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Columna

“Quién lo manda”

“‘Dame el reloj’, le dijeron. Hernán no se resistió. Aun así, le dispararon en el abdomen. Murió dos días después...”.

Javier Ramos Zambrano

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En el partido entre Real Cartagena y Jaguares en el estadio Jaime Morón, decenas de personas se quedaron por fuera pese a tener su boleta comprada. Juan Nicolás Tatis, de 22 años, uno de los seguidores, relató a El Universal que llegó con media hora de anticipación, pero no lo dejaron entrar porque el estadio ya estaba “lleno”. Al reclamarle a Fanki, la empresa que vende las entradas por aplicación, le respondieron que la decisión del cierre de las puertas no fue de ellos, sino del club. Es decir que, por ahora, esa platica se perdió.

Algunos se atreven a culpar a los aficionados “por no llegar más temprano”. Como si media hora antes no fuera tiempo suficiente. Como si el hecho de tener una boleta no garantizara, como debería ser, la entrada al espectáculo. Como si el caos logístico fuera responsabilidad de quien pagó. Así estamos: culpando a quien menos debería cargar con la responsabilidad.

Esa lógica perversa se ha vuelto paisaje en nuestra sociedad. Cuando alguien es víctima de un robo, siempre aparece quien pregunta: “¿Y por qué sacó el celular?”, “¿Para qué se puso ese reloj?”, “¿Quién lo manda a andar por ahí a esa hora?”. Como si vivir, vestir, disfrutar y circular con tranquilidad fueran privilegios de otro planeta. Como si la responsabilidad de protegerse estuviera solo en el individuo y no en las instituciones o la sociedad en su conjunto.

El caso reciente de Hernán Díaz Periñán, “Hernancito”, nos estremece por lo absurdo y doloroso. A este comerciante cartagenero, miembro de una familia muy querida en el mundo del béisbol local, lo asesinaron en Ternera por un reloj Invicta que un día antes le había regalado su hermana. Salió a acompañar a su esposa y unos delincuentes en moto lo interceptaron. “Dame el reloj”, le dijeron. Hernán no se resistió. Aun así, le dispararon en el abdomen. Murió dos días después. Ya en redes se comenta que fue “por ponerse un reloj vistoso”, que “debió dar menos papaya”.

Ocurre en muchos otros ámbitos. Si una mujer es acosada en la calle, hay quien señala su ropa en lugar de condenar al acosador.

¿Qué clase de sociedad construimos cuando la víctima carga con la culpa y el victimario se diluye entre excusas sociales?

El mundo ideal —y posible— es aquel en el que puedas llegar con tu boleta al estadio y entrar sin problemas. En el que puedas caminar con tu celular o tu reloj sin temer por tu vida. En el que la mujer no tenga que revisar su ropa antes de salir para evitar agresiones. En el que nadie justifique el crimen, el abuso o el abandono estatal culpando a quien lo sufre.

Mientras sigamos culpando a la víctima, lo único que lograremos es reforzar la impunidad de quienes verdaderamente fallan.

Hernancito no murió por un reloj: lo mataron por un reloj. Y los que no entraron al estadio no fueron irresponsables: fueron mal atendidos. No confundamos más las cosas. La culpa no es de quien lo sufre. La culpa es del que lo causa.

*Periodista y profesor. Magíster en Comunicación.

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