Tengo amistades de muchos perfiles vocacionales y profesionales. Entre todos, hay uno muy apreciado que, con cariño y su beneplácito, he apodado Diógenes. Sí, como el filósofo cínico con el que guarda ciertas similitudes. En una de tantas conversaciones, me contó una anécdota de base real sobre la cual tuvimos un buen debate. Me narró que una reunión, amenizada con bebidas espirituosas y uno que otro puro —no por su apodo deja de disfrutar del placer—, alguien comentó la postura crítica de un activista social negro en la que se oponía a un proyecto de desarrollo urbanístico y ambiental, irrefutablemente benéfico para una ciudad. En la reunión de amigos, había empresarios, expolíticos y demás. Uno de los convidados expresó que el mencionado líder afro hacia oposición con el fin de obtener beneficios personales, en dinero, mediante una presión absurda que iba en contravía del beneficio propio de su comunidad. Todos estuvieron de acuerdo y se fueron, lanza en ristre, contra el hombre que al parecer boicoteaba el proyecto. Uno de los asistentes manifestó que le «dieran su tajada» y quedaría todo arreglado, con lo que se desató una lluvia de señalamientos inmorales a la propuesta. Dice que Diógenes se mantuvo callado hasta que acabó la reunión, aparentemente sin mayor discusión.
Me contó la historia completa con detalles que no preciso mencionar en este corto espacio.
“¿Qué opinión tendría usted?”, me preguntó. Respondí con cortas evasivas porque prefiero escuchar hablar a Diógenes, más bien añadí preguntas al diálogo.
Entonces le oí lo siguiente: «Decía Sor Juana Inés de la Cruz, en otro contexto, salvando las distancias literarias y filosóficas: ¿Quién es más de culpar? /la que peca por la paga/ ¿o el que paga por pecar?». En el contexto citado, ofrecer o recibir es un delito, pero la corrupción ha permeado tanto en las sociedades, en todos los momentos históricos, en unas en mayor grado que otras, que hay ocasiones en que a los ciudadanos se nos parece nublar el entendimiento y la capacidad crítica. ¿En esa larga cadena de los costosos y grandes proyectos públicos (recordemos líos transnacionales de hace unos años como Odebretch y los recientes) cuántas «tajaditas» y cuántos personajes «comen»? ¿Por qué solo señalar al activista negro (esa fue una de las expresiones de uno de los convidados de la referida reunión) y no a encumbrados lobistas que limpian con la lengua el solio de los gobernantes?
En no pocos casos, la hipocresía de la sanción social obnubila el juicio, en algunos casos, dando por hecho que delinquir en altos cargos de poder es menos inmoral.
No pretendo dar una clase de moral sino exponer realidades que a diario vemos pasar sin profundizar en ellas —acéptenme, por favor, estas anécdotas como productos literarios que siguen el paso a paso de una receta con ingredientes de base real, sazonadas con las especias de la ficción—. Desconocen que el mal no solo procede de oscuras habitaciones a manos de hombres tuertos, barbados y con cicatrices; no, ese es el efecto del mal, no la causa. En muchas ocasiones los determinantes o las causas de las causas del mal se originan en personas perfumadas, amables, reunidas en salones con aire acondicionado bien afeitados o con barbas cuidadas, incluso ignorando ellos mismos, que preceden al origen de los males sociales como aquellos que padecen de una agnosia visual que no les deja verse en el espejo como seres maléficos.
