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Columna

Mamá: amor infinito

“No encuentro manera distinta para rendirles culto a las manos gigantescas y protectoras de las madres de todo el mundo...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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Para celebrar el Día de las Madres anticipo, conmovido, la historia muchas veces escuchada de labios de Carmen Sagbini, ‘Carmencita’, mi madre, pues no encuentro manera distinta para rendirles culto a las manos gigantescas y protectoras de las madres de todo el mundo, a su inmenso corazón donde no crecen rencores y florece el perdón sin límites ni condiciones.

Carmencita heredó ese privilegio de su madre, doña Isabel Radi de Sagbini, la ‘Niña Isa’, y su ilimitada capacidad de perdonar y volver a perdonar. Allá en mi pueblo, Calamar, Carmen Sagbini de Vergara, poetisa y educadora, cuando alguien le reprochaba su excesiva benevolencia para hacer las paces, una y mil veces, con sus hijos y con todos aquellos que permanecían a su lado, dándonos la oportunidad de empezar de nuevo, se aferraba a esta breve y humilde historia impregnada en los recuerdos de los migrantes libaneses. Eran tan contundentes sus argumentos sobre el perdón, que nadie en Calamar se atrevía reprocharle tan inconmensurable capacidad de abrir puertas, ventanas y, jamás, utilizar látigos ni cadenas. Si los evangelios recomiendan perdonar 70 veces 7, Carmencita superaba ese límite al infinito y, como si hiciera falta, agregaba las palabras del Nazareno retando a los inclementes lapidarios: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.”

Esta es la historia que viene bien para celebrar, con toda la humildad y la pompa, el auténtico Día de las MADRES en toda la superficie de este planeta tiznado por el odio, la ambición ilimitada y las fauces insaciables de las ideologías, atizando guerras y holocaustos. Los dueños del poder deberían escuchar a las irreprochables madres y abuelas antes de desenvainar crucifijos y espadas.

Aseguraba Carmencita que, desesperado por complacer a su novia, quien sentía celos por el amor infinito profesado a su madre, viuda desde muy joven, le exigió que, como prueba de sus sentimientos, le arrebatara el corazón y se lo trajera en bandeja obteniendo, como recompensa, en su lecho, la extinción de sus requiebros de macho cabrío. Así lo hizo: aprovechó que su progenitora dormía profundamente y, ciego por el prometido éxtasis vaginal, extrajo su corazón y salió, raudo, a reclamar su premio. Cruzó calles, atravesó ríos, subió montañas y, muy cerca de la morada, tropezó con un trozo de madera y calló estrepitosamente al lodazal, golpeándose el rostro y, cuando apenas se reponía e intentaba seguir el camino, escuchó la voz tierna de su madre que salía de aquel corazón descuartizado: “¿Te hiciste daño hijo mío?”.

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