La sociedad moderna, vertiginosa en su estilo de vida, ha generado quizás como un subproducto indeseado, una sensación de impotencia sobre sí misma. Las nuevas generaciones llegan cada vez más débiles de carácter, más veloces para aprender conocimiento de corto plazo, y más sordas para absorber conocimiento profundo, ese, el que se necesita para llegar lejos en la carrera de la vida, para resistir sin traumas, y para creer sin desfallecer.
Como sociedad deberíamos concentrarnos en reeducar a nuestros jóvenes en habilidades blandas, irónicamente las necesitarán para moldear un carácter firme, y también los diferenciarán en el mundo robotizado que les espera. La comunicación, la empatía, el carisma, el liderazgo, la ética, por nombrar algunas. Y entonces está el amor. El amor nace con nosotros, la más poderosa de todas las habilidades, una pequeña semilla incrustada en nuestro complejo sistema emocional para ser desarrollada a fondo a lo largo de nuestra vida.
Las dos primeras ordenanzas que emanan de la fuente de la vida en todo el Universo hablan del amor. Así de importante es el amor. “Amarás a tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente”, lo que incluye por supuesto respetarle, y más difícil todavía, entender sus instrucciones y ponerlas a funcionar para tu vida. Confiar en él. Si no puedes confiar en el dueño de la vida, entonces no puedes amarle. Las personas negativas, desconfiadas o pesimistas tienen muchos problemas con el amor. Luego sigue el segundo “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si no somos capaces de amarnos, respetarnos a nosotros mismos, difícilmente lograremos corresponderle al vecino.
Las personas que menos amor propio sienten y transmiten son aquellas que se hieren a sí mismas, las que viven en permanente estado de desorden, desorientación y depresión. Luego vienen las envidiosas, las inseguras de sí mismas, y las egoístas: todas han cedido el control de su vida bajo el falso pretexto de pretender merecer, dominar, y controlar porque se ven como el dueño de todo.
Solo hay que vivir con amor, que no es lo mismo que vivir con apego. El enamoramiento, el fanatismo, la pasión desembocada, todo eso son formas de apego y dependencia.
El mayor regalo que podemos hacerle a la sociedad del futuro es recordarle a nuestros hijos que la semilla del amor está ahí adentro donde no se ve, y criarlos para que sean personas seguras de sí mismas e independientes, que no es lo mismo que criar hijos libres. La libertad plena no puede darse a menos que solo existiese un único ser humano sobre el planeta. Cultivar hijos apropiados de un carácter firme les dará seguridad interior, serán seres conscientes de amarse a sí mismos y en consecuencia de amar al prójimo. Es justamente mediante el amor al prójimo que pueden tener la conciencia de aceptar la existencia del dueño de la vida, y por supuesto, conversarle, pedirle, exigirle, maldecirle, honrarle, respetarle, amarle, y sobretodo, agradecerle.
Los padres y los colegios tenemos el conflicto mayor de responder por la educación de nuestros hijos. Los desafíos desaparecen como fantasmas a la luz del nuevo día apenas le metes un poco de amor. Todo empieza por el amor propio y todo continúa con el amor al prójimo antes de reconocer al dueño de la vida. Nada refleja mejor que el amor es suficiente que una vida humana en perfecto balance consigo misma y con quienes le rodean.
