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Columna

Apropiación del patrimonio cultural

“Conviene reflexionar cómo ha sido, desde nuestra educación básica, ese proceso de formación y apropiación de la ciudad que heredamos...”.

RAÚL PANIAGUA BEDOYA

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Una de las expresiones escuchadas con frecuencia en ambientes de foros o encuentros alrededor del patrimonio cultural en la ciudad, es la baja apropiación que tenemos los cartageneros sobre lo que es nuestro patrimonio. Esto se agrava cuando se constata en cualquier escenario que para la mayoría de los ciudadanos no hay una clara comprensión de los tipos de patrimonio que tenemos, de sus características y vulnerabilidad, de sus significados y potencialidades.

Paralelamente se escucha que hay elevados porcentajes de adolescentes y adultos que nunca han estado en el Centro Histórico, en las fortificaciones, en lugares emblemáticos en función de conocerlos, de palpar ese patrimonio material y menos aún de comprender que como persona posee o es portadora de unas manifestaciones del patrimonio cultural inmaterial.

Aquí se aplica al aforismo de que nadie ama lo que no conoce y por lo tanto nadie protege lo que desconoce. Por lo tanto, entre el conocer y valorar la ciudad con todas sus manifestaciones culturales materiales e inmateriales median varios factores. Tal vez el más importante, el conocimiento que se hace desde el hogar y la escuela sobre nuestras características, bienes y manifestaciones culturales. La valoración que una comunidad hace de sí misma, de su entorno, de sus procesos históricos y de los bienes que posee no son el resultado de una acción espontánea, natural ni la consecuencia del simple hecho de vivir en un lugar único, excepcional o de características especiales. Esa apropiación tiene que ser el resultado de acciones pensadas, planeadas y ejecutadas como procesos de concientización, comprensión, valoración y reconocimiento de su patrimonio, utilizando múltiples y diversos medios y mecanismos, donde la formación regular juega papel fundamental, que tiene que ser apoyada con otras herramientas, por ejemplo, con la visita, el disfrute, el goce de los ciudadanos de las distintas manifestaciones culturales que posee, que lo lleve a sentirse orgulloso de lo que tiene.

La apropiación del patrimonio como un bien excepcional no está ajeno de la formación para la ciudadanía y menos aún para la participación consciente en los distintos escenarios que los estados van propiciando como ejercicio de la democracia. Esa formación tiene que ser resultado de la convergencia de distintos actores públicos y privados, donde los resultados se van viendo con el tiempo, pero con acciones consistentes, duraderas y con sentido para todos, donde la educación desde el preescolar desempeña un papel determinante de lo que los niños van comprendiendo de su ciudad, solo que esos procesos formativos deben ejecutarse a lo largo de la escolaridad. Conviene reflexionar cómo ha sido, desde nuestra educación básica, ese proceso de formación y apropiación de la ciudad que heredamos y que debemos dejar a las próximas generaciones.

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