Deambulando por el Centro Histórico pasé por el parque de San Diego, y al mirar la imponente edificación colonial que alberga la Institución Universitaria de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar, llegó a mi memoria el recuerdo de Augusto Martínez Segrera, el gran arquitecto restaurador que dejó un importante legado académico y artístico que sigue esperando ser reconocido en su cabal importancia. Augusto fue maestro por años en la vieja Escuela de Bellas Artes, donde dejó su impronta, miembro del afamado Grupo de los 15, dirigido por el maestro francés Pierre Daguet, y restaurador de monumentos arquitectónicos de la Colonia vencidos por el tiempo en Cartagena, Santa Marta y varios países del Caribe, entre ellos Venezuela, Cuba, Panamá y Puerto Rico, donde se le reconocía y admiraba.
El nombre de Augusto debe estar esculpido en grandes letras de molde, porque grande fue su aporte al arte y la cultura de Cartagena. En las décadas de los 80 y 90 su ciclo creador fue notable, pero aún antes, desde niño, sobresalió por su ingenio y búsqueda de explicaciones para los interrogantes que se planteaba, y que después, como maestro, transmitió a sus alumnos. Sus trabajos de restauración de murallas, fuertes, castillos, casas, iglesias de su vieja ciudad, fueron incontables.
Como arquitecto deslumbró porque conocía a cabalidad la ciencia de la construcción de obras coloniales, pero también el diseño de los espacios, la armonía entre lo material y lo inmaterial. Se hizo restaurador luego de conocer al maestro español Manuel Zapatero, quien vino a Cartagena para rescatar muchas de las reliquias arquitectónicas que legó la Colonia y se encontraban en lamentable estado de deterioro. Zapatero lo quiso como a un hijo, le enseñó muchos de sus secretos que Augusto guardó en su memoria como verdadero tesoro, y los puso en práctica.
También fue pintor, escultor, grabador, escritor, navegante, practicante Zen, cocinero de alto vuelo, artista de los buenos, humanista a carta cabal. Pero sobre todo un hombre bueno que no tenía ínfulas de ninguna especie. De mochila al hombro y vestimenta del trópico recorría su barrio Manga, el cordón de piedra y la ciudad toda, a pie y en su flamante Volkswagen rojo y su motocicleta BMW de la Segunda Guerra Mundial con “side car” incluido, dos de sus reliquias más queridas.
Todavía me parece verlo trabajar como arquitecto y carpintero de ribera, sacándole belleza a piezas inanimadas, imprimiéndoles un aire nuevo, resucitado. Augusto dejó dos libros en manuscrito que permanecen inéditos y se deben publicar.

