El género literario apocalíptico en los escritos bíblicos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, tiene una intencionalidad poco popularizada. Apocalipsis significa revelación. Algo del velo que tenemos los seres humanos y nos impide ver ante la complejidad de los hechos, se nos quita de los ojos para ver con intensidad y contemplar con realismo lo que se aproxima a nuestras vidas y el modo como debemos enfrentarlo.
Irónicamente, los dichos y afirmaciones con relación a la apocalíptica se han fijado en los símbolos que utiliza, las imágenes fantásticas que usa (Apocalipsis,12,3), ocultando su significado más profundo. En el caso del Nuevo Testamento, tiene la intencionalidad de fortalecer al creyente en tiempos de tribulación y turbulencia por la seguridad que la bestia-dragón, los fenómenos cósmicos y criaturas celestes que simbolizan el imperio romano y los que perseguían a los cristianos no podrían aniquilar la esperanza de una comunidad cristiana capaz de vencer todo temor y todo poder. Con la fuerza de la fe en la presencia de Jesucristo resucitado y el poder del Espíritu, capaces de renovar la realidad toda, mantienen la confianza en que los que vienen de la gran tribulación han sido lavados por la sangre del cordero que es el Cristo; por ello, aunque la sangre es roja, sus vestiduras son blancas (Apocalipsis,7,14).
En estos tiempos de turbulencia, aturdidos por las guerras que amenazan nuestra supervivencia y la inseguridad que campea por aquí y por allá, urge que no perdamos el norte de saber que ningún poder, llámese como se llame y pertenezca al partido o sector que pertenezca, podrá aniquilar a quienes siguen clamando porque han renunciado a no ser ni fríos ni calientes (Apocalipsis 3,15-16) y por ello brillan como estrellas por la eternidad (Daniel, 12,3). Y esto no es alienación de la conciencia sino certeza de que siempre será posible que el Señor siga hablando a las iglesias para señalarles que ellas son reserva de humanidad que defiende la vida ante la iniquidad de los poderosos y su prepotente capacidad de poner en vilo nuestra estabilidad y esperanza. Las proféticas expresiones del papa Francisco, reasumidas con tanta valentía por el papa León XIV, son vivo testimonio de esta realidad.
Llamados a tomar en serio la fe en Jesucristo, el Señor, y la propuesta de su iglesia a vivir la escucha, el discernimiento y la acción para no claudicar ante los poderes de este mundo, no podemos aniquilar la esperanza fundada en las promesas: “Yo estaré con ustedes”, “No teman, soy yo” (Isaías 41,10). Nos atemorizan las bombas y los atentados, los secuestros y los crímenes atroces, pero ello no puede anular la búsqueda, desde el hogar hasta la sociedad, de la salida negociada, del diálogo y la concertación, de la aceptación de la revelación. En tiempos de turbulencia, la fe del creyente se agiganta, se levanta vertical para seguir afirmando que la civilización del amor de la que ha hecho eco el magisterio latinoamericano es una posibilidad porque vivimos esta historia seguros de que nada ni nadie podrá anular los deseos de bondad, justicia, armonía y paz, inscritos en el corazón humano.
