Cartagena requiere que su alcalde Dumek Turbay no desfallezca en su propósito de reorientar el destino de la ciudad. En ese empeño debe estar acompañado por quienes tienen el mismo anhelo desde el empresariado, la dirigencia política y comunal, la academia, los gremios, la comunicación, la comunidad en general. No se trata de un respaldo obsecuente sino de un accionar constructivo, interesado en el bienestar de la ciudad y de su conglomerado social. Debe entenderse como una cruzada de reconstrucción holística que, en su accionar, rompa de manera definitiva con la inercia que no deja avanzar y pone traba a los propósitos de buscar nuevas estrategias para que la ciudad marche hacia estadios superiores de bienestar, progreso y desarrollo.
Cartagena necesita cambiar. No puede seguir siendo la ciudad segundona, desordenada, informal, pobre y revestida de necesidades a la que nos fuimos acostumbrando en los últimos tiempos. Para lograrlo no basta el deseo. Es preciso planificar, comprometerse, unificar voluntades, invertir, ser creativos, creer en lo propio, sentir orgullo y pertenencia, no desfallecer.
El alcalde Turbay lo sabe. Lo entendió de manera cabal, lo expuso en su programa de gobierno y lo está poniendo en práctica. Diciendo y haciendo es su lema. Trabaja sin descanso, dispone los recursos, lleva su accionar a las comunidades a través de obras de beneficio colectivo. Las inversiones que se están haciendo y las que vendrán en los próximos meses no tienen comparación. Las obras públicas distritales parecían una fantasía, un algo inalcanzable, un sueño en la ciudad de la ilusión. Esa realidad ha comenzado a cambiar. Y es eso lo que se necesita para conseguir avances significativos en el proceso de transformación de la ciudad, cuya realidad es compleja y exige mentes audaces, inteligencias superiores que no se distraigan ante retóricas que parecieran solo interesadas en replicar el atraso, la confusión, lo insustancial, lo vacuo.
Turbay ha comenzado el proceso transformador que Cartagena necesita para cambiar su aguda realidad. Está poniendo la primera piedra de una obra que requiere continuidad en el tiempo, que no puede detenerse y cuya primera etapa debe mostrar lo logrado en 2033, cuando la ciudad celebre sus 500 años de historia.
Algo parecido ocurrió a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la dirigencia cartagenera comenzó una acción mancomunada para superar las vicisitudes que dejó el decimonónico. En 1880 comienza la recuperación de aquella Cartagena moribunda. En 1893 nace el Muelle de la Machina, 1894 ve nacer el Ferrocarril Cartagena – Calamar, 1903 atestigua la expansión de la ciudad más allá del corralito de piedra.

