplo, la política de paz total) es negociar, negociar y negociar, apelando a la buena voluntad de las partes para consensuar las nuevas instituciones políticas y económicas y la transformación de las condiciones materiales de existencia (educación, subsidios, empleos) que garanticen una opción diferente a la guerra para los jóvenes y campesinos.

Estas dos visiones son trágicamente desacertadas, la primera, presa del determinismo biológico, desconoce la importancia de los factores económicos, sociales y culturales en el comportamiento, y la segunda, presa del determinismo cultural, desconoce los factores biológicos. Una política de paz realista, racional y razonable debería considerar que el comportamiento humano está co-determinado tanto por factores biológicos (pulsiones de vida o de muerte) como culturales (creencias, valores, educación) y, por ello, necesita tanto de una política y estrategia de orden y seguridad que disuada al ‘animal indómito’, como de una política y estrategia de diálogo y negociación que lo persuada y que tenga una metodología, unos objetivos y unos indicadores verificables que establezcan tiempos y términos. Ese fue el éxito de la política de paz y del proceso de negociación de Santos, que con todos los errores atribuibles puso fin al conflicto político-armado, pues hoy los intereses económicos parecen ser los que alimentan la violencia.

*Profesor Universitario.

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