En más de una ocasión he hecho referencia a la expresión de Génesis (4, 10) que sirve de título al tiempo que quiere ser un llamado a la conciencia de todos y todas los que de alguna manera consideramos el respeto a lo humano y a lo humano fundamental, como es el don de la vida, como la realidad más honda y profunda que nadie tiene derecho a violentar.
En otra ocasión señalé que no hemos salido de la indignación y la impotencia que nos causan las acciones de la guerra que nos afecta desde hace tantos años y que nos han conducido a vivir esta innombrable realidad, cuando nos vienen otros hechos como el atentado al precandidato presidencial Miguel Uribe y otros tantos crímenes. Estos nos conminan a la inmediata necesidad de rechazar todo irrespeto a la vida, sean quienes sean sus autores.
Una claridad tenemos los cristianos: nadie más que Dios es dueño de la vida. Ningún poder ni ninguna ideología que trafique con la vida o la irrespete puede ser aceptable... La pérdida de una sola vida ya es un fracaso de humanidad, repitió con profética y valiente claridad el papa Francisco y este mismo clamor viene repitiendo el papa León XIV. Y por Oriente medio se recrudece la guerra y entre nosotros igualmente parecieran clamores sin oyentes las expresiones de los últimos papas.

La cosa: Próximas elecciones presidenciales
José William PorrasNo es posible, desde una perspectiva de fe en Jesucristo, responder con displicencia que no somos los guardianes del hermano victimizado; o sumergirnos en el espiral de clamores de responder a la violencia con más violencia, sin oír los gritos de una adolescencia que, por sus situaciones de pobreza y de miseria, se hace proclive a los movimientos e ideologías degeneradores de sus conciencias, que existen hoy en el país.
No es ni será lo más adecuado reclamar por aquí y por allá venganzas vindicativas, echar más leña al fuego del terror y la incertidumbre ante los atentados, los asesinatos, masacres, violaciones y extorsiones que parecen cercarnos en una infernal imposibilidad de alternativas de unidad y serenidad sensata; porque en horas de pesar, solo la claridad de la necesidad de amarnos los unos a los otros como el Dios de Jesucristo nos ha ordenado amarnos, es la que posibilita la urgencias de bajar la guardia de las venganzas y ofrecer la apertura al diálogo solidario, al perdón necesario y al interés del pueblo santo fiel de Dios que somos, por encima de los intereses de grupos y partidos (1 Jn. 4,20-21).
El Dios que confesamos es comunión de la unidad desde la diversidad, realizarnos en la vida a su imagen y semejanza es vivir la diversidad como creadora de unidad y armonía; la intercomunicación que nunca se cierra ante cualquier otro criterio egoísta. He ahí un bello desafío en esta hora incierta, pero exigente, para que nuestros hechos aporten a mantener la posibilidad de la esperanza en un país que sea capaz de generar la unidad urgente, a pesar y en contra de todo.
*Teólogo salvatoriano.